Editorial /Opinión.    


CONTRA LA REVISIÓN SELECTIVA DE LA HISTORIA

La obsesión por reescribir la historia y eliminar los vestigios del pasado es tan vieja como la humanidad. Hay precedentes en el antiguo Egipto de faraones que se afanaron en destruir las huellas de sus predecesores, borrando sus nombres de templos y obeliscos.

La retirada de la estatua de Franco en Madrid no va a hacer desaparecer 40 años de nuestra historia reciente ni va a devolver la vida a sus víctimas ni va a favorecer la concordia de los españoles. Simplemente va a molestar a una minoría de la sociedad española, ultrajada por este gesto completamente innecesario.

Rubalcaba argumentó ayer que los monumentos deben ser del agrado de todos los ciudadanos. Si ello es así, habría que desmontar el 90% de las estatuas en lugares públicos, empezando por las dedicadas a Colón que podrían incomodar a los inmigrantes latinoamericanos. O por la que se acaba de erigir en Bilbao al racista Sabino Arana.

Zapatero tuvo el mal gusto de comentar su decisión en la cena homenaje a Santiago Carrillo, a la que también asistió Fernández de la Vega. Había 365 días para retirar la estatua, pero el Ejecutivo eligió precisamente "esa noche inolvidable", en palabras de Victor Manuel. Puede que fuera una casualidad, como dijo ayer Fomento, pero ello resulta difícilmente creíble porque el traslado fue jaleado en la cena y porque parte de los asistentes se desplazó para disfrutar de este regalo de cumpleaños a Carrillo.

Es cierto que a la gran mayoría de los españoles -sobre todo, a los que no han cumplido los 40 años- les resulta indiferente este asunto. Pero ello no resta gravedad a un gesto que demuestra sectarismo y parcialidad a la hora de revisar nuestra historia, puesto que ya es historia la etapa del general Franco, fallecido hace 30 años.

El juicio del pasado hay que dejárselo a los historiadores y a cada ciudadano. Lo que un Gobierno democrático no puede hacer es dedicarse a una revisión selectiva de la historia, rememorando aquellos episodios que le favorecen o legitiman y enterrando los recuerdos molestos.

Si la izquierda y los republicanos se arrogan el derecho a retirar las estatuas de Franco y borrar el yugo y las flechas de las casas de protección social, la derecha podría exigir las responsabilidades de Santiago Carrillo en los asesinatos de Paracuellos o documentar la terrible represión en Barcelona cuando Companys, santificado por los nacionalistas catalanes, presidía la Generalitat.

Una muestra de esta actitud sectaría son las desafortunadas declaraciones de Gregorio Peces-Barba en el acto de Carrillo, donde calificó de "buenos" a los presentes y tachó de "malos" a los dirigentes del PP que estaban ausentes. Es la última metedura de pata del comisionado para las Víctimas del Terrorismo, que con estas palabras ofende otra vez a una parte del colectivo por el que debe velar. El rechazo que suscita hace su posición cada día más insostenible.

Otra muestra de este "talante" son las manifestaciones de Alvaro Cuesta, diputado del PSOE, en las que acusaba al PP de ser "amigo de los terroristas". Cuestatiene que rectificar al igual que lo hizo el senador del PP, Ignacio Cosidó, que incurrió en el despropósito de decir que Peces-Barba está más cerca de los terroristas que de las víctimas.

Esta escalada de declaraciones y gestos sólo puede servir para resucitar ese cainismo que ha caracterizado algunas fases de nuestra historia y que creíamos superado para siempre desde la Transición. Juega con fuego quien alimenta este monstruo que ya ha devorado a bastantes generaciones de españoles.

® El Mundo. 18 de Marzo de 2.005.-

© Generalísimo Francisco Franco. 18 de Marzo de 2.005.

 


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