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Vivimos un
momento histórico culturalmente decadente en varios conceptos, en el
que predomina una importante relajación de las costumbres
tradicionales multiseculares, afectando incisivamente a la moral
natural así como a la sobrenatural, de la que se prescinde.
Una
situación seria y preocupante en el mundo occidental, fruto de un
liberalismo mal entendido y deficientemente aplicado, que por falta
de prevención no se ha querido evitar en el momento oportuno, antes
de que la incipiente epidemia se convierta en pandemia irreversible,
de cuyos estragos sufrimos las funestas consecuencias de resultados
imprevisibles. No debemos olvidar, que en el transcurso de la
Historia varios imperios –prácticamente inexpugnables– sucumbieron
víctimas del egoísmo, el desenfreno moral, el hedonismo y el
libertinaje, como ocurrió con Roma.
Si
no se aplica con inteligencia y sensatez una profilaxis contra esta
lacra actual que se extiende por occidente impunemente,
implícitamente consentida por los dirigentes de esta dilatada área
geográfica, responsables de la cultura contemporánea, puede abocar a
una hecatombe social, cultural y económica apocalípticas, cuyo
liderazgo pasará inexorablemente al mundo oriental, cada vez más
pujante y vigoroso a medida que transcurre el tiempo, como no
hubiéramos imaginado hace dos décadas.
Al
propio tiempo, atravesamos una lamentable crisis económica general
en el mundo desarrollado, superior al célebre crack del 29,
atribuible al desastre secundario de la Primera Guerra Mundial, que
afortunadamente no repercutió en España –bajo la dictadura del
general Primo de Rivera– hasta la proclamación de la Segunda
República el 14 de abril de 1931. Sin embargo, actualmente, somos
una de las naciones de la Comunidad Europea más afectadas, de larga
y penosa recuperación. Contingencia fácilmente previsible por los
economistas y financieros más expertos, quienes debieron
diagnosticar y pronosticar a su debido tiempo, para que se adoptaran
las medidas terapéuticas cautelares más oportunas, corrigiendo con
eficacia y rigor las causas desencadenantes de la catástrofe que ha
desbordado las aguas.
El
desmesurado afán por un rápido enriquecimiento social –obviando las
funestas consecuencias– gestó la denominada burbuja inmobiliaria,
que accidentalmente generó grandes expectativas de trabajo en
múltiples áreas empresariales subsidiarias de la construcción,
fomentando a la vez la especulación. Sin serios planes urbanísticos
previos, académicamente planteados por ingenieros y arquitectos
relevantes, en consenso con los promotores y financieros sobre las
posibilidades reales de demanda por el mercado, se embarcaron
precipitadamente a la aventura.
Se
lanzaron imprudentemente a la construcción masiva de innumerables
viviendas y locales de negocio en todo nuestro ámbito geográfico,
auspiciados por una nueva y atractiva modalidad de hipoteca con
intereses módicos –casi testimoniales– para cuya amortización
disponía el futuro comprador de tres o cuatro décadas –toda una vida
laboral si todo funcionaba bien– sin más garantías pecuniarias que
la propia vivienda hipotecada. Una atractiva y sugestiva opción de
compra para el usuario, sin necesidad de avales extra bancarios
garantes de la adquisición, ante el imprevisto impago del comprador
por necesidades apremiantes de índole laboral, como el fallo del
trabajo, fuente fundamental de los ingresos para afrontar la deuda
contraída en el contrato.
Cuando realmente surgen los imponderables del infortunio económico,
previsible por los expertos más clarividentes –sagazmente
encubiertos en el momento de la transacción– el comprador neófito,
si no se encuentra la presunta opción de vender la propiedad
hipotecada en similares condiciones a su adquisición, la entidad
bancaria financiera será quien recobre la misma, con escasas
posibilidades de venderla de nuevo al mismo precio ante el
descalabro económico actual, que no permite aventuras inversionistas
al ciudadano corriente al carecer de recursos monetarios.
