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SUGERENCIAS

 

Mensajes de fin de Año.


 
31 de diciembre de 1957.

Españoles:

Todos los años, cuando siguiendo una costumbre que se ha hecho tradición, reconsideramos ante la intimidad de vuestros hogares las etapas superadas, el plano de situación en que nos movemos y las líneas generales de nuestra marcha hacia el futuro, me embarga una íntima emoción al evocar las pruebas de lealtad y sacrificios que para llegar a estas horas los españoles han venido ofreciéndome. Imaginaros lo que representará hoy cuando, acabadas de superar por la solidaridad de todos los españoles las catástrofes de Levante, una nueva llamada de la Patria ha dejado en estas solemnidades tantos puestos vacíos en muchos hogares. Que Dios les ayude y los devuelva con gloria a sus casas es nuestro mayor deseo, y que en los casos irreparables Dios conceda resignación cristiana a las familias de los que con su muerte heroica se han hecho beneméritos de la Nación. Estos sacrificios que la suerte de la Patria nos impone son los que, con sus golpes a través de la Historia, han venido forjando nuestra recia personalidad como Nación.

Desde aquélla Navidad primera de 1936 hasta hoy, que nos disponemos a penetrar en el año 1958, un hecho ha venido imponiéndose enérgicamente y se presenta ya con categoría de histórico a la consideración de propios y extraños: la virtualidad y capacidad comprobada del Movimiento Nacional y del Régimen nacido de la Cruzada -origen el más auténtico de la legitimidad popular y jurídica de un sistema político institucional- para encajar holgadamente y resolver los problemas nacionales, por difíciles que se presenten.

Está plenamente demostrado que las dificultades no solamente pusieron de manifiesto al correr de estos años la consistencia de nuestra voluntad, sino también la eficacia; la fertilidad y la adecuación a las necesidades de la hora actual de nuestros principios y de la normativa a que se ajustan nuestros procedimientos y nuestras instituciones.

En la mayor parte de los casos las dificultades -ya fueran políticas, sociales, de carácter económico, y aun aquellas que tienen su cauce en la acción imprevisible de los elementos naturales- fueron solventadas no con las simples medidas de emergencia acomodadas al volumen y límites concretos de las mismas; antes bien, las soluciones legales y reales puestas en práctica desembocaron en completas victorias sobre problemas más de una vez seculares y representaron bases de arranque hacia empresas y cometidos de tan amplias dimensiones y altos vuelos, que su rentabilidad garantiza a las generaciones que nos sucedan unas posibilidades de desarrollo económico y usufructo de bienes insospechadamente superiores a lo que ya estamos consiguiendo.

La unidad, el orden y la larga paz interior y exterior que hemos venido disfrutando son el antecedente más favorable y la mayor garantía de paz para lo sucesivo y constituyen el secreto de cuanto hemos podido conseguir en cualquiera de los terrenos de nuestra mejora material y espiritual. He aquí un bien inapreciable al que cada cual puede contribuir desde su puesto, tratando de cumplir rigurosamente con su deber, pero cuya consecución no está en manos de nadie en particular ni de todos en conjunto, sin la benévola providencia de Dios.

Yo me atrevo a proponer a los españoles, como modelo para el futuro, a estas generaciones que en estos veintiún años no se sintieron jamás débiles en medio de las dificultades y la pobreza de medios en que nos debatíamos; lo mismo en los tiempos primeros de nuestra Cruzada, cuando nuestra fe obraba milagros, sino más tarde, en los días de prueba, cuando la guerra universal rondaba nuestras fronteras terrestres y marítimas, en los que la confianza y el señorial sosiego del pueblo español ayudó sustancialmente a conllevar la situación y alejar los peligros que la guerra mundial nos ofrecía. Y al terminar la contienda, en los momentos en que en el río revuelto de la paz surgió la conjura contra nosotros, la hostilidad de fuera se estrelló contra la unidad y la fría tranquilidad de los españoles. Ni uno solo de los planes y trabajos nacionales a largo y corto plazo se alteraron lo más mínimo. Gracias a esto, nuestras grandes necesidades han podido ser conllevadas. Desde entonces todos esos pequeños intentos de perturbación de nuestra unidad y de nuestra paz que desde fuera se promovieron, y que en otras épocas hubieran llegado la crónica del tiempo, pasaron sobre nosotros como modestísimas incidencias del quehacer cotidiano de las que nadie se acuerda.

