Decadencia de la Democracia Occidental
Por Dr. Manuel Clemente Cera, 15/06/2010.
Vivimos un momento histórico culturalmente decadente en varios conceptos, en el que predomina una importante relajación de las costumbres tradicionales multiseculares, afectando incisivamente a la moral natural así como a la sobrenatural, de la que se prescinde.
Una situación seria y preocupante en el mundo occidental, fruto de un liberalismo mal entendido y deficientemente aplicado, que por falta de prevención no se ha querido evitar en el momento oportuno, antes de que la incipiente epidemia se convierta en pandemia irreversible, de cuyos estragos sufrimos las funestas consecuencias de resultados imprevisibles. No debemos olvidar, que en el transcurso de la Historia varios imperios –prácticamente inexpugnables– sucumbieron víctimas del egoísmo, el desenfreno moral, el hedonismo y el libertinaje, como ocurrió con Roma.
Si no se aplica con inteligencia y sensatez una profilaxis contra esta lacra actual que se extiende por occidente impunemente, implícitamente consentida por los dirigentes de esta dilatada área geográfica, responsables de la cultura contemporánea, puede abocar a una hecatombe social, cultural y económica apocalípticas, cuyo liderazgo pasará inexorablemente al mundo oriental, cada vez más pujante y vigoroso a medida que transcurre el tiempo, como no hubiéramos imaginado hace dos décadas.
Al propio tiempo, atravesamos una lamentable crisis económica general en el mundo desarrollado, superior al célebre crack del 29, atribuible al desastre secundario de la Primera Guerra Mundial, que afortunadamente no repercutió en España –bajo la dictadura del general Primo de Rivera– hasta la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931. Sin embargo, actualmente, somos una de las naciones de la Comunidad Europea más afectadas, de larga y penosa recuperación. Contingencia fácilmente previsible por los economistas y financieros más expertos, quienes debieron diagnosticar y pronosticar a su debido tiempo, para que se adoptaran las medidas terapéuticas cautelares más oportunas, corrigiendo con eficacia y rigor las causas desencadenantes de la catástrofe que ha desbordado las aguas.
El desmesurado afán por un rápido enriquecimiento social –obviando las funestas consecuencias– gestó la denominada burbuja inmobiliaria, que accidentalmente generó grandes expectativas de trabajo en múltiples áreas empresariales subsidiarias de la construcción, fomentando a la vez la especulación. Sin serios planes urbanísticos previos, académicamente planteados por ingenieros y arquitectos relevantes, en consenso con los promotores y financieros sobre las posibilidades reales de demanda por el mercado, se embarcaron precipitadamente a la aventura.
Se lanzaron imprudentemente a la construcción masiva de innumerables viviendas y locales de negocio en todo nuestro ámbito geográfico, auspiciados por una nueva y atractiva modalidad de hipoteca con intereses módicos –casi testimoniales– para cuya amortización disponía el futuro comprador de tres o cuatro décadas –toda una vida laboral si todo funcionaba bien– sin más garantías pecuniarias que la propia vivienda hipotecada. Una atractiva y sugestiva opción de compra para el usuario, sin necesidad de avales extra bancarios garantes de la adquisición, ante el imprevisto impago del comprador por necesidades apremiantes de índole laboral, como el fallo del trabajo, fuente fundamental de los ingresos para afrontar la deuda contraída en el contrato.
Cuando realmente surgen los imponderables del infortunio económico, previsible por los expertos más clarividentes –sagazmente encubiertos en el momento de la transacción– el comprador neófito, si no se encuentra la presunta opción de vender la propiedad hipotecada en similares condiciones a su adquisición, la entidad bancaria financiera será quien recobre la misma, con escasas posibilidades de venderla de nuevo al mismo precio ante el descalabro económico actual, que no permite aventuras inversionistas al ciudadano corriente al carecer de recursos monetarios.
