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Las
Víctimas de la democracia.
Jaime López-Dóriga.
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Aquélla fatídica mañana del Once de Marzo de hace ya dos
años yo estaba en el autobús, camino del colegio, cuando
subió un amigo mío contando «la que había armado la ETA».
Todo el día oyendo sirenas por la ventana, de Misa en rezo
pidiendo por las víctimas, todavía innumerables, sin plena
consciencia de lo que había ocurrido…
Ciento noventa y dos muertos, conocimos días
después, y tantos otros damnificados. Casi dos centenas más de
muertos que añadir a la sangrienta lista del separatismo marxista
de la E.T.A. Finalmente la versión oficial fue que en lugar de
dichos elementos, que no merecen ser Españoles, los culpables
fueron una panda de neocruzados musulmanes. No se ha hablado nunca
oficialmente del contacto entre éstos y la Masonería a la que
pertenece medio PSOE y que tanto ayuda a la E.T.A. (¡otra vez todos
los rojos en la misma fiesta!), pero en fin, ese tema se lo dejo a
alguien más leído que el abajo firmante.
Más de mil doscientos muertos en acciones
terroristas de diversos signos y nacionalidades, finalidades y
ejecutores, alentados desde la pasividad de esta democracia
constitucional que a todos los enemigos de Dios y de la Patria les
ha otorgado tantos derechos ridículos y siempre contraproducentes.
Me siento respaldado por los hechos para decir que la democracia que
padecemos lleva a sus espaldas, de forma indirecta, tantos muertos
como no haya sido capaz de evitar con sus débiles métodos
represivos.
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No se habla más que de las víctimas del
Franquismo (incluso se le responsabiliza al Generalísimo de todas
la víctimas generales de la Cruzada), pero nadie habla de las de la
inefable Constitución, porque aunque como ya he dicho, sean a
consecuencia de, y no producidas por, siguen siendo muertos
constitucionales, ahora que tan de moda está el término. Pero lo
peor de todo es que nadie se atreve a distinguir entre muertos, y
las diferencias entre unos y otros son notables y radicales.
Mientras que en la Única España, Grande y
Libre como era y exaltaba su Escudo, la Justicia condenaba a muerte
a los asesinos, la pasiva democracia, regida por su Constitución,
ha permitido hasta el momento más de un millar de muertos a manos
de quienes antes eran las “víctimas”. ¿De verdad alguien cree
que son lo mismo ciento noventa y dos asesinos ejecutados por la
Justicia que ciento noventa y dos trabajadores jóvenes, ajenos a la
“clase dominante” que dirían ellos, masacrados por extranjeros
que se amparan en los privilegios que aquí se les da?
Ello me conduce a la eterna pregunta de… ¿a
quién defiende el socialismo? ¿A las clases menos favorecidas económicamente,
o a quienes menos recursos culturales o intelectuales tienen para no
dejarse engañar? Pero este es un artículo conmemorativo de la
masacre moro-masónica izquierdista que se dio hace dos años, y
cuya desestabilización aún perdura. Limítome en este final a
pedir humildemente al Altísimo que tenga a los Caídos en su Gloria
Eterna, ya que vieron sus vidas sesgadas demasiado pronto, y que
ilumine a esta pobre España que se muere, para que se puedan
evitar, mejor tarde que nunca, nuevas barbaries como las que hemos
sufrido.
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