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Actualizada: 02 de Agosto de 2.006.  

 
 
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 A los 70 años del Glorioso Alzamiento Nacional.


El Alzamiento del 18 de Julio en las capitales Españolas.

Eduardo Palomar Baró


En Llano Amarillo se puso a punto el Alzamiento en Marruecos.

Alzamiento en Albacete.

Alzamiento en Alicante.
Alzamiento en Almería.
Alzamiento en Ávila.
Alzamiento en Badajoz.
Alzamiento en Barcelona.
Alzamiento en Bilbao.
Alzamiento en Burgos.
Alzamiento en Cáceres.
Alzamiento en Cádiz.
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Alzamiento en Soria.
Alzamiento en Tarragona.
Alzamiento en Teruel.
Alzamiento en Toledo.
Alzamiento en Valencia.
Alzamiento en Valladolid.
Alzamiento en Vitoria.
Alzamiento en Zamora.
Alzamiento en Zaragoza.

 



Las guarniciones del Norte de África, con las banderas de la Legión y los tabores de Regulares, eran fieles seguidores de los generales Franco y Mola, sus antiguos jefes, que delegaron la jefatura de la conspiración en un hombre de su total confianza: el teniente coronel Yagüe. El Gobierno de la República, receloso de este Ejército, dudó antes de autorizar las maniobras, que se tenían que realizar el 12 de julio en Llano Amarillo (Marruecos), pero dio su visto bueno a fin de distraer la tensión en que ya se encontraba la guarnición.

En principio, la fecha del final de las maniobras, se estimó buena para el alzamiento, decidida ya la idea de Mola de asegurar la sublevación fuera de Madrid, para caer luego sobre la capital. Los desacuerdos del “Director” -así firmaba el general Mola- con los carlistas y otras dificultades de última hora, hicieron que esta fecha se aplazara. El asesinato de José Calvo Sotelo, perpetrado por el Gobierno republicano el 13 de julio de 1936, puso fin a todas las dudas. 

Terminadas las maniobras del Llano Amarillo, las tropas volvieron a sus cuarteles. En la ceremonia de clausura, y ante las máximas autoridades republicanas, se palpaba ya el espíritu de levantamiento, sobre todo en los oficiales más jóvenes, adictos en gran número a Falange. El Llano Amarillo fueron captados para el Movimiento militar los coroneles Luis Soláns y Emilio Peñuelas, que se unieron a los jefes de la conspiración, los tenientes coroneles Yagüe (delegado general en Ceuta), Gautier (Ceuta), Sáenz de Buruaga, Asensio Cabanillas y Beigbeder (Tetuán), Losas y Alfaro (Larache), Juan Bautista Sánchez (Villa Sanjurjo) y Seguí, Bartomeu, Barrón, Delgado Serrano y Gazapo (Melilla).

La consigna definitiva para el alzamiento, que Yagüe haría circular telefónicamente el día 16, fue redactada por el “Director” en esta escueta forma: “El 17, a las 17”. Lo que en realidad quería decir que, a partir de las cinco de la tarde del 17 de julio, había que estar en guardia y pendientes de los acontecimientos de Ceuta, pues el punto de partida debía marcarlo la llegada de Franco a la ciudad del Estrecho.

El 17 de julio por la mañana, en Melilla, los coroneles que estaban al tanto del alzamiento militar, se reunieron en el departamento cartográfico en el edificio de la Comisión de Límites, para trazar los planes de ocupación de los edificios públicos, planes que comunican a los dirigentes falangistas. Uno de los dirigentes locales de la Falange informa al dirigente local de Unión Republicana, llegando esta información al general Manuel Romerales Quintero, comandante militar de Melilla, que a su vez informa al presidente del Gobierno Santiago Casares Quiroga.

Romerales envía por la tarde una patrulla de guardias de Asalto y policía de paisano a registrar el departamento cartográfico. El teniente coronel de Estado Mayor Darío Gazapo Valdés, jefe de dicha comisión, hace retrasar el registro, alegando que para que la policía pudiese llevar a cabo tal registro, en una dependencia militar, era precisa la previa autorización del comandante militar de la plaza, general de brigada Romerales, y aprovecha para llamar al cuartel de la Legión, hablando con el teniente Julio de la Torre, el cual se presenta con una veintena de legionarios. Ante estos, la patrulla se rinde y los sublevados proceden a arrestar a Romerales, proclamando el estado de guerra, iniciando de esa forma anticipadamente el levantamiento, informando inmediatamente a los compañeros del resto de Marruecos que habían sido descubiertos, lo que hizo que en Marruecos se adelantase la fecha prevista. Por ese motivo Mola establece el 18 de julio como la fecha de la sublevación que se generaliza en casi toda España, y el 19 de julio de 1936 ya es general.

