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Hace días con
motivo de un viaje a Santander, una señorita que oficiaba de guía de turismo
explicó, con la mayor desenvoltura, que el monumento situado en dicho lugar,
próximo al faro, fue erigido “en honor a los muchos asesinados por las
tropas de Franco”. Escribo por ello estas líneas para aclarar el sentido que
tiene la magnífica cruz al borde de la escollera, a todos aquellos interesados
en conocer LA VERDAD HISTÓRICA.
Santander era
mayoritariamente de derechas –como se había demostrado reiteradamente en las
convocatorias electorales–, pero el gobierno y el absoluto control de la
provincia lo habían ejercido, a partir de julio de 1936, las izquierdas, que
lograron mantener la legalidad republicana ante la inoperancia de los confusos y
desorganizados miembros comprometidos a unir Cantabria a la sublevación. Pero
las izquierdas no supieron aprovechar la situación. En Santander, la mayoría de
la población pensaba ingenuamente que la lucha en el norte era cosa de vascos y
asturianos
. Así que el Gobierno santanderino, modelo de ineficacia militar, ni logró
adiestrar adecuadamente a las tropas a su cargo, ni contribuyó decididamente al
esfuerzo militar republicano, ni fortificó sus líneas de confrontación con las
provincias sublevadas del sur, Burgos y Palencia, ni creó suficientes refugios
para la población civil. Ineficacia administrativa también, pues a duras penas
logró mantener en funcionamiento los servicios en tiempos de tranquilidad,
siendo arrollado en los momentos difíciles, cuando los hospitales se llenaron de
heridos y las calles de refugiados.
Cerrando la bahía de Santander por su parte occidental se encuentra el cabo
Mayor, privilegiado balcón al
mar y a la
ciudad, cuyo faro, una de las construcciones más emblemáticas y sugerentes para
los ciudadanos y visitantes de la capital, se alza sobre un enorme farallón de
unos cuarenta metros de altura que cae a pico sobre las aguas y al que sirven de
base agudos peñascos barridos continuamente por las bravías aguas del
Cantábrico. Fue testigo, durante la dominación roja en Cantabria, de un sin fin
de horrendos crímenes cometidos por aquellos forajidos que se proclamaban leales
al Gobierno de la República...
Desde lo alto eran arrojadas las pobres víctimas que caían sobre las erizadas
rocas y eran arrastradas por las olas.
Como ejemplo de barbarie allí cometida, comentaré lo ocurrido con los monjes
trapenses de Viaceli, cerca de Cóbreces, que fueron expulsados de su monasterio
el 8 de septiembre de 1936
por agentes de la Federación de Anarquistas Ibéricos (FAI).
Metidos en prisión, luego fueron puestos en libertad: Algunos se dispersaron en
casas privadas, otros pudieron llegar a Bilbao donde no había una persecución
religiosa violenta, otros se reagruparon en Santander, formando así tres
pequeñas comunidades que trataban de mantener la vida monástica de modo oculto.
Probablemente por un plan premeditado de aniquilación y a causa de una delación,
el 1 de diciembre fue arrestado un grupo compuesto solamente por hermanos
conversos. La policía marxista decía querer conocer de dónde provenían sus
medios de subsistencia, pero el Prior, Padre Pío Heredia Zubía (1875-1936) no
quiso manifestar en modo alguno el nombre de quien les ayudaba. Después de
penosos interrogatorios y malos tratos durante el proceso instruido en la noche
del 2 de diciembre, se llegó a su ejecución. El proceso fue para dar una
apariencia de legalidad a la condena de los religiosos, pero en realidad todo
fue por odio de la fe. Según el testimonio de un oblato de quince años, que se
encontraba con los monjes y que luego fue liberado, los religiosos fueron
subidos en un camión en dos grupos separados, uno en la noche del 3 de
diciembre, y el otro en la noche siguiente. De estos hermanos no se supo nada
más. ¿Arrojados al mar contra las rocas del faro de Santander o conducidos en
barca y hundidos en las aguas profundas de la bahía? La primera hipótesis parece
la más probable, testimoniada por alguien que lo oyó a uno de los ejecutores.
Por otra parte era el método que solían utilizar con simpatizantes de las
derechas. Dejo constancia de los nombres de estos mártires despeñados en Cabo
Mayor |
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En la noche del tres de diciembre de 1936:
MARCOS GARCÍA RODRÍGUEZ
de nombre religioso AMADEO
Padre Prior
JULIÁN HEREDIA ZUBIA
de nombre religioso PÍO
VALERIANO
RODRÍGUEZ GARCÍA
JUAN FERRIS LLOPIS
ALVARO
GONZÁLEZ LÓPEZ
FRANCISCO
DELGADO GONZÁLEZ de
nombre religioso ANTONIO
Y en la noche siguiente, cuatro de diciembre:
JACINTO
GARCÍA CHICOTE de
nombre religioso
EUSTAQUIO
FRANCISCO DE LA VEGA
GONZÁLEZ de
nombre religioso
ÁNGEL
EZEQUIEL
ÁLVARO DE LA FUENTE
EULOGIO
ÁLVAREZ LÓPEZ
ROBUSTIANO MATA
UBIERNA de nombre religioso BIENVENIDO
Unos días después el mar devolvió a la costa los cadáveres de
algunos. Varios aún conservaban las ligaduras de las manos a la
espalda y los labios cosidos con alambre.
