La Proclamación de la II República:14 de Abril de 1934.


El diario republicano "El Pueblo"

El diario republicano de Valencia El Pueblo, fundado en 1891 por el novelista Vicente Blasco Ibáñez, publicaba en su número 13.396 correspondiente al martes 14 de abril de 1931, el triunfo de la República sobre la Monarquía. En la portada, y con grandes caracteres, ponía: ¡Señores viajeros, al tren! ¡Qué oiga quién debe oír! La nación española, ha preguntado: ¿República o monarquía? El pueblo ha contestado unánimemente: ¡República! Cúmplase su voluntad y ¡ay de aquél que quiera quebrantarla!.

A continuación y bajo el título “¡Viva la república española!”, se podía leer el siguiente artículo:

“Si hay veces en la vida en que un hombre puede sentirse hondamente satisfecho y conmovido de su propia obra, ninguna más apropiada que la presente para hacer resaltar la algazara que nos estremece el alma ante el espectáculo que la España antimonárquica acaba de ofrecer. Hablamos así, considerándonos como uno de tantos, de los modestos, que han esgrimido cual arma justiciera y revolucionaria la blanca papeleta depositada en las entrañas de las urnas, con la misma ira que lo hubiéramos hecho en el corazón de la tiranía que nos tiene esclavizados. Hemos dicho más de una vez que las elecciones verificadas el domingo tenían un afirmado carácter plebiscitario. El problema que se planteaba en los comicios no era de nombres ni de actas; era sencillamente el de República o de monarquía. Para aquellos elementos que se titulan de orden y que sólo son unos mercenarios defensores del régimen actual y que continuamente han dicho que únicamente dentro de la legalidad debiera manifestarse la voluntad del pueblo, hemos de contestarles que, en efecto, esta voluntad se ha manifestado conforme ellos desearan. El procedimiento no puede ser más ‘legalista’ ni más perfectamente desarrollado con arreglo a las normas apetecidas por esos elementos. El pensamiento del pueblo se ha manifestado de un modo que no deja lugar a dudas. El pueblo quiere la República. El pueblo la ha de conseguir sea como fuere; dentro de los cauces evolutivos, cosa que por no decir imposible es casi de todo punto difícil, o por un movimiento convulsivo dignamente revolucionario, que dé una satisfacción a los incontables atropellos que los españoles hemos sufrido desde tiempo inmemorial.

El triunfo franca y virilmente antimonárquico que hoy celebra España entera, ha de obrar inmediatamente como una catapulta que derroque a su enemigo secular, que representa todos los oprobios realizados de una manera inconcebible e impune hasta el día de hoy. Afortunadamente, ha llegado la hora de la justicia. Todos los pueblos, aún aquellos que como el nuestro se sintieron profundamente tiranizados, tiene un momento en su historia en que se presenta la magnífica realidad de una aurora de redención. España va a ser libre de sus obstáculos tradicionales dentro quizás de unas horas. Para sostener esos obstáculos, se ha apelado a todos los medios imaginables. Ha sido tanto en impudor de los tiranos, que aún siendo de todos conocidas sus inclinaciones fernandinas, se llegó a halagar a quienes patrióticamente se erigían en portavoces de la revolución. Aún ahora en que está todo ya solucionado, en estos momentos en que se ha manifestado de una manera que no deja lugar a dudas la conciencia del país, francamente republicana, germina en ciertas testas la diabólica idea de intentar otro golpe dictatorial trágico, francamente represivo, para acallar con las armas los estallidos de nuestro clamor de patriotas.

Vano es el intento. Ni halagos ni amenazas; ni con la utilización de todos los medios guerreros que la nación paga para su defensa contra amenazas extranjeras y que se piensa utilizar para ametrallar y dar muerte a los integrantes de esa misma nación, se puede evitar ya que la República sea instaurada en España. Se ha dicho, cosa que nos resistimos a creer, que don Alfonso, ante la evidencia de la realidad está decidido a abdicar abandonando inmediatamente esta tierra. Esto, en un principio, sería una demostración comprensiva de lo que las circunstancias imponen a los hombres por altos que están emplazados. Don Amadeo de Saboya, a quien la historia conoce con el nombre del Rey Caballero, a pesar de que la voluntad nacional no se le mostró unánimemente hostil, tuvo el gesto de abandonar el cetro, porque no quería ensangrentar un pueblo en el que no había nacido y al que sólo le ligaban unos vínculos afectivos. Por eso en España se conserva su recuerdo con todo el respeto que pueda merecer un rey que no se distinguió jamás por sus inclinaciones guerreras, por sus ansias de conquista ni por sus represiones trágicas.