A continuación relatamos como se desarrolló el alzamiento en las capitales españolas.  

  

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El 19 de julio de 1936, el teniente coronel de Infantería Enrique Martínez Moreno, secundado por los guardias civiles y de asalto, se alzó en armas contra el Gobierno, procediendo a declarar el estado de guerra, a la vez que ordenaba la detención de las autoridades civiles de la República. Tres días después aviones gubernamentales bombardearon el cuartel de la Guardia Civil donde se habían concentrado los nacionales, sin que, a pesar de ello, depusiesen su actitud. El 25 de julio, soldados y milicianos procedentes de Alicante y Murcia, se aproximaron a la capital. Martínez Moreno se dirigió por radio a los generales Franco y Cabanellas, solicitando refuerzos. Una hora después le contestaba Franco: “Enviaré refuerzos. Resista hasta heroísmo. Fe en el éxito. Constantemente deme noticias.” Sobre las once de la mañana Martínez Moreno volvió a comunicar con Franco: “Situación comprometidísima. Envíeme algunos aparatos aviación. Patio cuartel Guardia Civil formará cuadro con paneles indicando con una T que la plaza está todavía en nuestro poder. Contrario, no aterrice.” A las 12:35 la solicitud se hace angustiosa: “¡Socorro! ¡Socorro! Primer jefe Comandancia suicidándose. Imposible sostenerse en esta situación.” Diez minutos más tarde la radio emite por última vez: “Vamos a rendirnos.” Detenido Martínez Moreno, conducido a la carretera de Ocaña, es fusilado. Pasadas unas horas, un avión nacional procedente de la base de Sevilla bombardeó la ciudad, ocasionando importantes pérdidas a las tropas del Frente Popular.  

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La guarnición estaba constituida por el Regimiento de Infantería nº 4 y la Caja de Recluta 22, más tres compañías de la Guardia Civil y un contingente de Carabineros. El comandante de la plaza era el general de brigada José García Aldave y Mancebo, de ideología derechista y profundas convicciones religiosas. Se mantuvo a la expectativa, en espera de recibir instrucciones del jefe de la División Orgánica de Valencia. Solamente ordenó el acuartelamiento de las tropas, permaneciendo así hasta el día 23, en que el cuartel fue rodeado por numerosos milicianos, reforzados por la marinería del cazatorpedero José Luis Díez, que se había hecho con el mando de la nave. El gobernador civil requirió al general que izase la bandera tricolor republicana en los edificios ocupados por los militares y cesase el acuartelamiento, a lo que accedió García Aldave. Resuelta de esta forma tan simple la adhesión de la plaza a la República, el gobernador se dirigió por radio a los alicantinos, rindiendo un ferviente homenaje al general de la plaza, por su honor y disciplina, y que no se había rendido bajo el poder de nadie, sino bajo el poder de su voluntad soberana para defender la República. Pocos días después García Aldave era relevado del mando a petición propia. A continuación, y no obstante el testimonio del gobernador civil, fue detenido, procesado por su tentativa de adhesión al alzamiento militar, condenado a muerte y fusilado.  

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El 20 de julio de 1936, el comandante militar de la plaza y jefe del Batallón de Ametralladoras y de la Caja de Recluta, el teniente coronel de Infantería Juan Huertas Topete, auxiliado por el comandante del Cuerpo de Carabineros Toribio Crespo Puerta y con el asentimiento de la mayoría de los jefes y oficiales, procedió a declara el estado de guerra, detuvo a los militares adictos al Gobierno, ocupó la Casa del Pueblo y sitió el edificio del Gobierno Civil, pero la llegada de milicianos de Granada, la movilización de la masa ciudadana y la arribada al puerto del destructor Lepanto, procedente de Cartagena, y que amenazó con bombardear la ciudad si los nacionales no deponían las armas, hicieron fracasar el levantamiento, entregándose Huertas Topete y los demás sublevados a las autoridades de la República. Pocos días después fueron todos asesinados.  