Con
este procedimiento tan común en nuestros días, la Banca irá
acumulando viviendas, que junto a las no vendidas y financiadas
directamente a los promotores, se convierte en propietaria
inmobiliaria de inmuebles invendibles al precio que se tasaron en su
día. Un importante capital aparcado sin criterios fiables de
rentabilidad a corto plazo. La única alternativa viable para
movilizar el dinero inerte son los alquileres a precios razonables
al alcance de los futuros inquilinos, o bien, la venta del inmueble
a mitad de precio, asumiendo las pérdidas importantes que esta
operación comportaría. Debe estudiarse exhaustivamente la mencionada
opción por quien corresponda. |
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El
inadvertido fracaso de la construcción que generaba múltiples
empleos, la ineptitud de nuestros gobernantes dormitando en el
olimpo, junto a la extrapolación de importantes industrias hacia
países más rentables para el empresariado, han sido las principales
causas del paro masivo existente con escasas perspectivas de
reactivación.
Una
situación preocupante que ha sembrado el pánico y la desconfianza en
el ciudadano común –no anestesiado– confiado en el triunfalismo
verbal de la partitocracia, que finalmente le ha sumido en un grave
marasmo con mínimas esperanzas de futuro. Si no tiene lugar una
profilaxis radical en el mundo de la política, sólidamente
enquistada en sus poltronas inexpugnables, entreteniendo al pueblo
con falsas promesas y puerilidades, pensando únicamente en su
permanencia en el firmamento ejecutivo, dando paso a la tecnocracia
profesional que haya triunfado por su talento en la vida civil,
adoptando drásticas medidas, la crisis económica no tendrá solución.
Recordemos, a título de ejemplo, el Plan de Estabilización de 1959,
si queremos emerger de nuevo con austeridad.
La
democracia en occidente ha fracasado estrepitosamente, teniendo en
cuenta que el régimen de libertades se ha desbordado, abriendo el
cauce al libertinaje más licencioso e inadmisible, con flagrante
impunidad y beneplácito gubernamental, a tenor por la manifiesta
pasividad para encauzarlo.
En
nuestro Estado democrático moderno se preconiza la adquisición del
dinero fácil con el mínimo esfuerzo, inculcando a la juventud la
consecución de empleos superficiales con salarios modestos, tanto en
la empresa pública como en la privada, que les permita disponer de
mucho tiempo libre para gozar de las delicias de la transitoria vida
terrenal.
No
deben preocuparse por el ahorro en los años más fértiles de su
existencia. El estado del bienestar cubrirá con largueza las
necesidades cuando llegue el momento del infortunio, según la
interesada propaganda política actual.
Aquel bizarro e impetuoso afán juvenil por abrirse camino en la
vida, intentando siempre superarse en sus diversas ocupaciones. Unos
trabajando incansablemente hasta conseguir sus metas propuestas, o
convertirse en pequeños o medianos empresarios, renunciando a
caprichos y gastos superfluos. Otros continuando su ascenso en la
carrera profesional tras la licenciatura, preparando duras
oposiciones que suponían años de estudio, hoy va declinando,
perdiendo interés entre los jóvenes el sacrificio. Existe una anemia
ideológica acusada que impide formular alternativas ilusionantes.
“El
vértigo del consumismo ha difundido entre gentes de todos los
niveles una oleada de materialismo práctico, un afán hedonista de
gozar sin medidas las cosas terrenas, con olvido de las realidades
eternas: en suma, una concepción naturalista de la vida humana,
reducida al pleno de la pura temporalidad”. José Orlandis.
El
ex ministro y Abogado del Estado. José Manuel Otero Novas, en su
importante libro “Nuestra democracia puede morir”, se expresa
en los siguientes términos:
“Existe el riesgo de que una constitución democrática llegue a
encubrir una realidad autoritaria o, peor aún, totalitaria,
explicando a su vez las ambigüedades y limitaciones de la
Constitución para que nadie crea que su vigencia es garantía de
futuro, poniendo de relieve, desde los datos de la realidad actual,
los peligros que acechan a la supervivencia de nuestra democracia”.
Inmersos en las delicias del llamado Estado del bienestar que invita
continuamente al hedonismo sin bases firmes que lo mantenga, resulta
muy difícil hablar de austeridad, trabajo ímprobo, sacrificio y
ahorro a las nuevas generaciones que han vivido en la opulencia.
Si
pretendemos superar la crisis occidental debemos aplicar sin
dilación medidas de severidad, seriedad, sobriedad y rigurosidad en
nuestro comportamiento.
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