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Actualizada: 12 de Diciembre de 2.006.  

 
 
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  Opinión

Descanse en paz el Caudillo Americano.

Por Luis Carlos.

Al día siguiente del fallecimiento de Augusto Pinochet no se hablaba de otra cosa en muchos medios de comunicación españoles. Muchos querían sin duda hacer la sangre que hubiesen deseado hacer tras la muerte de Franco y que o bien por edad, o bien por miedo, no pudieron hacer.

Si en algo no he diferido de los juicios emitidos por la izquierda periodística española es en comparar la figura de Pinochet con la de Franco, aunque con profundos matices que la distancia geográfica y temporal imponen.

La cubanización del régimen allendista en 1973 era más que evidente.

Aprovechando su victoria en las urnas, el mandatario chileno había comenzado a flirtear de forma peligrosa con los soviéticos y, especialmente con la avanzadilla cubana que estos tenían en América. Asesores cubanos desembarcaban a diario en Chile para llevar a cabo misiones de adiestramiento. El intervencionismo era tal que la economía chilena caía en picado, aumentando los niveles de desempleo a límites desconocidos hasta el momento. Una huelga de transportes mantenía el país paralizado desde hacía semanas, faltando víveres y bienes de primera necesidad en todos los hogares. La situación era insostenible y la población demandaba una medida de fuerza que acabase con el régimen allendista y sacase al país del abismo comunista en que se precipitaba irreversiblemente.

Las Fuerzas Armadas Chilenas, los ejércitos de más larga tradición democrática de América (el país no había sufrido ningún tipo de intervención militar en la política desde su independencia de España), no querían ser testigos impasibles de la destrucción de su amada patria y encabezados por su general en jefe, decidieron acabar con Allende y su régimen y reestablecer el orden institucional vulnerado por los marxistas.

Entre 1973 y 1989, el general Pinochet abanderó el crecimiento económico chileno y los profundos cambios sociales que este conllevó. El saneamiento económico, el revolucionario sistema de Seguridad Social implantado y  la liberalización comercial contribuyeron a convertir a Chile en la Suiza americana. Un pequeño país próspero y con ninguna o pocas cosas en que compararse con los de su entorno.

Baltasar Garzón, la vergüenza de la justicia, la ambición togada, el más execrable ejemplo del sectarismo al servicio de la Administración de la Justicia, trató de someter al General Pinochet a un humillante proceso. El sueño del showman-juez no quedó más que en eso, en una de sus tantas fanfarronadas, en uno de sus tantos ridículos intentos de convertirse en una figura de internacional raigambre. El sectario togado, el cómplice de los GAL y de su líder, el colaborador de los gobiernos corruptos de Felipe González no se salió con la suya y el general Pinochet volvió a su país.

Diez años después ha fallecido, rodeado de su familia, en su casa. Descanse en Paz.


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