Sólo después de este reconocimiento de los bienes que por nuestra fe, nuestra unidad y nuestra disciplina el cielo nos ha deparado, es lícito examinar y tratar las cuestiones que tenemos pendientes y que nos preocupan en el momento o para el porvenir, porque tan mala o peor que la táctica de pretender ignorar los problemas es la de abultarlos o inflarlos, y sobre todo desconocer, para un juicio de conjunto, los motivos de satisfacción, de fe y de esperanza que tenemos ante nosotros.

No creáis que el Gobierno desconoce esos problemas que están en el ánimo de tantos y que pueda vivir envuelto en un clima ficticio de formas y de apariencias, desconectado de ellos. Conocemos todos esos problemas y los seguimos de cerca en su origen y en su desarrollo, atajándolos, resolviéndolos unas veces y aliviándolos otras, cuando otra cosa no es posible. Sabemos que nuestra situación está lejos de ser perfecta. Que sobre nuestra Nación pesan grandes y hondos problemas que no han podido ser superados y que afectan a los hogares o a las empresas, pero que no podría juzgarse de ellos si no considerásemos las bases de partida. La mayoría de los problemas de hoy son hijos de la política de ayer.

La base de partida hemos de buscarla en la situación en que recibimos la Nación: aquélla España que nuestros adversarios afirmaban era imposible de levantar y en lo que tantos españoles les acompañaban en el juicio; sin embargo, habéis visto cómo sin grandes sacrificios hemos superado los años más críticos de nuestra Historia. Muchos de los trastornos que hoy se nos presentan han llegado a ser cosa pasajera, fenómenos naturales de la crisis de crecimiento por la que pasamos al desarrollarse el país a grandes pasos. Es el precio que necesitamos pagar por la prosperidad misma.

España constituía, aunque esto nos duela, un país atrasado. Después de haber ocupado los primeros lugares de la Historia nos habíamos quedado rezagados del progreso mundial. Nuestra agricultura, salvo privilegiadas regiones, era pobre, atrasada y rutinaria. Nuestras especies ganaderas habían en su mayor parte degenerado. Las riquezas minerales aparecían agotadas en una explotación exhaustiva a través de muchos siglos. Los consumos de primeras materias por habitante, mínimos, y las diferencias sociales y en la alimentación, más acentuadas que en la mayoría de los pueblos europeos.

El transformar este estado de la Nación en otro floreciente, forzosamente tenía que entrañar problemas y preocupaciones. El aumento de consumo de carnes, huevos, pescado, grasas, legumbres, electricidad, carburantes, abonos, hierro, cemento, tejidos y transporte, entre otros muchos conceptos, necesitan hay atender a una población mayor y a un muy superior nivel de vida. El que se presenten desfases que es necesario acomodar es obligado en obra de tal envergadura. Que en algunos momentos el camino nos resulte duro y espinoso no podemos negarlo; peor sería la muerte lenta a que nos tenía condenados la vieja política.

El abandono de los problemas de la Nación durante tantos años es lo que ha acumulado sobre nuestra generación cargas y dificultades; por eso una política que merezca tal nombre no puede vivir al día: ha de mirar al futuro, preparar el progreso y bienestar de las generaciones que nos sigan. Y esta es la gran tarea que venimos forjando en estos años.

