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Creo que gran parte de la familia militar a la que pertenezco, junto
con otros muchos españoles, se siente inquieta al sucederse hechos
que, apoyados en disposiciones legales que parecen ignorar valores,
sentimientos y arraigadas tradiciones, permiten interpretaciones
sesgadas de la historia que reavivan pasiones ya enterradas. El
silencio al que nos empujan las virtudes de la lealtad, disciplina y
obediencia, que siempre hemos cultivado los militares, no debe
interpretarse como un signo de aceptación o sumisión. Hoy, ante los
últimos hechos, rompo mi silencio buscando en el recuerdo histórico
contrastes significativos.
1.-
Baler y el Alcázar de Toledo: Comparemos dos decretos. El primero
(30 junio 1899) lo firma el presidente de Filipinas, Emilio
Aguinaldo, quien tras resaltar el heroico comportamiento de las
fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler («Epopeya
tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid
y de Pelayo...»), dispone que no sean considerados como prisioneros,
sino como amigos, y que se les faciliten los pases para poder
regresar a España. El segundo, una decisión del Pleno del
Ayuntamiento de Toledo (21 enero 2010) aprobando el cambio de
nomenclatura de algunas calles de la ciudad, entre ellas la del
General Moscardó y la de Antonio Ribera, denominado el «Ángel del
Alcázar» por la ejemplar labor humanitaria que realizó,
especialmente con las 500 mujeres y 50 niños refugiados en los
sótanos de la Academia. Vano intento de borrar una página de la
Historia. El asedio acaparó la atención internacional y se inscribió
en el libro universal de las gestas heroicas. ¡Qué diferencia con
Baler! ¿Estamos perdiendo el noble estilo que el pueblo español
siempre supo mantener, tanto en la victoria como en la derrota? ¿Por
qué en vez de quitar nombres no se añaden los de algunos de los sin
duda bravos soldados republicanos que dejaron allí sus vidas
luchando por sus ideales? Ese es el espíritu que se nos inculcó en
la nueva Academia de Infantería, espectadora privilegiada de la
reconstrucción del Alcázar desde la otra orilla del Tajo. No dejemos
que muera. |
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2.-
Estatua de Millán Astray: Decreto de 8 enero 1920: «Con la
denominación de Tercio de Extranjeros se creará una Unidad Militar
Armada... Firmado, Alfonso XIII». Millán Astray es nombrado Jefe
Fundador de La Legión y se dirige así a los primeros legionarios:
«La Legión os abre las puertas, os ofrece olvido, honores, gloria...
A cambio tenéis que dar todo, sin pedir nada... Los puestos más
duros y de mayor peligro serán para vosotros... Combatiréis siempre
y moriréis muchos, quizás todos». Y fue verdad. Desde el primer día,
La Legión combate sin descanso. El ahorro de sangre de los soldados
de remplazo, incalculable. Millán Astray es nombrado Hijo Predilecto
de su ciudad natal: La Coruña.
Recordemos algunas fechas: 1921: La Legión libera Melilla, asediada
por los rifeños tras el «Desastre de Annual»... 1925: Desembarco de
Alhucemas con La Legión en vanguardia. Abd-el-Krim se rinde. La
pacificación del Protectorado se hace posible... 1936/39: Millán
Astray, tuerto y manco de sus heridas de guerra, es una figura
simbólica, sin mando real de unidades... 1992: La Legión encabeza la
participación española en Operaciones de Paz en Bosnia-Herzegovina y
está presente en todos los escenarios: Kosovo, Albania, Irak,
Afganistán, Líbano. Su conducta, siempre ejemplar. 2010: La Bandera
«Millán Astray», del 4º Tercio, constituye el núcleo del anunciado
refuerzo a Afganistán.
3.-
Enero 2010: En el 90 aniversario de la fundación de La Legión, el
Ayuntamiento de La Coruña retira la estatua de su Hijo Predilecto.
¡Buena medida para estimular a los que parten para Afganistán! Está
presente su hija, con el solo acompañamiento de algunos antiguos
legionarios. Cuándo nos pregunte «¿por qué?», sólo le podremos decir
que compartimos su pena y que los legionarios que van a una dura
misión llevan con orgullo el espíritu y el nombre de su padre.
4.-
Condecoraciones militares: Sorprendió y fue difícil de entender que
el Gobierno (4 diciembre 2009) aprobase una declaración
institucional de reconocimiento especial por sus méritos en la
transición a la democracia a los miembros de la Unión Militar
Democrática (UMD) y más difícil todavía aceptar que fueran premiados
con condecoraciones militares, cuyo reglamento de concesión
difícilmente encaja con su actuación. Se reabre así un tema
sensible, serio y quizás poco conocido por las últimas generaciones.
En 1974, cuando el deterioro físico de Franco era evidente, un
pequeño grupo de oficiales rompió sus promesas de lealtad y
disciplina, despreció a sus superiores, a los que tenía el deber de
elevar sus lícitas inquietudes y, aislándose del resto de los
cuadros de mando, desde la clandestinidad trató de atraer, con muy
poco éxito, a sus propios compañeros a su particular proyecto
político, pudiendo crear fisuras graves en las filas de las Fuerzas
Armadas.
Y
lo hicieron en el momento más inoportuno, cuando empeoraba la
situación en el Sahara y cuando los Ejércitos eran muy conscientes
de que, más que nunca, tenían la obligación ante la nación de
estrechar sus ya fuertes lazos de unión para formar un bloque que,
superando nostalgias y sentimientos particulares, estuviera
preparado para trasladar su lealtad y disciplina a quien sería su
nuevo Jefe Supremo, el Rey de España, desde el mismo momento de su
Coronación. Y así se hizo, y el camino de la transición hacia la
democracia quedó abierto. Debe quedar muy claro que por constituir
una célula clandestina, que no puede aceptar ningún Ejército, y
nunca por sus ideales democráticos, fueron juzgados y condenados los
miembros de la UMD, amnistiados y rehabilitados en 1987. Premiarles
militarmente ahora constituye, a mi juicio, un error serio.
Termino. La ley de la Memoria Histórica está lejos de alcanzar los
objetivos que señala su artículo 1º. Dudo que esté consiguiendo la
reparación moral de los descendientes de los que militaron en el
bando republicano y, desde luego, no está fomentando la cohesión y
solidaridad entre las diversas generaciones de españoles. La
obsesión por criminalizar una etapa de nuestra Historia, que no se
borra por mucho que se supriman nombres, signos y escudos, se
derriben estatuas o se dificulte la entrada en alguna basílica o
museo, está reabriendo heridas ya cicatrizadas. Sería noble que la
Ley diera paso a historiadores honestos que investiguen, todavía más
a fondo, y divulguen a los cuatro vientos, las causas que motivaron
el enfrentamiento entre hermanos, sin renunciar a denunciar hechos
delictivos, dondequiera que se hayan producido. Y sería
tranquilizador conocer que los temas claves para el buen hacer de
nuestras Fuerzas Armadas (léase Ley de la Carrera Militar que tantos
recursos está motivando, Reales Ordenanzas que suprimen los términos
«enemigo», «guerra» o que difumina que la misión principal de las
unidades es prepararse para el combate, o la próxima Ley de Derechos
y Deberes del Militar, con el espinoso tema del asociacionismo) se
someten siempre, aunque sus informes no sean vinculantes, al estudio
profundo de los Consejos Superiores de los Ejércitos, de cuya valía
y lealtad no se puede dudar. Se calmarían muchas inquietudes.
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