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Quedó incorporada al bando nacional desde los primeros momentos del Alzamiento. Tras la proclamación del estado de guerra, a los soldados adscritos a la Caja del Recluta y al Colegio Preparatorio de Suboficiales se añadieron guardias civiles y de asalto, procediendo a la ocupación del casco urbano sin derramamiento alguno de sangre. Un papel decisivo fue el del teniente coronel de la Guardia Civil Romualdo Almoguer Martínez, que se negó a distribuir armas entre los militantes del Frente Popular. En esta ciudad se encontraba preso el falangista Onésimo Redondo Ortega, que inmediatamente fue puesto en libertad. A finales de octubre de 1936, el jefe del Ejército del Norte, el general Emilio Mola Vidal, instaló su cuartel general. El 11 de noviembre de 1936 el aeropuerto de Ávila sufrió un intenso bombardeo a cargo de la aviación republicana, siendo destruidos casi todos los aviones “Junker” y “Heinkel” de la escuadrilla del teniente Kraft Eberhard, el cual murió en la operación, siendo el primer oficial alemán caído en suelo español.  

 

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El general de brigada Luis Castelló Pantoja, al estallar la guerra civil, permaneció fiel a la República, pero el 6 de agosto de 1936, unos 300 hombres de la Guardia Civil, de la de Asalto y de la Seguridad se alzaron en armas, adueñándose de la ciudad durante unas horas, hasta que al ser bombardeado el cuartel en que se habían hecho fuertes, volvió la ciudad a los frentepopulistas.  

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En muchos cuarteles de la Ciudad Condal se habla de la necesidad de sublevarse contra el Gobierno republicano. A última hora asumió el mando de los alzados el general Manuel Goded Llopis, que se hallaba destinado en las islas Baleares, lo que dificultó el contacto con los demás generales, jefes y oficiales de la IV División comprometidos con el golpe. El día 19 a las 5 de la mañana, habían de sacar las tropas a la calle. Los dirigentes de la CNT, ante la pasividad de las autoridades, adoptaron medidas preventivas, buscando y encontrando las armas que los anarcosindicalistas se habían apoderado, dos días antes, al asaltar los pañoles de armas de los buques surtos en el puerto de Barcelona. Los dirigentes ácratas se dirigen al presidente de la Generalidad, Luis Companys exigiéndole que sean armados los trabajadores para defender la República, cosa que consiguen. Los milicianos pertrechados con armas, que en muchas ocasiones no saben manejar, ofrecen resistencia a los rebeldes. El general de la Guardia Civil Aranguren, es el que resuelve la suerte del alzamiento al aplastar el movimiento nacional, que carente de sincronización, se tiene que replegar, a pesar del entusiasmo de los jefes y oficiales sublevados. Poco después de las 8 de la mañana, los rebeldes ven como se esfuman sus últimas esperanzas. Pasado el mediodía llega en un hidroavión el general Manuel Goded Llopis, pero a esas horas el movimiento ya está prácticamente abortado. A media tarde, convencido que nada puede hacerse, telefonea al general Aranguren y le expone su intención de rendirse, a fin de evitar inútiles sacrificios. Goded dice por la radio: “La suerte me ha sido adversa y he caído prisionero; si queréis evitar que continúe el derramamiento de sangre, quedáis desligados del compromiso que teníais conmigo”. Tras estas palabras, los sublevados van deponiendo las armas. El día 11 de agosto de 1936, el general Goded fue conducido ante un consejo de guerra, que lo condenó a la pena de muerte, siendo fusilado al día siguiente en los fosos del castillo de Montjuich.  

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El 18 de julio de 1936, la guarnición militar de Bilbao se reducía al Batallón de Montaña nº 4 que mandaba el teniente coronel de Infantería Joaquín Vidal Munárriz, que estaba fuera de la conspiración, al igual que el comandante militar de la plaza, el coronel Andrés Fernández-Piñerúa. La mayoría de la oficialidad estaba comprometida en el alzamiento, pero cuando las fuerzas de la Guardia Civil y las de Asalto rodearon el cuartel donde se hallaba aposentado el citado batallón, los oficiales cesaron en su resistencia y se entregaron a las autoridades.  

