- CRÓNICA  de la MUERTE del GENERALÍSIMO FRANCISCO FRANCO -

Por el doctor Vicente Pozuelo Escudero, médico del Generalísimo.

 

    Sin perder un solo minuto, acongojados, transmitimos la orden a la familia, al presidente del Gobierno y a los jefes de las Casas Civil y Militar. No había sido Franco demasiado explícito, pero enérgicamente afirmaba la voluntad de su inapelable decisión. El artículo 11 de la Ley Orgánica del Estado establecía que, en caso de la enfermedad del Jefe del Estado, asumiría sus funciones el heredero de la Corona. Aquel mismo día 30 de octubre, el Consejo de Minis- tros se reunió en el palacio de la Zarzuela. Mientras tanto, Franco continuaba igual, el proceso trombótico persistía y también, por tanto, la gravedad.

    El sábado recibimos el análisis del líquido ascítico; era claramente inflamatorio, lo que significaba que el Caudillo padecía una peritonitis. La situación resultaba ya angustiosa. Nosotros, como tal equipo médico, no podíamos sustraemos al ambiente de tensión agudísima que se respiraba en El Pardo. Algunos insistían en que se debía practicar una laparatomía exploratoria; otros se inclinaban por mantener un tratamiento intensivo con antibióticos y realizar transfusiones periódicas. Se pretendía efectuar un tratamiento conservador que era el que, normalmente, se hacía cuando en un enfermo de esa edad se presentaban episodios hemorrágicos gastroduodenales. Pero no podíamos, de ninguna forma, detener la hemorragia y, además, aumentaba la ascitis. A las tres de la madrugada del día 2, la gastrorragia es tremenda. Duerme mal, está muy nervioso y sangra después todo el día. Estábamos realmente alarmados al pensar que una agudización hemorrágica significaría el fin. Aún consciente, se dirige a la enfermera y afirma:

         - Me encuentro mal.

    Es realmente penoso verle en este estado. Por la tarde comienza a bostezar, la palidez se acentúa, tiene dolor interescapular y la hemorragia es ya masiva. Por la sonda sale sangre roja. Alrededor de su cama, nos encontramos la Señora, las enfermeras, los ayudas de cámara... De pronto, cuando estamos intentando extraer sangre por la sonda, me doy cuenta de que el Generalísimo está cianótico y, rápidamente, pienso que entre la sonda y la faringe existe un coágulo. Tiro de la sonda, y con la mano, extraigo de su faringe un coágulo tan grande como un puño. 

    El momento es dramático. Él me mira angustiado, sin apenas poder articular una sola palabra. Noto que me quiere decir algo.

    Me acerco:

          -¡Qué duro es esto, doctor! -me dice.

    Le limpiamos rápidamente y cuando una enfermera intenta introducir de nuevo la sonda nos dice:

          -Déjenme ya.

    Salí de la habitación con un nudo en la garganta. Apenas me podía mantener en pie. Decido plantear la situación a la familia:

          -Tal y como Su Excelencia se encuentra en este momento, se puede morir por hemorragia

         aguda. Hay un vaso roto, un vaso importante.

    Otro miembro del equipo añade:

         -Si no realizamos un tratamiento más agresivo, Su Excelencia puede morir en cuestión de

          minutos, porque este coágulo que acaba de extraerle el doctor Pozuelo significa que el vaso 

          es muy grande y que sangra continuamente.

    La familia dice que se haga lo que nosotros pensemos que es más conveniente.

    Entonces se produce un intervalo de duda. No hay tiempo para trasladarle a una clínica. Se acuerda, pues, utilizar el botiquín del Regimiento de la Guardia, que debe convertirse en quirófano inmediatamente. Llega el doctor Hidalgo Huerta, que acudía a la consulta como continuador del primer equipo que le atendió tras la primera enfermedad. Hablamos con el presidente del Gobierno, con los jefes de las Casas Civil y Militar, con los ayudantes... Todos se dirigen al Regimiento. En una habitación contigua al botiquín se quedan los políticos. Está también el Príncipe de España. En otro lugar se reúnen los médicos. La familia aguarda en el palacio.

