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LA
CABO GORDO Por
Alfonso
Ussía.
NUNCA he dudado de la capacidad de la mujer para ser militar. Muchas
mujeres de militares lo son tanto como sus maridos, y se ha demostrado
recientemente con prodigiosas enterezas en situaciones dramáticas. En
las primeras promociones mixtas de la Academia General Militar las señoras
alféreces y cadetes lo dejaron patente, y abrieron las puertas a otras
mujeres que hoy forman parte de la oficialidad de nuestras Fuerzas
Armadas. Hay mujeres en la Armada y en los Ejércitos de Tierra y Aire.
Mujeres que cumplen como los hombres en destinos de riesgo. Y las voces
discrepantes, culminados los ejemplos, han dejado de protestar.
Con el peligro que amenaza a toda opinión políticamente incorrecta, me
apresuro a escribir que nada tienen que ver las mujeres con los
transexuales en las Fuerzas Armadas. A mí me parece muy bien que un señor
llamado José Antonio decida someterse a una operación, cambiar de sexo
y llamarse María del Mar. Para encontrar su identidad los humanos son
capaces de cualquier cosa. José Antonio Gordo Pantoja es cabo segunda
de la Armada Española. El cabo Gordo se ha pasado de bando y quiere ser
mujer. La cabo Gordo. Del cabo a la cabo sólo ha existido una operación,
al fin y al cabo, y perdón por la redundancia, que no termina aquí,
porque entre los marinos, además de los cabos primera, los cabos
segunda y las lenguas de tierra que se adentran en la mar, que también
son cabos, están los cabos que en tierra son cuerdas, porque la única
cuerda que se admite a bordo de un navío es la cuerda del reloj. Lo más
consecuente del cabo Gordo, o la cabo Gordo -también podría modificar
el género de su apellido-, es haber elegido para su nueva vida de mujer
el nombre de María del Mar. Lo de Josefa Antonia no le gustaba en demasía,
y lo comprendo perfectamente.
Pero una decisión tan personal no puede convertirse en un problema. Si
el cabo que era hombre y ahora es mujer, y que en verdad no es hombre ni
mujer, ha dado ese paso fundamental en su vida, no puede pretender que
la Armada lo acepte con la naturalidad que él o ella exigen. Si de
verdad, como él o ella afirman, se siente vinculada e inmersa en el espíritu
de la Armada Española, el mayor favor que podría hacer a la institución
castrense sería el de la renuncia. Si yo fuera un marinero a sus órdenes,
y de la noche a la mañana paso a depender del cabo José Antonio a la
cabo María del Mar, siendo María del Mar el mismo que José Antonio,
me tiraría por la borda para quedar a merced de los tiburones.
Si el cabo Gordo quiere ser María del Mar, sinceramente, que deje de
dar la lata y se despida de la Armada, que ninguna culpa tiene de sus
extravagancias. ¿Dónde duerme un cabo que pasa a ser una cabo? Si lo
hace con los hombres se arma la gorda -aquí su apellido resulta de los
más oportuno-, y si convive con las mujeres se monta la de San Quintín.
No es justo que el cabo o la cabo Gordo o Gorda, José Antonio o María
del Mar, pretenda que los buques de la Armada o sus dependencias en
tierra sean obligados a crear nuevos compartimentos para casos tan
raros. Los progres estarán encantados con la situación. Pero la cosa
es más seria de lo que parece.
El cabo Gordo, perdón, la cabo Gorda, perdón de nuevo, la cabo Gordo
no tiene derecho a entorpecer el normal funcionamiento y la sencilla
convivencia entre hombres y mujeres en la Armada Española. Mástil
arriado y berberecho sintético. La antiestética no es moderna, es
simplemente antiestética. Sea mujer María del Mar, dentro de lo que
cabe, y deje en paz a quienes se ocupan de causas fundamentales. A casa,
precioso, o preciosa, o preciose, que uno ya no se sabe cómo acertar y
está hecho un lío. ABC. 14 de Noviembre de 2.003 |