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Cuando nos disponemos a
conmemorar el setenta y cuatro aniversario del Alzamiento Nacional
del 18 de julio, estamos atravesando unas circunstancias sociales,
políticas y religiosas muy similares a las que motivaron el
levantamiento cívico-militar, agotadas humanamente todas las
posibilidades de evitar la tragedia. Por ello, el jefe de la CEDA,
José Mª Gil Robles, escribió su interesante libro “No fue posible la
paz”, cuya vida salvó milagrosamente al no encontrarse en su
domicilio cuando fueron a detenerle. No tuvo la misma suerte el jefe
del Bloque Nacional, José Calvo Sotelo –una de las mentes más
lúcidas de la centuria, dotado de una valentía infrecuente en el
resto de los mortales– que fue alevosamente asesinado tras la
detención en su casa la madrugada del 13 de julio, minutos después
de subir a la camioneta de los Guardias de Asalto, de un tiro en la
nuca, vandálico crimen de Estado.
En
los últimos años del caudillaje de Francisco Franco, afecto de una
enfermedad neurológica degenerativa, complicada con problemas
digestivos y cardio- circulatorios que le llevaron a la tumba, nadie
sensato, honesto y trabajador pensaba ni deseaba un cambio y mucho
menos tan drástico y copernicano como el actual.
La
inmensa mayoría del pueblo español gozaba de una paz y armonía
celestiales, trabajando con esfuerzo, dedicación y seriedad, cuyos
deseos prioritarios consistían en la superación y el progreso
personal ajeno a los entresijos de la política.
Únicamente, los eternos resentidos fracasados por su inepcia y los
habituales vividores de la política, soñaban con la ruptura
disfrazada de cambio. La reforma se hizo a través de elementos
propios del Sistema por deslealtad encubierta, prestándose
arteramente al trabajo innoble en busca de prebendas, engañando y
desorientando al pueblo leal abusando de su nobleza, con graves
falacias para desintegrar astutamente al Régimen que habían servido
y jurado defender.
En
muy poco tiempo, como si se tratara de un plan sagazmente
preconcebido, fueron socavando los pilares que sustentaban al
régimen autoritario, firmemente consolidado, fruto de cuatro décadas
de laboriosidad, austeridad y prosperidad, que elevaron a España a
la novena potencia económica mundial, para reconvertirla como en
tiempos pretéritos, en el paraíso de la demagogia política de
carácter endémico que obstaculizó y dificultó el progreso y el
desarrollo nacional.
Desde la revolución de 1868, la Primera República, la pérdida de las
colonias de ultramar en la guerra de Cuba, la Restauración Borbónica
y la lamentable guerra de Marruecos, fueron sucediéndose durante más
de media centuria una pléyade de gobiernos débiles e ineficaces por
falta de competencia, que dificultaron y obstruyeron la evolución
social y el crecimiento económico, quedando nuestra patria
completamente estancada en el concierto internacional, cuando
habíamos sido la nación más potente a escala mundial durante el
reinado de los Austrias. Exceptuando el breve, pero brillante
paréntesis, de prosperidad, progreso y grandeza de la anhelada
dictadura de Miguel Primo de Rivera, que cambió la faz de España en
siete años con el beneplácito y entusiasmo de los españoles. Un
indudable y positivo presagio del Estado Nacional que surgió del 18
de julio. El inmerecido declive de la autocracia tras el borboneo
del General, desembocó un año después, en la proclamación de la
Segunda República de índole revolucionaria –absurdamente
reivindicada por el ejecutivo actual– que desencadenó el estallido
de la guerra civil, cuyo inicio hoy evocamos.
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