Con este procedimiento tan común en nuestros días, la Banca irá acumulando viviendas, que junto a las no vendidas y financiadas directamente a los promotores, se convierte en propietaria inmobiliaria de inmuebles invendibles al precio que se tasaron en su día. Un importante capital aparcado sin criterios fiables de rentabilidad a corto plazo. La única alternativa viable para movilizar el dinero inerte son los alquileres a precios razonables al alcance de los futuros inquilinos, o bien, la venta del inmueble a mitad de precio, asumiendo las pérdidas importantes que esta operación comportaría. Debe estudiarse exhaustivamente la mencionada opción por quien corresponda.
El inadvertido fracaso de la construcción que generaba múltiples empleos, la ineptitud de nuestros gobernantes dormitando en el olimpo, junto a la extrapolación de importantes industrias hacia países más rentables para el empresariado, han sido las principales causas del paro masivo existente con escasas perspectivas de reactivación.
Una situación preocupante que ha sembrado el pánico y la desconfianza en el ciudadano común –no anestesiado– confiado en el triunfalismo verbal de la partitocracia, que finalmente le ha sumido en un grave marasmo con mínimas esperanzas de futuro. Si no tiene lugar una profilaxis radical en el mundo de la política, sólidamente enquistada en sus poltronas inexpugnables, entreteniendo al pueblo con falsas promesas y puerilidades, pensando únicamente en su permanencia en el firmamento ejecutivo, dando paso a la tecnocracia profesional que haya triunfado por su talento en la vida civil, adoptando drásticas medidas, la crisis económica no tendrá solución. Recordemos, a título de ejemplo, el Plan de Estabilización de 1959, si queremos emerger de nuevo con austeridad.
La democracia en occidente ha fracasado estrepitosamente, teniendo en cuenta que el régimen de libertades se ha desbordado, abriendo el cauce al libertinaje más licencioso e inadmisible, con flagrante impunidad y beneplácito gubernamental, a tenor por la manifiesta pasividad para encauzarlo.
En nuestro Estado democrático moderno se preconiza la adquisición del dinero fácil con el mínimo esfuerzo, inculcando a la juventud la consecución de empleos superficiales con salarios modestos, tanto en la empresa pública como en la privada, que les permita disponer de mucho tiempo libre para gozar de las delicias de la transitoria vida terrenal.
No deben preocuparse por el ahorro en los años más fértiles de su existencia. El estado del bienestar cubrirá con largueza las necesidades cuando llegue el momento del infortunio, según la interesada propaganda política actual.
Aquel bizarro e impetuoso afán juvenil por abrirse camino en la vida, intentando siempre superarse en sus diversas ocupaciones. Unos trabajando incansablemente hasta conseguir sus metas propuestas, o convertirse en pequeños o medianos empresarios, renunciando a caprichos y gastos superfluos. Otros continuando su ascenso en la carrera profesional tras la licenciatura, preparando duras oposiciones que suponían años de estudio, hoy va declinando, perdiendo interés entre los jóvenes el sacrificio. Existe una anemia ideológica acusada que impide formular alternativas ilusionantes.
“El vértigo del consumismo ha difundido entre gentes de todos los niveles una oleada de materialismo práctico, un afán hedonista de gozar sin medidas las cosas terrenas, con olvido de las realidades eternas: en suma, una concepción naturalista de la vida humana, reducida al pleno de la pura temporalidad”. José Orlandis.
El ex ministro y Abogado del Estado. José Manuel Otero Novas, en su importante libro “Nuestra democracia puede morir”, se expresa en los siguientes términos:
“Existe el riesgo de que una constitución democrática llegue a encubrir una realidad autoritaria o, peor aún, totalitaria, explicando a su vez las ambigüedades y limitaciones de la Constitución para que nadie crea que su vigencia es garantía de futuro, poniendo de relieve, desde los datos de la realidad actual, los peligros que acechan a la supervivencia de nuestra democracia”.
Inmersos en las delicias del llamado Estado del bienestar que invita continuamente al hedonismo sin bases firmes que lo mantenga, resulta muy difícil hablar de austeridad, trabajo ímprobo, sacrificio y ahorro a las nuevas generaciones que han vivido en la opulencia.
Si pretendemos superar la crisis occidental debemos aplicar sin dilación medidas de severidad, seriedad, sobriedad y rigurosidad en nuestro comportamiento.
Artículo de opinión extraído de la página: www.generalisimofranco.com