Es necesario que los españoles todos se aperciban que los bienes, pocos o muchos, de que hoy disfrutan, están fundamentados en la unidad, la paz, la disciplina y el orden interno de los españoles. Por ello nuestros adversarios, entre las mil maquinaciones que desde fuera y desde dentro traman contra la Patria renacida, está la de desunir a los españoles, introducir la confusión entre ellos y resucitar y clavar en el ambiente temas polémicos y de discusión sin salida. Pero tanto interés como puedan tener otros en esa desunión y desmoralización hemos de tener nosotros en lo contrario: en la unidad, en la seguridad de juicio y en la persistencia y continuidad de los propósitos. Existe interés en llevar a los españoles a un terreno movedizo y equívoco donde, sin posibilidades de ver claro, pueda cundir la desorientación y el griterío. Por ello, para contrarrestar las acciones movidas por ese interés, hemos elegido direcciones para nuestro esfuerzo de valor y conveniencia inequívocos.

Desde los primeros momentos, en que por la voluntad de Dios y del pueblo español asumimos la responsabilidad vitalicia de los deberes que implica la Jefatura del Estado, fué norma de nuestro ejercicio del Poder y de nuestra acción de gobierno aplicar al área de la política y de la Administración las clásicas reglas del arte militar frente al enemigo. La vida es lucha, y guerra y política no son cosas tan distintas como a algunos pudieran parecer; y hoy menos que nunca, cuando la segunda viene determinada en aspectos muy esenciales para el mundo libre por la actividad de un enemigo poderoso al que solamente nosotros fuimos hasta la fecha capaces de vencer, tanto en la lucha armada como en la acción civil dentro de nuestras fronteras.

Puede afirmarse que este implacable enemigo combate hoy en todos los frentes, desde el deportivo y artístico hasta el específicamente bélico y militar. No abrir la conciencia a este fenómeno es operar de espaldas a la realidad. No tener en cuenta para la ordenación política, económica y social del propio país y de la comunidad de naciones libres a esta amenazadora realidad, empecinándose en vivir y gobernar conforme a sistemas, modos y procedimientos que sólo facilidades pueden ofrecer al adversario, puede representar el suicidio de Occidente. Es, precisamente, la defensa de la auténtica libertad, de la verdadera libertad colectiva, sin la cual desaparecería la personal y las civiles rectamente entendidas, la que nos ha exigido y exige una revisión a fondo de una serie de ideas y de supuestos -hijos legítimos del liberalismo- que al condicionar todavía la conducta privada e internacional de muchos países comprometen las mejores y más eficaces posibilidades del área occidental.

Porque somos contrarios al sistema de garantías con las que el enemigo defiende el secreto de sus conocimientos y sus inconfesables propósitos en cada momento, no relajamos ni mucho menos podríamos permitir se desmontasen las que protegen nuestros derechos, nuestra libertad e independencia colectiva y la sagrada tranquilidad de nuestros campos, de nuestras ciudades y de nuestros hogares. A la sombra de invocaciones altisonantes, con frecuencia puramente tópicas, se pretende introducir en nuestra sociedad la inquietud por viejos conceptos trasnochados, observándose quienes consciente o inconscientemente se dejan arrastrar por el mimetismo de lo que fuera ven, sin analizar el daño que con ello sufren y que, de aceptarse, llegaría a poner en peligro grave la persistencia de la libertad misma.

La libertad nos ha sido dada y ha de ser tutelada en función de fines más altos. No hay libertad individual ni política sino dentro de un orden de seguridad social, nacional e internacional. No protegeríamos debidamente la sana libertad si a un falso concepto de ella sacrificásemos hasta las exigencias de la previsión y de la prudencia más elementales; máxime cuando es un hecho evidente, como ya hemos manifestado en su momento oportuno, que los principios de autoridad y disciplina acusan su eficacia y su positivo rendimiento dondequiera que tengan vigencia, aunque esta eficacia y este rendimiento, incluso, se registren en pueblos donde la autoridad se ejerce y la disciplina se mantiene inmoralmente y con fines que merecen la repulsa universal más contundente. Pero es, precisamente, este hecho, del que existen resultados muy recientes, una prueba más de que la actitud española ante la problemática real de nuestro tiempo, que reiteradamente hemos expuesto y a costa de tantas incomprensiones y sacrificios de nuestro pueblo mantenido, era realmente válida desde el punto de vista de la lógica y absolutamente necesaria desde el de un saludable realismo político.