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En la tarde del 17 de julio de 1936, el general Domingo Batet, jefe de la VI División Orgánica, ordenó la detención del general González de Lara, del comandante Porto Rial y la de los capitanes Murga Santos y Moral Movilla, por albergar sospechas que estaban conspirando contra el Gobierno. El día 18, el capitán de Infantería Miranda Barredo, consiguió liberar a los detenidos. Al caer la tarde del 18, el teniente coronel de Estado Mayor José Aizpuru, secundado por el comandante Antonio Algar y otros oficiales, proceden a la detención del general Batet. Acto seguido, el teniente coronel de Caballería Gavilán Almuzara depone y detiene al gobernador civil, al que se le reemplaza por el general retirado Fidel Dávila Arrondo. Prácticamente sin disparar un tiro, la ciudad quedó incorporada a los nacionales.  

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Desde el mismo momento en que se inició la guerra civil, Cáceres quedó incorporada al bando nacional. El comandante militar de la plaza, Manuel Álvarez Díez, al enterarse de la sublevación de las fuerzas miliares del protectorado de Marruecos, ordenó detener al gobernador civil, Miguel Canales González, procediendo a declarar el estado de guerra, medida que fue acatada sin oposición, por el regimiento de Infantería, por el personal de la Caja de Recluta, las fuerzas de la Guardia Civil, las de la Guardia de Asalto y las del Cuerpo de Carabineros.

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En julio de 1936, era comandante militar de la plaza el general José López Pinto, comprometido con el alzamiento. El 18 de julio, obedeciendo órdenes de Queipo de Llano, que se hallaba en Sevilla, puso en libertad al general José Enrique Varela Iglesias, preso en el Castillo de Santa Catalina por sus sospechosas actividades conspiradoras, el cual, una vez libre, protagonizó prácticamente la sublevación. El gobernador civil, secundado por el presidente de la Diputación Provincial y otras autoridades civiles y militares, se opusieron a la acción de Varela, que había sacado las tropas a la calle, haciéndose fuertes, con las fuerzas de orden público, en el Gobierno Civil, en el Ayuntamiento y en el palacio de Comunicaciones. Temiendo López Pinto no poder dominar la situación, habló con el teniente coronel Juan Yagüe, que se encontraba en Ceuta, pidiéndole refuerzos. En la madrugada del día 19 llegó al puerto de Cádiz el buque Ciudad de Algeciras, escoltado por el destructor Churruca, transportando, el primero, un escuadrón de Regulares, y el segundo, un tabor de las mismas fuerzas, las cuales, una vez desembarcadas, entraron en acción. Dos horas después, los republicanos se rindieron a los nacionales, siendo detenidas las primeras autoridades y los líderes de los partidos de izquierda y de las organizaciones sindicales.  

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Durante todo el día 19 de julio de 1936, los militares comprometidos en la sublevación estuvieron pendientes de conocer lo qué pasaba en Valencia, cabecera de la III División Orgánica y de la cual dependía la plaza. Al fracasar el alzamiento en Madrid, Barcelona y Valencia es destituido el jefe del Batallón de Ametralladoras, teniente coronel de Infantería José Giner Morello, que está comprometido con la rebelión, siendo reemplazado por el teniente coronel Primitivo Peyré Cabaleiro, opuesto a levantarse contra la República. La ciudad quedó, prácticamente sin incidencias, en poder del Gobierno republicano.  

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En poco más de dos horas, la sublevación y su incorporación a la zona nacional se produjo sin incidentes. El jefe supremo de la compleja guarnición de Ceuta, era el general de brigada Osvaldo Fernando de la Caridad Capaz Montes, el cual se hallaba en Madrid disfrutando de un permiso. Le sustituía en la jefatura de las tropas el coronel de Artillería Arturo Díaz Clemente que, situado al margen de la conspiración, al tener conocimiento de que la guarnición de Melilla se había alzado en armas contra el Gobierno de la República, adoptó una actitud indecisa -por lo que al triunfar el alzamiento, fue expulsado del Ejército-, perdiendo, como consecuencia de ello, el control de los jefes y oficiales que le estaban subordinados. A las 23 h del día 17 de julio de 1936, Juan Yagüe, jefe de la Legión, ordenó tocar generala, sacando acto seguido las tropas a la calle y ocupando la ciudad sin encontrar resistencia alguna.  

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Con una guarnición militar muy escasa al mando del coronel Mariano Salafranca Barrio, que desempeñaba el cargo de comandante militar, la plaza quedó bajo el dominio republicano desde que estalló la guerra civil. Hubo alguna perturbación de orden público, producido por un reducido grupo de militantes falangistas. La reacción ‘antifascista’ revistió caracteres de auténtica crueldad. Los crímenes fueron realmente atroces. A la madre de dos jesuitas le obligaron a tragarse un crucifijo. Ochocientas personas fueron arrojadas al pozo de una mina. Los asesinatos eran acogidos con grandes aplausos, gritando ¡Libertad! ¡Muera el fascismo!

