Salvación de una ciudad y reconquista de un territorio.

 

        La angustia crecía. La gran prueba se iba haciendo cada vez más difícil y más grave. No es posible resumir la situación con más exactitud que la que logra el propio Franco en el «Diario» mencionado:

«El Ejército, derrotado. La plaza (Melilla), abierta. La ciudad, presa del pánico. Se decía que el general Silvestre se había suicidado. De la columna del general Navarro no se sabía nada. El dolor nubla nuestros ojos, pero hay que reír y cantar.»

        El desembarco de la Unidad legionaria en el puerto de Melilla fue un verdadero acontecimiento, y produjo intensa emoción. Arriba, en lo alto de la ciudad vieja, el alto comisario, general Berenguer, sin más compañía que la del general Jordana, jefe de Estado Mayor; el comandante Beigbeder y dos ayudantes, se esforzaba por dar impresión de serenidad. Existía el peligro inminente de que los cabileños victoriosos entraran en la ciudad, la saquearan y la pasasen a cuchillo. A los barcos de la escuadra, que acababan de llegar al puerto, se les dio oro den de hacer fuego con sus piezas de mayor calibre sobre los vericueto s del monte Gurugú; sin más propósito que el de ayudar al mantenimiento de la moral entre la población civil. Afortunadamente, los jefes de las cabilas inmediatas a la plaza cumplieron sus promesas de amistad. Pese a ello, la sensación de riesgo crecía a medida que iban pasando las horas. Si los cabileños del interior llegaban a conocer el estado de indefensión en que se encontraba Melilla, se lanzarían al asalto. Y el alto comisario no podría defenderse más que con un par de docenas de carabineros pertenecientes a la Compañía de Mar.

            Tal era la realidad de las cosas cuando llegaron la primera Bandera de la Legión, por un lado, y el Batallón de la Corona, por otro. El desembarco de los legionarios dio lugar a un inmenso suspiro de alivio. Eran pocos en número, pero se les suponía capaces de multiplicarse a fuerza de coraje. Desfilaron por las calles de la ciudad cantando. Millán Astray arengaba al pueblo.  Franco comenzaba a ser casi un mito. Fuera por lo que fuese, allá donde él estaba renacían la confianza Y la fe. Aquella noche la ciudad durmió un poco más tranquila. Los melillenses no sabían que con los efectivos de una Bandera -800 ó 900 hombres- Y muy poco más, había que cubrir un frente de catorce o quince kilómetros. Quienes conocían la realidad no querían pensar demasiado en ella.

           El 25 de julio tomó Franco las posiciones de Ait Aisa Y Taguit Manin. El 26 avanzó hasta el Atalayón. Se iba dando término, sin descanso a la organización Y entrenamiento de una segunda Bandera. Esta tarea se la reservaba Millán Astray para sí mismo cuando ya fueron dos las Banderas de combate, Franco tomaba casi siempre el mando superior de ambas unidades. Durante el mes de agosto combatió todos los días, sin dejar uno sólo. El 8 de septiembre se libró el duro combate de Casabona. El 23 llegó la Legión a Tauima, la Cuarta Casata, el Aeródromo. El mes de octubre estuvo dedicado a las operaciones de envolvimiento y ocupación del Gurugú. Sangrientos los combates. En uno de ellos (el del Sebt) mueren o resultan heridos 143 legionarios. Una bala mata al ayudante de Franco. Se reconquista Nador. Vuelve a ondear la bandera españolo, junto a la del Sultán, en Zeluan. Por fin llegan las vanguardias al campamento de Monte Arruit, en donde la desolación y la muerte se ofrecen con el horror más macabro.

         El 18 de noviembre lleva Franco a cabo la audaz escalada hasta la cumbre del monte Uixan.

       Después de la toma de Nador, en ocasión de hallarse disponiendo nuevos avances, Millán Astray recibe un balazo que pone en peligro su vida. Franco se hace cargo, interinamente, del mando de toda la Legión. Le alcanza esta responsabilidad a los veintiocho años.

 


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