Si de la esfera internacional nos replegamos nuevamente al ámbito nacional, la congruencia de nuestros ejes de marcha se presenta igualmente diáfana. En pocas etapas de la vida española fué tan necesario ese saludable realismo político como en la nuestra, en la que nos ha correspondido recuperar, defender y robustecer los sagrados destinos de España, porque al mismo tiempo que teníamos que devolver a la Patria el rango internacional que por imperativos de un sistema político y de la incuria de sus núcleos rectores habíamos perdido, hemos tenido que reconquistar su economía desde los cimientos, esforzándonos para que fueran posible, primero, las condiciones mínimas de pervivencia y, luego, la creación de las posibilidades que nos permitan una progresiva elevación del nivel de vida mediante la revaloración y racionalización de nuestra agricultura, la implantación de las bases indispensables para nuestra expansión industrial, la formación de equipos técnicos en sus distintas esferas para el montaje, lanzamiento y desarrollo de estas inaplazables tareas, sobre cuya necesidad no existían no ya ideas claras, sino muchas veces ni siquiera una conciencia nacional. Nos fué preciso cubrir las urgencias más inmediatas y perentorias, a la par que ordenábamos el acarreo de los medios imprescindibles, siempre de un volumen extraordinario, para poner en marcha los planes de largo alcance, si no queríamos condenar al país a seguir caminando fatalmente con un retraso de medio siglo con relación a los otros.

Liberar al país y a los españoles de la condena que parecía gravitar inexorablemente sobre su alma y sobre sus espaldas; reconquistar su arquitectura económica y social; poner en pie su voluntad y su conciencia nacional; elevar su nivel de vida en lo personal, en lo familiar y en lo comunitario, y adecuar un orden jurídico internacional a las exigencias de la hora actual y de cara a los tiempos futuros, no ha sido fruto de la improvisación y necesita de la vigencia permanente y estable del Movimiento que fundamos, integrando en unidad de doctrina, jefatura y disciplina a todas las fuerzas y energías políticas, sociales, auténticamente enraizadas en la entraña de lo nacional y de lo católico.

Ahí estaban los problemas básicos y vitales, y en ellos ponemos todos los días, con el mismo amor permanente e inquebrantable que religa de por vida , en el matrimonio, el esfuerzo de nuestros brazos, la dedicación de nuestra. inteligencia y la consagración, jurada ante Dios y los Caídos por España, de nuestra fidelidad. Cabe, pues, afirmar rotundamente que la legitimidad del futuro radica en la aceptación leal y en el servicio sin reservas a lo que ya es presente como empresa, como realidad operante institucional. Nuestro futuro está en nuestro presente. Condicionar la estimación y el juicio sobre nuestro sistema político, provocando artificiosamente una preocupación por lo que ya tiene sus cauces normales y orgánicos, establecidos y refrendados por la Nación, sería esterilizar la fecundidad de una obra en franco desarrollo y continuo perfeccionamiento, servir a bajas pasiones y turbias posturas interesadas, a planteamiento de conceptos anacrónicos cuando no a impuras ambiciones. La legitimidad jurídica y ante la Historia; ante el pasado, ante las generaciones actuales y las que nos sucedan -que todas ellas forman la Patria-, quedaría así invalidada automáticamente, inevitablemente y con nefastas consecuencias. Actuar fuera de estos cánones representaría la negación de la continuidad, el quebrantamiento de la unidad, propiciar la irrupción violenta de los grupos y de los partidismos, resucitar los hábitos de la vieja política y renunciar a continuar creando tradición.