    El profesor Hidalgo ordena que le traigan material quirúrgico de su hospital. Acuden también su enfermera y la monja de quirófano. Damos la orden de que el Regimiento entero permanezca a oscuras; hay que potenciar toda la luz posible en el quirófano. Se oye el silencio. El Regimiento entero está levantado; el equipo dispuesto, pero entonces surge una pequeña discrepancia entre miembros del equipo médico. Hay un sector que opina que no se debe intervenir. Alguien se adelanta, se dirige al grupo que no es partidario de la operación y reflexiona en voz alta:

          -Si el paciente fuera vuestro padre y supierais que estaba sangrando por un vaso grande y

          que la única solución posible era cerrar el vaso, ¿qué haríais?

    Nadie discrepó más; el argumento era definitivo. Decidimos no perder ni un minuto.

    Seguimos a Hidalgo al quirófano los doctores Cabrero, Artero, Alonso Castrillo, Vital Aza, Señor de Uría, Llauradó y la anestesista María Paz Sánchez: Cuando Hidalgo se hubo lavado, dijo:

          -Yo opero si vosotros decís que opere. Pero, de ninguna forma, cargo solo con la

          responsabilidad.

    Se dirigió a mí para indicarme:

          -Tú eres el médico de cabecera.

    Vital Aza me apoyó. No había otra solución; lo demás era condenarle a muerte.

    Todo esto sucedía a las nueve y media de la noche. Hidalgo comenzó la intervención: el estómago aparecía muy dilatado, y al abrirlo encontró que estaba lleno de coágulos y con una úlcera sangrante en el fundus. La úlcera interesaba la arteria gastroepiloica izquierda y era responsable del cuadro hemorrágico. Se suturó el vaso y se comprobó que cesaba la hemorragia. Los cardiólogos, mientras tanto, observaban las esporádicas alteraciones electrocardiográficas severas que se iban produciendo en el curso de la intervención. A las doce y media terminó todo. Aquella angustia feroz había durado tres horas. Veinticuatro especialistas estaban en la habitación cercana al quirófano. Veinticuatro médicos que habían seguido el hondo dramatismo de aquella jornada.

    Cuando Franco superó aquella intervención, algunos -yo quizás el que más- sentimos una gran sensación de alivio, un descargo para nuestra conciencia porque, no en vano, habíamos insistido en que se operara. Vital Aza, Llauradó y yo fuimos los primeros responsables de que se siguiera esa pauta y éramos, naturalmente, los más preocupados.

    En la habitación de Su Excelencia teníamos montada una Unidad de Vigilancia Intensiva. A las tres de la mañana descansaba y, según parecía, cursaba un postoperatorio sin complicaciones.

    Después de aquella fecha, entramos en un pequeño periodo de relativa calma. Franco se recuperaba, tenía sus constantes normales y, aunque en ningún momento se entreabrió una ventana para el optimismo, la verdad es que el ambiente estaba más relajado. Pero el día 5 observamos que se había elevado notablemente la uremia y decidimos dializar al enfermo. De nuevo volvió el temor, temor que se hizo más agudo cuando, al intentar movilizar el intestino, hicimos un enema, y encontramos otra vez coágulos y heces negras. El estómago comenzaba de nuevo a sangrar, estaba sangrando en aquellos momentos. Nos reunimos todos los miembros del equipo y dije:

          -No podemos correr el riesgo de que se tenga que practicar una nueva intervención en las 

          mismas condiciones en que se ha efectuado la primera. En mi opinión, hay que trasladar al

          Generalísimo a un centro donde tengamos un quirófano dispuesto, equipos de recuperación   

          y 10 necesario para una buena asistencia.

    Todos estuvieron de acuerdo y me comisionaron para que avisara al doctor Martínez Estrada. Este me dijo que en cualquier momento podíamos ingresar a Su Excelencia.

    Juzgué absolutamente imprescindible entonces, informar a Franco del traslado; pasé a su dormitorio y, después de decírselo, me contestó emocionadamente:

          -No me deje.

    Un instante después me repitió:

          -No me deje.

    No pude responder una sola palabra, debido a la emoción. Pasaron algunos segundos y, haciendo un supremo esfuerzo para que no notara mi estado de ánimo, le dije:

          -Estaré a su lado hasta el final.