Todo aquel que no sea absolutamente ignaro o malvado, no tiene más remedio que convencerse de que le ha llegado a España el momento anhelado: el de la implantación del Gobierno del pueblo por el pueblo. Ya está demostrado. No cabe vacilación. Hay que someterse al mandato imperativo de la voluntad nacional. Pero junto a estas manifestaciones de elementalísimo derecho, hay que hacer una nueva afirmación de lo que la República significa. Su esencia, la constituye la moralidad. Aquellos que piensen que en nombre de la revolución han de laborar por los burdos apetitos propios, están completamente equivocados. La justicia republicana ha de ser inexorable y aun quebrantando uno de sus primeros postulados, la supresión de pena de muerte, dará una sensación inmediata y ejemplar a quienes intenten envilecerla. El lema magnífico y clásico de nuestros gloriosos ascendientes “pena de muerte al ladrón” y “quien robe un alfiler le será clavado en la lengua”, va a lograr una supervivencia efectiva en estos momentos. Los defensores del nuevo régimen, que tantas lágrimas, tanta sangre, tantos sacrificios ha costado, nos hemos de convertir en sus más fieles guardianes para que no se altere su altísima finalidad. Queremos que la República sea una garantía de paz, de progreso y de bienestar. Seremos inflexibles con aquellos que, pertenecientes al sector político o social que fuere, atenten contra la disciplina y contra el honor de la República española. Bien poco o nada supondría un cambio de régimen si tolerásemos que reviviese la orgía monárquica en los estados republicanos. Nada de eso; en nombre de la libertad, no hemos de tolerar que se cometa ninguna transgresión legal que pugne con la ideología de nuestro programa. Pierden el tiempo quienes sostienen de una manera vil que la revolución que nosotros propugnamos, significa el desorden, el caos, la ruina y el desbarajuste social. ¡Bien aviados van aquellos que así hablan y los insensatos que puedan creer en aquello de “a río revuelto”!...

La República española ha de ser tolerante; es más: ha de favorecer la expansión de todas las ideas honradamente sentidas, sin reparar en radicalismos ni en el alcance hasta utópico que puedan revestir. Pero hay que repetirlo: no tolerará que se atente contra ella con habilidades ni con los clásicos procedimientos utilizados por la reacción y que tan dolorosamente lamentamos, porque ellos fueron los que derribaron la primera República española, que si pecó de algo, fue de exceso de bondad para combatir a sus criminales enemigos y detractores. A nadie ha de extrañar, pues, que nosotros hablemos como si efectivamente la República se hubiera ya establecido en España. Procedemos así, porque con toda lealtad, sin apasionamientos, abrigamos la firmísima creencia de que falta muy poco para que podamos, al fin, echar al vuelo las campanas de nuestro entusiasmo y de entonar un hosanna enardecido ante la consecución de lo que ha constituido el amor de nuestros amores y la esencia de nuestra vida material y política.

A estas horas ignoramos cómo nuestros enemigos van a cohonestar esta legítima y espiritual “marcha sobre Madrid” que los republicanos hemos iniciado a partir de los escrutinios de la batalla que hemos dado en los comicios. Con censos amañados; con la constante y arbitraria apelación a todas las monstruosidades puestas en juego por los monárquicos; con las coacciones intolerables que se han desplegado sobre los electores; con el abuso más intolerable aún de la fuerza pública, puesta al servicio de la reacción para acallar de un modo medieval las nobles expansiones del pueblo español; con el derroche abrumador del dinero;  con toda suerte, en fin, de repugnantes procedimientos empleados, no se ha podido evitar que España haya dicho su última palabra: ¡República! ¿Habrá alguien aún que intente detener la voluntad tan honrada y firmemente manifestada por el pueblo español? No lo podemos creer. No debe haber un solo español, sea cualquiera la situación social, política o histórica que ocupe, que esté interesado en desatar una guerra civil de la que al cabo habría de salir triunfante esta misma finalidad: la República

¡Ay de aquel que así proceda o que así lo intente! Sobre él caerá la sanción de la historia y la de la justicia del pueblo.

¡Viva la República!"

© Generalísimo Francisco Franco 2005.


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