Ningún sistema estimable se registra en el sentir y en el conjunto de ideas que presiden y nutren el cuerpo social de España. Todo lo que en este orden pueda acusarse es puramente residual y parasitario, hasta tal punto que la salud espiritual de nuestro pueblo lo reabsorbe o expulsa, como todo organismo con suficiente vitalidad reabsorbe o expulsa las pequeñas cantidades de toxinas sin alteraciones de su temperatura normal. Que la temperatura española es normal y que su biología ha acumulado en estos veintiún años reservas importantes y un sentir de afanes de progreso y de capacidad de reacción a sus resortes espirituales, es innegable. Esta conjunción de elementos positivos, tanto en el Movimiento, en las instituciones y órganos ejecutivos de nuestro sistema político como en los órganos específicamente sociales, es, sin duda alguna, un fenómeno del más alto valor y de la más grande importancia. Ello permite que pueblo y Gobierno puedan dialogar a través de los cauces naturales de comunicación -hemos de destacar a este propósito, con la labor de las Cortes, la de la Organización Sindical- sin considerarse partes beligerantes, antes al contrario, como partes igualmente interesadas en el hallazgo de las soluciones oportunas para los problemas que tanto son propios de quienes ejercen funciones públicas como de toda la sociedad.

Es el momento español de ahora de gran fortuna y de inmensas posibilidades que queremos y debemos aprovechar. En el quehacer de la colonización interior y de reconstrucción de nuestra base económica hemos cubierto las más duras e ingratas etapas. Cada paso hacia adelante en este terreno supone una potenciación de los recursos para las sucesivas, y estamos llegando al punto donde están a nuestro alcance las acciones grandiosas y rápidas de objetivos más amplios que todo lo que hemos podido proponernos hasta ahora. Una clara conciencia de la plétora de energías que caracteriza el momento español de hoy exige que nos propongamos grandes metas a la altura de ese caudal energético. No queremos conformarnos con indicios, con realizaciones simbólicas ejemplares y con salpicaduras que maticen el solar de nuestro territorio, sino que aspiramos a acciones de raíz en profundidad y a acciones que abarquen nuestra geografía entera, por lo que a la amplitud se refiere.

El número y la diversidad de los problemas sociales, de legitimidad innegable, está pidiendo una solución unitaria y progresiva de sistemas a los que hemos de reservar todos nuestros desvelos. Esa solución, una vez conquistada, nos dará la ejemplaridad de una nueva forma de hegemonía en el dominio moral y de las instituciones. Bien merecerá, por tanto, que cuantos se sientan llamados a estas preocupaciones las mantengan y profundicen en ellas con la seguridad de servir a su Patria de la mejor manera.

Frente a los agoreros, que llevan veinte años equivocándose, se alzan irrefutables la fe, la esperanza y el trabajo de los españoles que cada día acrecemos con nuestros esfuerzos el patrimonio de la Patria, dispuestos en el próximo año de 1958 a movilizar todas las inteligencias, los recursos, los medios técnicos privados y públicos y el impulso de nuestra Revolución en torno al propósito firme de que la totalidad e integridad de bienes y posibilidades materiales que componen el saldo favorable de nuestro haber nacional reviertan progresiva y equitativamente sobre todos los españoles.

No podríamos cerrar esta oración sin centrar en su verdadera dimensión ante los españoles el hecho insólito de la agresión armada a Sidi Ifni, que en este último mes ha sido ocasión para poner de manifiesto la robusta salud de España, y que tanto ha pesado en el espíritu sereno y ejemplar de nuestro pueblo.