    No dio tiempo a hacer un traslado tranquilo a la Ciudad Sanitaria La Paz. Otra vez se trataba de una cuestión de vida o muerte. La urea había subido; la ascitis estaba infectada por entrobacter y clostrydium; le teníamos transfundido porque constantemente perdía sangre; la sonda estaba permanentemente colocada... Era una situación que parecía límite. La gastrorragia no cesaba. Tomamos la decisión de ir rápidamente a La Paz y, sin pasar por la habitación, le llevamos directamente al quirófano. Habían transcurrido solamente tres días desde la primera intervención. Eran las cuatro de la tarde y las gentes se agolpaban delante de la fachada de la Residencia. Los periodistas esperaban a que les dejaran entrar, sentados en las escalinatas; eran más de doscientos. Toda España aguardaba la menor noticia.

    Nuevamente comenzó a operar el profesor Hidalgo, esta vez ayudado por los doctores Serrano, Cabrero y Artero. La anestesia estaba a cargo de Llauradó y Francisco Fernández. La operación duró cuatro horas y media. Un equipo de donantes voluntarios de sangre, escogido entre el personal de las Casas, esperaba por si era necesaria su colaboración. A aquella lista quisieron incorporarse muchas personas, pero por unas u otras causas no pudo ser. Formaban par- te de ella: Juan Cobos, Juan Muñiz, Maribel Fernández, Daniel Terán, Policarpo Mestres, Mariano Mañeru, Antonio Galbis, Aurelia Sierra, Mercedes Pardo, Remedios Rodríguez, José Prieto, Alejandro Rodríguez, Ruperto Zamorano y Vicente Pozuelo. En aquella operación se transfundieron seis litros y seiscientos gramos de sangre.

    Hidalgo realizó una resección subtotal, una eliminación de una gran parte del estómago, lo que los cirujanos llaman un «Billroth 1 », en homenaje al primer especialista que practicó esta técnica. Era una intervención apropiada, pero que tenía riesgos presumibles, como la superación de los efectos anestésicos y las complicaciones renales.

    Pero el Caudillo de nuevo pudo superar aquel postoperatorio que se creía difícil. A las siete de la mañana del día siguiente se encontraba bastante bien, las constantes eran normales y la evolución no tenía problemas. Le sometimos a otra diálisis peritoneal y recuperó la conciencia. Los dolores, sin embargo, eran fuertes y constantes, y tratamos de calmarlos con Valium.

    Desde aquel día ya no firmábamos los partes con los nombres de todos los especialistas que se habían integrado, sino «el equipo médico habitual». Evitábamos así no sólo un fárrago de nombres, uno detrás de otro, sino que en un parte se olvidara algún apellido. Era ésta una medida de amplia cautela, y se trataba, asimismo, de impedir que pudiesen interpretarse protagonismos, que no existían.

    Todos los médicos del equipo decidimos mantener al Generalísimo constantemente sedado, aunque esta medida supusiera una pérdida parcial de conciencia. Para hacer esto no consultamos a ningún político; no hacía falta. El Príncipe era Jefe de Estado en funciones y Franco no tenía que tomar ninguna decisión política. No se que- jaba; abría simplemente los ojos y buscaba a las personas de su confianza: a Juanito, a las enfermeras, a Zamorano, a mí... Nos miraba, hacía un gesto de resignación y volvía a cerrarlos.

    El tubo de la respiración asistida le producía algunas molestias, pero hasta el día 9 lo toleró muy bien. De pronto le notamos nervioso; nos hacía alguna seña que al principio no entendimos, pero nos dimos cuenta en seguida de que no soportaba la intubación. No podíamos, sin embargo, retirarlo, porque el riesgo era muy grande.

    Dialogamos entre nosotros y, después de analizar los pros y los contras de aquella situación, pensamos que debía permanecer con él. Lina, la enfermera, tomó la mano al Caudillo y le dijo:

          -¿Me conoce? Si me conoce, apriete mi mano.

    La apretó.

          -¿ Soy una enfermera nueva?.

          -No -señaló-.

          -¿Soy Nani?

          -No.

          -¿Soy Alicia?

          -No.

          -¿Soy Lina?

    Franco hizo un signo inequívoco de que reconocía perfectamente a aquella mujer, abnegada y eficaz, que no se separaba un momento de su lado.

    A los pocos minutos llegó doña Carmen. Le pidió que abriera los ojos. El Generalísimo se encontraba totalmente despierto, pero no quiso abrirlos.

    Como me ocupaba en aquellos momentos de tomar- le el pulso, noté que se alteraba. De nuevo solicitó doña Carmen que abriera los ojos. Tampoco en esta ocasión lo hizo. Se marchó la familia y nos quedamos solos Juanito, Zamorano y yo. Abrió entonces los ojos; los tenía llenos de lágrimas.