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El 18 de julio de 1936, el comandante militar y jefe del Regimiento de Artillería, el coronel Ciriaco Cascajo Ruiz, siguiendo instrucciones del general Queipo de Llano, procedió a proclamar el estado de guerra, sin encontrar oposición alguna, ya que el gobernador civil Antonio Rodríguez de León, si bien no estaba comprometido con los nacionales, veía el alzamiento militar con buenos ojos. Cascajo se limitó a emplazar sus cañones frente al Gobierno Civil, y después del segundo cañonazo, los republicanos se entregaron a los nacionales. El coronel de Artillería Ciriaco Cascajo, asistido del teniente coronel de la Guardia Civil Bruno Ibáñez, comenzó la persecución, encarcelamiento y fusilamientos de los elementos afines al Frente Popular.  

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El alzamiento militar de esta plaza tuvo lugar el día 20 de julio de 1936. El día anterior, el general Mola telefoneó al jefe de la VIII División Orgánica, general Enrique de Salcedo Molinuevo, para que se sumase a la sublevación, pero éste, convencido por el comandante militar de La Coruña, y simpatizante del Frente Popular, el general Rogelio Caridad Pita, optó por abstenerse de toda actuación, esperando el desarrollo de los acontecimientos. Detenido el general Salcedo por su jefe de Estado Mayor, coronel Luis Tovar Figueras, se hizo con el mando de la división el coronel de Ingenieros Enrique Cánovas Lacruz, que asumió la máxima responsabilidad, como mando de mayor antigüedad entre los alzados. Al grito de ¡Viva la República! y a los sones del himno de Riego, proclamó el estado de guerra, y sacando las tropas a la calle procedió a  ocupar la ciudad. El gobernador civil Francisco Pérez Carballo, antiguo militante de la FUE y militante de Izquierda Republicana, secundado por un grupo de guardias de asalto y otro de guardias civiles, se hizo fuerte en el edificio del Gobierno Civil, donde resistió casi dos días, al cabo de los cuales no tuvo más remedio que rendirse a los militares nacionales que, eficazmente apoyados por algunos falangistas sublevados por Manuel Hedilla Larrey, procediendo a ocupar la ciudad. Detenido Pérez Carballo, fue asesinado pocos días después.  

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Con muy poca guarnición militar a cargo de un teniente coronel de Infantería, auxiliado por unos pocos oficiales y soldados, se mantuvo al lado del Gobierno republicano gracias al jefe de la Guardia Civil, teniente coronel Francisco García de Angela, que mantuvo el orden público, evitando cualquier conato de insurrección armada. Pero algunos días después, tras la llegada de contingentes anarquistas mandados por Cipriano Mera, se produjeron asesinatos -entre ellos, el del obispo de la diócesis, Cruz Laplana y Laguna-, incendios, saqueos y otros desmanes.

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Al estallar la guerra, la guarnición de la plaza estaba compuesta por la I Brigada Mixta de Montaña, de la que era jefe el general Jacinto Fernández Ampón, implicado en la conspiración, como también lo estaba el coronel Jorge Villamide Salinero y el teniente coronel Antonio Alcubilla Pérez. En la madrugada del 19 de julio de 1936, una sección de tropas “cumpliendo órdenes de Barcelona”, procedió, sin encontrar resistencia alguna, ni tan siquiera de las autoridades, a declarar el estado de guerra, pero al atardecer del mismo día, cuando se conoció el fracaso del golpe en la Ciudad Condal, la Guardia Civil y Guardia de Asalto, conminaron a los sublevados a que se retirasen a sus cuarteles, aceptando éstos la indicación y evitándose de esta forma cualquier tipo de enfrentamiento.  

