Sobre la eutanasia.


Por Miguel Ángel. 29/10/2007.  


En un libro escolar de los años 60, leí una vez que tres importantes dones recibimos al nacer: la Vida, la Patria y el Apellido.

Es la Vida un regalo de Dios; la Patria, la herencia de una Nación; y el Apellido, el legado de una familia. Decía también que estos tres dones, debemos llevarlos en el corazón, ostentarlos con honor y engrandecerlos con gloria.

Sirva esta breve introducción, para llegar al fin pretendido: nuestras vidas nos las da Dios y justo sería que fuese Él quien les ponga fin.

En estos términos, nosotros no seríamos propietarios de nuestras vidas, sino simples usufructuarios, de las que podemos obtener los beneficios pertinentes, pero no podemos deshacernos de ellas, ya que sí tienen un propietario, Dios. Es una situación similar a la de los mayorazgos de la tierra en el Antiguo Régimen, las tierras serían el equivalente a las vidas; el titular del Mayorazgo, que no tiene plena propiedad sobre la hacienda, seríamos nosotros; y por fin la institución o familia, hace la función de propietario. Con este símil, será más sencillo entender mi hipótesis.

Sin embargo, me veo obligado a diferenciar entre la eutanasia pasiva y eutanasia activa. La eutanasia activa sería parar un organismo vivo que puede funcionar sin depender de ningún tipo de aparato, mediante la administración de cualquier sustancia, o directamente de un disparo, o quizá mediante estrangulamiento, todo viene a ser lo mismo, diferentes formas de asesinato. Una legalización de la eutanasia activa, que no legitimación, llevaría a la tumba a muchas personas que no desean morir aun estando impedidos para manifestar sus deseos, y sus herederos, para evitarse complicaciones, intentarían convencer al verdugo de que la voluntad del enfermo es morir, pasando la herencia directamente a sus manos y excusándose de los cuidados que el enfermo pudiese necesitar. Y es que el ser humano, no es bueno por naturaleza. Otra cuestión espinosa es otorgar el poder a alguien, un médico por ejemplo, para poner fin a la vida de alguien, que seguro está pasando por un difícil momento, y que su desesperación le empuja a finalizar su vida. ¿Quién puede otorgarse ese poder? ¿Acaso nace alguien capacitado legítimamente para poner fin a una vida ajena? ¿No sería un retroceso histórico el crear nuevos verdugos?

Como eutanasia pasiva, no se entiende el “ayudar a morir” como proclaman los defensores de la eutanasia activa, si no el dejar seguir el curso a los acontecimientos, y no alargar inútilmente una vida mediante métodos artificiales que sólo conllevarían alargar la agonía, que siguiendo un curso normal, el enfermo no sufriría. Dentro de este tipo de eutanasias, podemos incluir entre otros, el tratamiento con calmantes del dolor, aun a riesgo de acortar la vida; la separación del enfermo de una máquina que le mantiene de forma artificial con vida, y sólo unido a esa máquina permanentemente podrá prolongar su existencia.

Visto lo anterior, la eutanasia es más que un suicidio, es un homicidio, consentido, pero homicidio, y en el actual código penal, es delito.

 

Artículo de opinión extraído de la página: www.generalisimofranco.com