    Juanito afirmó:

          -No se dan cuenta de que no quiere que le vean así.

    Nos volvimos a replantear al día siguiente el problema de la retirada del tubo. Él nos hacía señales de que realmente se encontraba muy molesto con él. Hicimos una prueba y notamos que podía respirar bien. Desde luego, su estado físico y psíquico había mejorado. Cuando me vio a la cabecera, y una vez que pudo hablar, me puso su mano sobre la bata y me repitió aquellas palabras que nunca podré olvidar:

         -No me deje...

    Debíamos realizar fisioterapia respiratoria y para ello necesitábamos levantarle, así que el día 12 le tuvimos una hora sentado. Había que ventilar las bases pulmonares para que no reaparecieran los síntomas de insuficiencia cardiorrespiratoria. Cuando se le levantó se encontraba consciente y se puso muy nervioso. Estaba ya incorporado en el momento en que entró el presidente Arias Navarro a verle. Desde que estaba en La Paz nunca le pudo ver sino desde la puerta. El Caudillo permanecía con los ojos cerrados; pero se dio cuenta de la visita. Creo que no le gustó. Estaba contraído y tenso. No quería que nadie, salvo el equipo médico y las personas de su confianza le vieran en aquella penosa situación. Los ministros nunca llegaron hasta la habitación. Se improvisó en La Paz una sala de autoridades para las que constantemente acudían a interesarse por la salud de Su Excelencia. El hall de La Paz era, realmente, un espectáculo. En algunas ocasiones me pareció deprimente. Bajábamos nosotros vestidos con pijama quirúrgico a redactar los partes, y nos encontrábamos con una gran aglomeración de periodistas que, literalmente, invadían aquella estancia, grande pero entonces insuficiente. Algún reportero se nos acercaba, pero lo cierto es que respetaban nuestro silencio. Estaban allí, cansados, agotados por la larga espera, días y días, tratando de conseguir alguna noticia que sirviera para «calzar» nuestros partes. Por las noches, aún permanecían muchos en vela. Según me enteré después, jugaban a las cartas y al ajedrez.

    En la madrugada del día 15, Franco comenzó de nuevo a sangrar. La hemorragia era masiva como en las ocasiones anteriores. Permanecíamos de guardia Hidalgo, Roldán, Llauradó, Fernández, Martínez Bordiú, Gómez Mantilla, Artero y el entonces director de La Paz, doctor José Luis Vallejo. Tenía hipotensión arterial e hipertensión venosa. El abdomen presentaba un aspecto abombado, tremen- do. Estábamos ante un cuadro de peritonitis gravísimo. Se planteó la precisión de intervenir quirúrgicamente y propuse que antes de operar se realizara una punción para conocer qué clase de líquido era aquel que prácticamente se podía tocar. Realizó la punción Cabrero. De pronto, por el catéter, comenzó a salir contenido intestinal. Si éste se hallaba en la cavidad peritoneal era señal inequívoca de que se habían abierto las suturas y por tanto no existía otro re- medio que cerrarlas, aunque supiéramos que la intervención estaba condenada al fracaso. La indicación era inmediata.

    Cabían pocas esperanzas. Todos éramos conscientes de ello. Nuestra decisión no podía ser, sin embargo otra. La tomamos en conciencia.

    Cuando le llevamos al quirófano tenía 8 y 4 de tensión. Hidalgo suturó las dehiscencias y situó drenajes externos de cavidad abdominal. La intervención duró dos horas y el enfermo la soportó aceptablemente. En las siguientes horas superó las primeras alteraciones y normalizó sus constantes, pero el pronóstico continuaba sien- do gravísimo. Seguíamos realizando dos diálisis diarias y la respiración era, naturalmente, asistida. Ya no tenía consciencia. El ambiente en La Paz era pesimista. Nadie se atrevía a marcharse del hospital porque se temía el desenlace en cualquier momento. Pasaron por allí doña Carmen, acompañada de su hermana Isabel Polo, el ministro Fernández de la Mora, el general Campano, Oriol, Mortes, Ruiz Jarabo, Allende,...

    Aproximadamente a las nueve llegaron los Príncipes. Les recibió Fernando Fuertes de Villavicencio. Me contaron que don Juan Carlos venía conduciendo su propio automóvil.