Durante aquellos tiempos de guerra, el
ambiente que se respiraba en la región era de total tensión y
crispación, a causa de los registros domiciliarios, requisas,
robos de automóviles, detenciones continuas... que sufrían
aquellos que no pertenecieran a grupos de izquierdas.
La cárcel y
desde el 18 de Julio de 1936, el buque mercante “Alfonso
Pérez”, amarrado en los muelles de Santander
se llenaron con hombres de derechas,
un sin número de sacerdotes, religiosos, militares y simples
católicos que, en parte, fueron asesinados en el cabo Mayor y en
su mayoría en el mismo buque.
Esta persecución a miembros de la iglesia, católicos en general
y simpatizantes de la derecha española, se acrecentó por las
incursiones de la aviación franquista, siendo la más grave la
realizada el
27 de
diciembre de
1936
por 18 aviones italianos, que produjo unos 68 muertos y 50
heridos entre población civil.
La venganza fue terrible. Al día siguiente, las hordas
encolerizadas, encabezadas por el consejero de Justicia,
Quijano; el comisario de Policía, Neila;
el gobernador civil, miembro de las Juventudes Socialistas, Ruiz
Olazarán, y el anarquista Hermenegildo
Torres,
se lanzaron contra el barco prisión Alfonso Pérez a la voz de
¡Al barco, al barco! Comenzó entonces una masacre
ametrallando a los prisioneros en la cubierta o bien
arrojándoles bombas de mano a las bodegas en que se encontraban
hacinados.
En esta masacre murieron 155 presos y a otros seis les llevaron
al paredón de Ciriego, donde fueron fusilados.
No reflexionaron las turbas en la responsabilidad que, por sus
propias víctimas, correspondía a sus autoridades por la falta de
previsión en la creación de refugios. Lo hicieron
posteriormente, según se deduce de su actuación, ya que este
bombardeo hizo cambiar el plan de
refugios. Hasta ese momento –explica el investigador José María
Alonso del Val– sólo había veinte, y en poco tiempo se duplicó
su construcción.
Aunque demasiado tarde, fue una manera de admitir su
responsabilidad y culpa en tantas muertes y venganzas.
Personalidades como Concha Espina en “Retaguardia” y Luis
Araquistain en “Por los caminos de la guerra” cuentan
también estos terribles asesinatos.
Dice Araquistain:
“Quien se asome a la baranda del faro, si es cristiano, hará
que suba a sus labios una oración como encendido holocausto
a los pobres mártires asesinados en el faro del cabo Mayor
por la barbarie roja”.
En homenaje a aquellas
personas que fueron arrojadas al acantilado durante la Guerra
Civil
Española con consentimiento del gobierno republicano, se
erigió en 1941 este monumento costeado por la Jefatura
Provincial del Movimiento siendo alcalde de la ciudad don Emilio
Pino Patiño.
De su realización se encargaron Lavín del Noval,
arquitecto municipal, y José Villalobos, escultor castreño.
Este majestuoso monumento de piedra porosa
consiste en una cruz a cuyo pie ha sido esculpida la figura de
un hombre con los brazos y manos alzados, asiéndose a la cruz y
con su cuerpo destrozado.
Impresionante.
En la cruz rezaba la inscripción: 'Caídos por
Dios y por la Patria' y en la base se encontraba la palabra
'Presentes' junto con el emblema del yugo y las flechas.
La Administración
del Estado ha eliminado, como tantas otras, dichas leyendas.
A la vista de lo relatado, es lógico que los sucesores de
aquellos
criminales, defensores del Gobierno “legítimo” de una República
“democrática” hayan desmantelado el monumento, pero eso no
impedirá que
los santanderinos suban al faro a rendir el
acostumbrado homenaje a las víctimas, porque esta es “Otra
Memoria Histórica” que no se debe olvidar.
Así lo recomienda el Papa Juan Pablo II
:
“Neila, jefe de la checa de Santander, un
desalmado y asesino fue el responsable de todas las
fechorías y muertes. Enemigo de los vascos que
pretendían huir a Francia por mar en barcos pesqueros
pequeños, les apresaba asesinándoles, y, con un tiro en
la nuca, les arrojaba al mar por los acantilados
citados. Así murieron muchos gudaris y paisanos vascos,
como Iñaki, comandante intendente del batallón Kirikiño;,
Zubiri, Otazua, Andima, Orueta y otros muchos. Se dijo
que el torrero del faro murió loco al oír los lamentos
de los que morían al fondo del acantilado. Y que el
“valiente” Neila consiguió escapar a México.”
Publicado por
Ahaztuak1936-1977
José López en
"Diario independiente Digital"
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