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LIBRO FIRMAS

SUGERENCIAS

 

Discursos y mensajes del Jefe del Estado, 1957.


 
Palabras pronunciadas en Barcelona durante la inauguración de una Residencia de Estudiantes hijos de Militares.

20 de octubre de 1957.

Mi general, señores generales, jefes y oficiales:

Habéis oído a vuestro Capitán General una exposición de la evolución social de nuestro Ejército en estos últimos veinte años. Para poder apreciar cualesquiera clase de cosas hay que buscar un punto de referencia. Para nosotros, que llevamos ya medio siglo al servicio de las Armas, el punto de referencia es la llegada nuestra a los cuarteles.

¿Cuál era la situación del Ejército español en los primeros años de este siglo? ¿Cuál es en los momentos en que ahora nos encontramos? En aquellos ya remotos días pesaba sobre el Ejército español la injusticia gravísima de pretender arrojar sobre él las responsabilidades de las desgracias últimas de la Patria. Todavía se hablaba y discutía sobre Cuba y Filipinas en los cuarteles, mientras un público totalmente desorientado parecía mirar con recelo y menosprecio a los Institutos Armados, echando sobre nosotros las responsabilidades del desgobierno perdedor de las provincias de Ultramar. Como si el final que tuvo la campaña de Cuba y la de Filipinas fuera cosa exclusiva del Ejército y no el último acto de la desasistencia y del desgobierno de la Nación bajo la directa responsabilidad de los políticos y los partidos que la gobernaban.

El tratado de París fué hecho contra la voluntad del Ejército. Están todavía en pie, como una acusación, los telegramas del Capitán General de la isla de Cuba en que decía al Gobierno que los jefes y oficiales de aquellas guarniciones no se consideraban vencidos, ni mucho menos, y sólo pedían que se les dejase combatir, porque creían que la guerra no estaba perdida, lo que era una realidad, ya que porque se perdiera Santiago de Cuba, o sea un puerto de aquella extensa isla, España no había de darse por vencida. Las culpas y la imprevisión no podían justamente arrojarse contra el Ejército, sino contra el desgobierno de la Nación y sus hombres responsables.

¡Y así llegaba nuestra generación a los cuarteles! ¡y qué cuarteles, señores! Los últimos residuos del despojo inicuo de las Ordenes Religiosas: conventos húmedos e inmundos, falta absoluta de campos de tiro y de maniobra, faltas de instalaciones y hasta de efectivos en filas, que, como decían algunos críticos, convertían al Ejército en la escolta de unas charangas para alegrar las poblaciones... El camino que se ha recorrido desde entonces a nuestros días es el que nuestra generación ha vivido: hoy hay un hito que establece una señal entre las dos vertientes, y ese hito es el Movimiento Nacional.

Todo lo que se ha hecho en el orden social en el Ejército: los desvelos en este orden de los Ministros y de los Capitanes Generales; toda la asistencia debida a nuestra oficialidad, a nuestros cuadros sufridos de suboficiales y clase de tropa, es en lo militar una parte de la acción social nacional, de la inquietud social de nuestro Movimiento. España se había quedado evidentemente atrasada y nos encontrábamos avanzado ya este siglo con que las diferencias sociales en nuestra Nación eran las más acusadas entre casi todos los países de Europa, donde el nivel de vida de las distintas clases era mucho más igual y en conjunto muy superior, debido al abandono, en una gran parte, a las deficiencias naturales de nuestra economía. Y esto es lo que deshizo y rompió nuestro Movimiento, la obra que venimos realizando en estos años. Mas en estos años las ciencias han cambiado prodigiosamente, y aquellos Ejércitos que a la salida de nuestra Guerra de Liberación eran tan perfectos como pudieran serio los más perfectos en Europa, con el galopar de las ciencias se han ido quedando atrás. Por ello el esfuerzo a realizar tiene que ser ingente.

Nuestra generación está llamada a entregar pronto la antorcha a las generaciones que nos siguen, y es necesario que nosotros grabemos en el ánimo de las promociones nuevas estas lecciones de la Historia que no pueden olvidarse, que conozcan cuál ha sido la base de que partimos y cómo esta generación ha dado a su Patria todo cuanto le ha podido dar. Y ha hecho más aún: ha cambiado el rumbo de la vida de España y ha cambiado sus horizontes y sus ilusiones, demostrando que aquel ambiente que reinaba cuando nosotros llegamos a los cuarteles, aquel concepto pesimista adueñado de la Nación, en que hasta se dudaba de las epopeyas más gloriosas de nuestra Historia, hicimos que se viniera abajo en nuestra Cruzada de Liberación, que por sus epopeyas y heroísmos causó la admiración de propios y extraños: demostramos que España y los hombres de España estaban en forma y, por lo menos, a la misma altura que pudieron estar en los tiempos más gloriosos y mejores de nuestra larga Historia.

Lo que a España le faltaba era unidad y dirección, era querer tener voluntad, lo que un día llamamos «voluntad de imperio», y que era sencillamente voluntad de ser, de conquistar el puesto que a la Nación le correspondía, el puesto debido a nuestra Patria.

Hemos de abrir el espíritu de todos a la transformación técnica e indispensable. Hemos de considerar que hoy no cuesta la alimentación de un soldado en filas lo que costaba cuando nosotros salimos de la Academia, que era sólo cincuenta céntimos; hoy los gastos que origina un soldado y sus cuidados indispensables son inconmensurablemente mayores. Por lo tanto, nosotros, en servicio de la economía de la Patria y en el social de la Nación, hemos de procurar que el tiempo que esos hombres estén entre nosotros, que debe ser el mínimo indispensable, podamos darles una instrucción acelerada, una racional instrucción premilitar, una eficiente preparación para la guerra, pues defraudaríamos a España si con la materia prima que recibimos, que es maravillosa, no lográsemos con el menor coste y sacrificio que se pusiese de relieve en el momento en que la Patria peligrase. Y esto no cabe duda que lo estamos logrando paulatinamente.

Nos espera un esfuerzo técnico considerable, hay que ir a la transformación de nuestras armas y de nuestros equipos, sin olvidar que siempre tendremos una cosa básica, el hombre, con el que podemos contar para mantener la independencia de la Nación. Disponemos del precioso elemento básico, del hombre, con un estupendo espíritu; ahora que necesitamos prepararlo concienzudamente, pues sobre los avances considerables de la ciencia están las esencias de la disciplina, de la lealtad, de la confianza y de la unidad de mando. Todo esto, que se ha venido manteniendo en los cuarteles como en castillos roqueros a través de las generaciones, en medio incluso de la indiferencia de la Nación en decadencia; todo esto es antorcha que hemos de pasar a las generaciones que nos sigan, que podrán apreciar la ilusión y el entusiasmo que habéis puesto a lo largo de vuestra vida para lograr la conquista de los designios de España.

Y nada más. Yo paso siempre un rato agradabilísimo entre vosotros, este rato de camaradería que me vuelve a mi Ejército, a los cuarteles, a los campamentos, a la realidad castrense, a la vida que yo había elegido por profesión. Recibid todos un abrazo con un vibrante  

¡Arriba España!


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