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La
verdad es tozuda.
Ricardo Pardo
Zancada.
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Apenas se precisa profundizar demasiado en un tema ya oscuro
de por sí en sus orígenes y en su desarrollo, para darse
cuenta de la insatisfacción y la intranquilidad que produce
la versión oficial de los hechos. Estamos ante uno de esos
casos en que cuanto más se lee y se sabe sobre aquel brutal
atentado que costó la vida a 192 personas, se tiene la
sensación de que no se está contando la verdad o cuando
menos toda la verdad. Al español de a pie no le queda más
remedio que esperar a que la investigación del juez Del
Olmo dé sus frutos por mucho que su labor y su persona esté
padeciendo las arremetidas de Jiménez Losantos en sus
espacios radiofónicos. Aunque quien firma estas líneas
padezca de una desconfianza personal en la Justicia, en razón
a una vivencia propia, en esta ocasión levantaré mi voz,
por una vez y sin que sirva de precedente, en defensa de ese
representante de la Judicatura que a mi entender está
haciendo lo que puede frente a una montaña de obstáculos,
no todos naturales a mi modesto entender. Démosle, pues al
Sr. Juez un voto de confianza y esperemos los resultados de
su trabajo de investigación.
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Entretanto,
hay que seguir de cerca lo que sucede a nuestro alrededor en relación
con ese escabroso tema. Lo que más llama la atención es la falta
de un verdadero interés oficial en investigar a fondo los orígenes
del suceso, sus auténticos autores y todos los pasajes y recovecos
cada vez más confusos que van apareciendo cuanto más nos
aproximamos a los hechos. En segundo término, la inmediata
exculpación de ETA sobre la que, dado su triste historial de crímenes
y sangre, sería del todo lícito mantener todo tipo de sospechas,
mientras de modo fehaciente no se demuestre esa falta de participación
tan rápidamente pregonada. Por fin, la forma descarada en que se ha
aprovechado aquella acción criminal para intentar dividir a las víctimas
del terrorismo, a las que no hay porqué distinguir en función de
la clase de manos criminales que apretaran un disparador o el
iniciador de un explosivo. Un intento tan claro y llevado a cabo de
modo tan burdo del que cabe deducir que sólo al ponerlo en práctica
solo se pensó en beneficiar una determinada línea de acción política
deseada por quienes ostentan hoy el poder en España, precisamente a
raíz de aquel atentado. Una línea que no puede ser otra que la de
dar una mayor facilidad al tratamiento del terrorismo etarra. Se ha
querido crear un ambiente de "No eran tan malos, porque no
estuvieron en el 11-M" y hasta ha habido una afirmación
gubernamental que decía «ETA no miente».
Y,
sin embargo, a pesar de esa espesa niebla de intencionada oscuridad
de hoy, me atrevo a pronosticar desde ya que antes o después se
sabrá la verdad. Aun tengo viva en mi memoria la torpe explicación
del Sr. Laina, a la sazón gobernador civil de Zaragoza, cuando se
produjo el atentado del hotel Corona de Aragón, un incendio en el
que hubo 75 muertos y 130 heridos, con ocasión de alojarse en él
varias familias militares, entre ellas la familia Franco. Aquella
explicación oficial que atribuyó las causas del siniestro al
incendio de la máquina de hacer churros en la cocina del
establecimiento me pareció una burla cruel hacia las víctimas y sólo
transcurridos varios años se reconoció que se había tratado de un
atentado de protagonismo etarra. La verdad es tozuda.
En
lo que se refiere a las investigaciones hay diversidad de opiniones.
Una tesis apunta a que el 11-M fue un
atentado concebido, decidido, planificado, organizado y ejecutado en
España. Es la que se sostiene en un libro de reciente publicación
titulado: Los enigmas del
11-M. ¿Conspiración o negligencia?. Su autor, Luis del Pino es
un Ingeniero de Telecomunicación que se ha introducido en el mundo
del periodismo tras los atentados.
Sostiene
su autor que en el sumario se recoge «una multitud de evidencias
sobre los obstáculos a los que Del Olmo ha tenido que enfrentarse:
datos que se le ocultan, imputaciones demostradamente falsas contra
ciertas personas, informes que se retrasan más de un año...» Y añade
el autor algo de la mayor importancia: «Quien obstaculiza la
investigación son instancias dependientes del Ministerio de
Interior, no del juez que se enfrenta a un caso extremadamente duro
y que trata de hacer lo que puede sin encontrar demasiados apoyos».
Hay
hipótesis que apuntan en otra dirección. Nadie de buena fe puede
creer que aquellos que terminaron su vida en un sorprendente
"suicidio" colectivo constituyeran la trama completa del
criminal atentado. ¿Se eliminó a incómodos testigos? No hace
mucho tuve ocasión de leer insinuaciones acerca de una intervención
directa de los servicios de inteligencia franceses en el
planeamiento de la acción. Parece fuerte, pero conviene recoger
unas frases de Denis Jeambar, director del semanario francés
L'Express. Decía así: «Francia aprovechó el 11-M para hacer
pagar a Aznar que la humillara en la UE» y, después, «En Francia
se produjo una auténtica unión nacional para demonizar a Aznar y
acusarlo de manipulador». Como en tantas otras ocasiones de amores
y desamores en la historia europea, esta vez los tradicionales
adversarios –Francia y Alemania– no veían con buenos ojos la
posición de España en el eje Washington-Londres-Madrid.
Sea
como fuere, de igual modo que el firmante de estas líneas, Del Pino
asegura que se acabará sabiendo la verdad, sin tardar mucho tiempo.
En efecto, no cabe permitir que los responsables de esos 192
muertos, lo mismo que en su día de tantas otras víctimas igual de
inocentes que estas, queden impunes. Eso atentaría a la más
elemental justicia. Y la justicia es virtud, no venganza, ni
revancha. Será, dice el citado autor, una labor dura y plagada de
sinsabores, pero saldrá la verdad, porque así lo están reclamando
los españoles desde la fecha misma del atentado. Y es que,
ciertamente, la verdad es tozuda.
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