Fieles a nuestros compromisos internacionales y a la misión que se nos había encomendado en tierras de Marruecos, no regateamos jamás ni nuestra sangre ni los sacrificios económicos de la Nación para someter a la autoridad del Sultán extensos territorios que secularmente habían permanecido alejados y fuera de su autoridad, liberando al país de sus luchas intestinas y de la anarquía. Desde los primeros momentos pusimos a contribución todos los medios para crear una cultura, establecer una economía, dotarla de la conveniente red de comunicaciones, de un ordenamiento y de unas instituciones jurídicas que pudieran en su día constituir la estructura para entrar con garantías de estabilidad y de orden en el uso completo de su independencia. Nuestra identificación con los indígenas fué tan íntima y fraternal, y tan noble y generosa nuestra administración., que en pocos años la un día mísera zona a nosotros confiada se convirtió en un oasis de paz y de progreso. En todas las crisis que Europa y España sufrieron en los últimos veinte años, cuando las dificultades y .la escasez alcanzaban a todos los pueblos, España dedicó su esfuerzo y estableció su preferencia para que nada faltase al pueblo marroquí confiado a su cuidado, e incluso en las tristezas y dolores por que tuvieron que pasar en los últimos años, España permaneció a su lado con fraternidad y lealtad inigualadas. Y cuando, por causas a nosotros ajenas, se precipitó el momento de la independencia, la reconocimos lealmente, con la elegancia que España sabe poner en el cumplimiento de sus deberes.

Por todo el territorio quedaban las muestras de la siembra de casi medio siglo de vida en común. Las gestas heroicas y la sangre vertida juntos por españoles e indígenas en los años de imposición de la autoridad, la honesta y ejemplar administración de nuestros interventores, la abnegación de nuestros servicios sanitarios, unas Mehalas y unas fuerzas regulares indígenas adiestradas y disciplinadas por la proyección de las virtudes y de la ciencia de nuestra oficialidad sobre sus hombres, que en gran parte habrían de integrar las nuevas unidades del Ejército Real. Allí quedaban, por añadidura, más de doscientos mil españoles dedicados a sus empresas, a sus actividades comerciales, a sus distintas profesiones, trabajando, en definitiva, para la prosperidad de Marruecos, país al que todo le dimos y al que, a cambio de nuestra sincera amistad, sólo pedíamos la correspondencia de la suya.

Pero a esta conducta, ampliamente reconocida por todos, y muy particularmente por el mismo pueblo marroquí y sus gobernantes, no correspondió la lealtad obligada de una parte de sus hombres políticos, ya que desde los primeros tiempos hemos venido sufriendo las campañas insidiosas y demagógicas de los partidos extremistas, bajo la artificiosa bandera de una ambición imperialista reivindicatoria entre media África de nuestras posesiones seculares, que fomentada por el extranjero, constituyó bandas armadas irregulares que tenían como fin principal mediatizar la autoridad real, encender la infiltración y alteración de la paz en los territorios vecinos y que forzosamente había de terminar en la agresión armada y alevosa a nuestro territorio de Ifni. Territorio de Soberanía española reconocido por los Tratados internacionales concertados con los Sultanes y asentada con el reconocimiento explícito y unánime de sus habitantes. No se trataba de una situación territorial nueva creada por nuestro Régimen, sino de una situación anterior y de derechos históricos indiscutibles. La respuesta no podía ser más que una, la que corresponde a un pueblo digno y viril que se siente atacado: rechazar con toda energía la agresión de que había sido objeto y exigir del Gobierno marroquí el cumplimiento de los Tratados internacionales, que el propio Gobierno de Rabat se comprometió a respetar, y que imponga su autoridad y el orden en los territorios vecinos a los de nuestra Soberanía.

Las fuerzas militares de nuestros Ejércitos de Tierra, Mar y Aire han cumplido su misión con el espíritu y el heroísmo de quienes saben que la defensa de la soberanía nacional constituye su gloria y su nobilísima servidumbre.

El pueblo español en su totalidad, con serenidad responsable, con la cordura de un país en plenitud de sus facultades, con la firme tranquilidad de quien se siente gobernado con lealtad a sus intereses y a su honor, tensa sus nervios, mantiene clara su cabeza y espera, unido fervorosamente a sus Ejércitos, que la justicia se restablezca.

Importa tanto o más que a España a la nación marroquí que esto se repare, pues cuando un atentado de esta naturaleza tiene lugar contra el derecho de los otros y se registra una subversión de funciones, se está barrenando y está en juego el acatamiento al poder de derecho, peligra la efectividad real del Estado y hasta la existencia misma de ese pueblo como comunidad política verdaderamente soberana.