    El Príncipe me había dicho que le tuviera permanentemente informado. Cumpliendo sus expresas órdenes, a las siete y media y  desde el despacho de los ayudantes, le llamé al palacio de la Zarzuela. En la última parte de la conversación estuvo presente el ayudante Lens. Le dije al Príncipe la verdad:

          -Ésta es una situación muy mala.

          -Ésta es una situación muy mala:

          -¿Irreversible?.

          -A mi juicio entramos en una etapa terminal. No creo que exista posibilidad alguna de

           recuperación.

          -Pase lo que pase -me respondió-, infórmame al momento, por favor.

    Comenzaron también las complicaciones pulmonares detecta- das en las radiografías. Tenía un mínimo nivel de conciencia porque cuando se le preguntó si sufría algún dolor, señaló el abdomen y la garganta. El tubo continuaba molestándole. Pero ya no era posible retirarlo.

    Quisimos conocer si existía algún daño en el cerebro. El doctor Carbonellle practicó un nuevo electroencefalograma. No se objetivaron signos de anoxia cerebral. La respuesta a los estímulos era, por otra parte, normal.

    En los partes no ocultábamos nuestro pesimismo. A dos días de relativa calma en la que hasta pudimos dormir algunas horas, sucedieron, sin embargo, jornadas de mucha tensión. Iban a ser las últimas.

    Las visitas a la planta primera se habían prohibido terminantemente. Sólo podían subir los Príncipes, el presidente del Gobierno y la familia. Se pretendía con esta medida evitar molestias y, al tiempo, facilitar la recuperación de un periodista del diario Ya Juan Servet, que posteriormente fallecería. Era uno de los informadores que, desde el principio, habían seguido el curso de la enfermedad de Franco.

    Estábamos definitivamente nerviosos. Las discusiones menudeaban porque a alguien planteó la necesidad de dejar «morir tranquilo a este hombre». Se oyeron algunas voces. El momento era de enorme tensión.       Celebramos una consulta, me adelanté y dije:

          -Pido a todos calma, por favor. Necesitamos colaborar como hasta ahora lo hemos hecho

          para cumplir con nuestro deber.

    Un médico se quejó de que se habían filtrado informaciones sobre nuestras discusiones, sobre algún aspecto clínico de la enferme- dad. Nadie, naturalmente, se dio por aludido, pero decidimos que de ninguna manera podríamos tolerar noticias de este tipo: «Que nadie saque fuera de esta consulta una sola información», se dijo. Se recibían en aquellos días ofrecimientos de todas las clases; familias enteras donaban órganos. Yo apenas me relacionaba con el mundo exterior: sólo tenía el contacto telefónico con mi casa, con mi mujer. Estábamos todo el día vestidos con el pijama quirúrgico. Una tarde, cuando mi mujer vino con las piezas de ropa interior de recambio, me indicó que una persona le había ofrecido la posibilidad de que se sacara una fotografía al Generalísimo, en la cama, con un médico al lado. No existía límite de dinero para tal fotografía.

    Las hemorragias eran persistentes. Franco sangraba por la son- da duodenal y por el tubo de drenaje. Era una sangre roja. Transfundimos tres litros. Por los tubos había perdido más de uno. Pensamos que el intestino y el peritoneo estarían llenos de sangre.

    El día 18 continuaba la evolución hacia la muerte en medio de una angustia extraordinaria. Entró en hipotermia para tratar así de defenderle mejor. Se le colocó a treinta y tres grados, absolutamente inconsciente ya. La presión arterial estaba baja, alta la venosa y se observaba un gran abombamiento abdominal.

    Pasó muy mala noche. Costó mucho, muchísimo trabajo mantener las tensiones. El shock era evidente; un shock endotóxico por una peritonitis brutal, con enorme distensión abdominal. Hicimos todos los tratamientos que se nos ocurrían. A ninguno renunciamos. Pero todo era inútil. Franco no reaccionaba.

    A última hora de la tarde vino mi mujer. Estaba yo cansado, agotado, nervioso, hundido. La acompañaba una de mis colaboradoras, la doctora Navarro. Me dijeron que en Madrid se creía que el Generalísimo había muerto ya y que se ocultaba el hecho por razones políticas; que se hacían cábalas, acrósticos...

    Les aseguro que aún no está muerto, pero que todo es cuestión de horas.

    Cuando vuelvo a su lado, sé que son sus últimos minutos. No puedo contener la emoción. Rezo.

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