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El gran artífice del alzamiento militar en Gran Canaria fue el general Luis Orgaz Yoldi, que se hallaba confinado en la isla por orden del Gobierno republicano. El 17 de julio de 1936 el general Franco, comandante militar de las islas Canarias, se había trasladado desde Tenerife a Las Palmas para presidir, en representación del Gobierno, el entierro del general Balmes, comandante militar de Las Palmas. Tras el sepelio se retiró al hotel Madrid, donde se había instalado con su esposa e hija. En la madrugada del 17 al 18 le entregaron un telegrama, reexpedido desde Tenerife, con el siguiente texto: “Jefe Circunscripción Melilla a Comandante General Canarias. Este ejército levantado en armas se ha apoderado en la tarde de hoy de todos los resortes del mando en este territorio. La tranquilidad es absoluta. ¡Viva España! Coronel Soláns.” Acto seguido, Franco se trasladó a la Comandancia Militar cursando este otro telegrama: “Gloria al heroico Ejército de África. Recibid el saludo entusiasta estas guarniciones que se unen a vosotros y demás compañeros Península en estos momentos históricos. Fe ciega en el triunfo. ¡Viva España con honor! General Franco.” Envió una copia a los generales jefes de las ocho Divisiones Orgánicas, así como al comandante de Baleares, al jefe de la División de Caballería, al jefe de la Circunscripción de Ceuta y Larache, al jefe de las fuerzas militares de Marruecos y a los almirantes jefes de las bases navales de El Ferrol, Cádiz y Cartagena. Recibió un nuevo telegrama, éste del coronel Sáenz de Buruaga: “Dueños absolutos de todas las plazas de Marruecos, agradecemos de corazón el entusiasta saludo, anhelando pronta llegada para ponernos sus órdenes. Puede tomar tierra en Tetuán o en Larache sin consecuencias. Conviene avise salida y esperamos noticias. ¡Viva España!.” Ordenó Franco que se procediese a declarar el estado de guerra en las islas Canarias, lo que se llevó a cabo con los requisitos del caso, difundiéndose al mismo tiempo por la radio el que se ha llamado “El Manifiesto de las Palmas”, escrito de puño y letra por Franco, y que es uno de los documentos de Franco más importantes y definidores de su pensamiento, en día tan señalado.  

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En el mes de julio de 1936, la capital estaba compuesta por el Regimiento de Infantería nº 2 mandado por el coronel Basilio León Maestre y el Regimiento de Artillería Ligera nº 4, del cual era jefe el coronel Antonio Muñoz Jiménez. El comandante militar de la plaza era el recién ascendido a general Miguel Campins Aura, el cual a pesar de estar comprometido con el alzamiento, el 18 de julio se entrevistó con el gobernador civil César Torres Martínez y con algunos líderes del Frente Popular, a los cuales aseguró que las fuerzas a sus órdenes se mantendrían fieles al Gobierno, e incluso que llegado el momento entregaría las armas que estaban bajo su custodia a las milicias de los partidos políticos de izquierda y a las organizaciones sindicales. El Gobierno exigía desde Madrid a las autoridades granadinas una gran resistencia ante cualquier conato de alzamiento militar. Campins visitó varios cuarteles comprobando que la oficialidad en pleno, la Guardia Civil, la de Asalto y algunos falangistas y requetés estaban dispuestos a sublevarse. Al propio tiempo, su ayudante el comandante Francisco Rosaleny Burguet, que obedecía órdenes del general Queipo de Llano, le conminó a firmar el bando declarando el estado de guerra, a lo que accedió Campins, no obstante lo cual fue detenido por sus propios subordinados, haciéndose cargo del mando de los alzados el citado coronel Antonio Muñoz Jiménez. Las tropas salieron a la calle, publicando el bando y procediendo a detener a las autoridades adictas al Gobierno.  

