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“Un
emperador debe morir de pie”. Como haciéndose eco de
esta frase del emperador romano Vespasiano, el Caudillo
estuvo al frente del Estado Español hasta los últimos
momentos de su existencia.
Había
recibido la Santa Misión de regir los destinos de la Patria
aquél 1º de octubre de 1936. Casi cuarenta años después,
aun estaba cumpliendo esa misión encomendada hacía tantos
años . Debemos ver en esta entrega generosa de su vida a
España, el máximo exponente de amor patrio, el del soldado
que jamás abandona a su Patria, el máximo exponente del
sentido del deber, el del gobernante que no cesa en su misión,
aunque los años, como a todos los hombres, no le pasaron en
balde. Y así, fue envejeciendo siempre cumpliendo con el
deber. Sufrió el paso de los años y dolorosas
enfermedades, que lo tuvieron apartado de su labor algún
tiempo, pero recuperado nuevamente, se volvía a entregar a
su Misión.
Suele
decirse que ostentar el poder corrompe, no fue este su caso,
siempre alerta, nuestro invicto Caudillo entregó su vida
entera a España, su verdadera pasión.
Aunque
se ha intentado desprestigiar la imagen del Caudillo como un
usurero, quienes lo hacen, y no conviene citar nombres,
puesto que todos sabemos quienes son, saben que mienten.
Mienten como han mentido siempre, y eso es lo único que han
sabido hacer bien los enemigos del Generalísimo, mentir.
En
el lado opuesto a esta mentira, tenemos al Caudillo, quien
fue “la espada más limpia de Europa”, defensor hasta el
final de sus días de la Verdad, encarnada en Cristo y su
Iglesia, pues quiso vivir, y morir como católico.
Aun
así hubo de soportar la condena de su labor por todos
aquellos que fueron los enemigos de España, una
condena que al final de sus días, se fue recrudeciendo y
posiblemente fue la que acabó con su vida, aquel fatídico
20 de noviembre de 1975.
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