Yo pediría al pueblo español que no se deje llevar por las reacciones naturales ante la alevosa agresión sufrida, y teniendo en cuenta que el pueblo marroquí es un pueblo sencillo y noble que repugna la deslealtad y la traición, y que nada tiene que ver con esas bandas irregulares armadas que, en servicio del extranjero, unos aventureros de la política propulsan, con perjuicio y descrédito para la propia nación, no liquide el afecto fraternal nacido en una convivencia leal tan dilatada. No quedan tan lejos aquellos días en que un contingente importante de marroquíes luchó en este solar español en defensa de la civilización occidental.

España y Marruecos, colocados por la mano de Dios en una misma área geográfica del Mediterráneo occidental y de la región atlántica, están llamados a entenderse por la naturaleza. Nuestra Nación, por su ubicación en el espolón de Europa que bajo las aguas del Estrecho se une con el Continente africano, y por la del Archipiélago canario, en la proximidad de su costa atlántica y de nuestro Sahara, cae sobre nosotros la responsabilidad histórica de constituir el centinela avanzado de esta área geográfica que, si trascendente para el Occidente, es vital para nuestra Nación.

Hemos de insistir, como os decía ahora hace exactamente un año, en que el hecho de que los territorios norteafricanos constituyan la espalda de Europa les da un valor y trascendencia que no puede desconocerse. De ahí los propósitos de los agentes soviéticos de penetrar en esas zonas a caballo de los ultranacionalismos exacerbados que encienden la guerra e intentan minar y destruir la armonía y comprensión entre nuestros pueblos, hemos señalado en muchas, ocasiones que no existe contraposición entre los intereses legítimos norteafricanos y los del Occidente. La suerte del Norte de África está estrechamente unida a la que corra Europa; las ventajas y los beneficios de la asociación son mutuos; sin embargo, los errores que puedan cometerse en esos puntos neurálgicos pudieran engendrar consecuencias irreparables, Por eso los españoles, conscientes del realismo de estas previsiones, que constituyen la línea central de nuestra política sirven a su Patria como a la causa del Occidente, del bien y de la razón, al regar con su sangre, en defensa de sus derechos frente a las bandas armadas, las tierras de Sidi Ifni. La sangre que intencionadamente hicieron derramar pesará como una :maldición sobre las conciencias de los que llevaron la guerra y la desolación a aquellos campos de paz.

En la evolución del mundo actual ya no caben para los pueblos las posiciones cómodas ni el aislamiento egoísta. Si la guerra se encendiese, no conocería límites. Ninguna nación colocada en su área dejaría de ser alcanzada. La guerra futura seguramente aniquilará y destruirá la vida en grandes sectores de la tierra. La mejor y única manera de evitarla es hacerla imposible, poniendo cada nación los medios para que no pueda jugar con ventaja el adversario. Que sepa que la destrucción que encienda constituirá su propia destrucción.

Esta descabellada aventura de la agresión armada contra Sidi Ifni ha ofrecido nueva ocasión para que se pusieran de relieve las virtudes de nuestros Ejércitos y el caudal de generosidad de nuestras juventudes, desde las universitarias a las artesanas y campesinas, que se mantienen al máximo nivel. Todos se han batido con heroísmo en Sidi Ifni. Honor a los muertos y a los que, lejos de sus hogares y en esta noche en la que las familias españolas se reúnen en torno a los que son tronco y cabeza de estirpe para conmemorar el nacimiento de Dios hecho hombre, montan la guardia a nuestra Bandera. Para ellos el mensaje más cálido de su Generalísimo y Jefe de Estado, y para todos la seguridad de que nada puede ni podrá debilitar mi voluntad de servicio íntegro, total, mientras el Todopoderoso me conceda vida, a la prosperidad, a la tranquilidad y a la grandeza de España.

¡Arriba España!


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© Generalísimo Francisco Franco. Noviembre 2.003 - 2.012. - España -

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