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En el mes de julio de 1936, la guarnición de la plaza estaba limitada al Regimiento de Aerostación, cuyo jefe era el coronel de Ingenieros Francisco Delgado Jiménez, y unos reducidos destacamentos de tropas. Hasta bien entrado el día 20, los oficiales comprometidos en el alzamiento adoptaron una actitud cautelosa, pues esperaban que una columna procedente de Pamplona les asegurase el triunfo del golpe. Ante el fracaso de la sublevación en Alcalá de Henares y advertir que la ayuda de Navarra no llegaba, los oficiales decidieron lanzarse a la calle, ocupando el Ayuntamiento, la Casa del Pueblo y el Gobierno Civil, prestando su concurso las fuerzas de la Guardia Civil y de Seguridad. El comandante Rafael Ortiz de Zárate López y un grupo de soldados ocuparon la prisión y excarcelaron a los militares detenidos, entre los que se encontraban los generales González de Lara y Barrera, el contralmirante Fontela y el teniente coronel Loscertales. Al enterarse Madrid que Guadalajara se ha sublevado, sale una columna al mando del coronel Puigdengolas para dominar la situación. Camiones requisados por elementos de la CNT y de la UGT, avanzan sobre Guadalajara. El día 22 el Gobierno dispone de algunos millares de hombres, en su mayoría milicianos sin instrucción. Los alzados son unos 100 jefes y oficiales, 40 clases, 275 cabos y soldados, 150 guardias civiles y de seguridad y dos centenares de civiles, los cuales ofrecen resistencia en el puente sobre el río Henares, a la entrada de la ciudad, prolongándose la lucha durante horas. El último foco será el cuartel de Aerostación. Cae en poder de los atacantes el comandante Ortiz de Zárate, siendo ejecutado inmediatamente. Dominado el cuartel por entero, se inicia una matanza indiscriminada de jefes y oficiales. Son asesinados el contralmirante Ramón Fontela, el general González de Lara, el coronel de Infantería José Candeira, el coronel de Ingenieros Francisco Delgado Jiménez y un centenar de jefes y oficiales. Ebrios por su triunfo, los milicianos emprenden una brutal carnicería, queman iglesias y destruyen edificios, incautándose del palacio del duque del Infantado y del de Romanones e instalan los cuarteles del Frente Popular en los conventos.  

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El 18 de julio de 1936, al conocerse la sublevación de las fuerzas militares destacadas en Marruecos y de algunas guarniciones de la Península, el gobernador civil de la provincia ordenó que la Guardia Civil de Huelva se trasladase a Sevilla para coadyuvar a la sofocación del levantamiento del general Queipo de Llano, poniéndose a sus órdenes una vez que dicha fuerza llegase a su destino, en vez de cumplir el cometido que legalmente se le había confiado. Pero como que la guarnición de Huelva era más simbólica que de hecho, la ciudad permaneció en los primeros momentos con el Gobierno republicano, en cuya actitud desempeñó un destacado papel, además del citado gobernador, el teniente coronel jefe de la Guardia Civil Julio Orts Flor, evitando toda clase de desmanes. Tras el fracasado envío de los guardias civiles a Sevilla, ordenó el gobernador una nueva expedición, integrada por mineros de la zona, pero fue detectada en el camino por los nacionales y voladas las cargas de dinamita que transportaban, resultando 30 bajas entre muertos y heridos, y siendo hechos prisioneros 69 hombres, todos los cuales fueron fusilados acto seguido. El 27 de julio, los 500 guardias civiles de toda la provincia onubense que se habían concentrado en la capital gubernativa, se alzaron en armas contra la República y ocuparon la ciudad, poniendo en libertad a los aproximadamente quinientos presos políticos -la mayoría de ellos falangistas o simpatizantes con esta ideología- que se encontraban en la cárcel. Huidos el gobernador civil, el alcalde y los jefes de la Guardia Civil y de Carabineros, fueron hallados poco tiempo después por los alzados, los cuales procedieron al fusilamiento de todos ellos.  

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En la noche del 18 de julio de 1936, el jefe de la X Brigada de Infantería y comandante militar de la plaza, el general Gregorio de Benito Terraza, siguiendo instrucciones del jefe de su División Orgánica, el general Miguel Cabanellas Ferrer, proclamó el estado de guerra, siendo secundado por el coronel Carmelo García Conde, jefe del Regimiento de Infantería nº 20. Acto seguido fue detenido el gobernador civil, Agustín Carrascosa Carbonell. No se registraron actos de violencia.  

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En julio de 1936, estaban concentradas en la capital las fuerzas de la Guardia Civil de toda la provincia, en total unos 800 hombres, al mando del teniente coronel de dicho cuerpo Pablo Iglesias Martínez, ejerciendo de segundo jefe el comandante Eduardo Nofuentes Montoro, ambos sancionados a consecuencia del comportamiento que habían observado cuando el 10 de agosto de 1932, el general José Sanjurjo se sublevó en Sevilla contra la República. Al producirse el alzamiento militar el día 17 de julio de 1936, gran parte de la oficialidad y de los guardias civiles se mostraron partidarios de unirse a la rebelión, pero los citados Iglesias y Nofuentes y el comandante Ismael Navarro Serrano, trataron de disuadir a sus subordinados, diciéndoles que, en principio, estaban de acuerdo con ellos, pero que era mejor dejar pasar algún tiempo para poder reflexionar con calma y proceder en consecuencia. Pero al fin, la escasa guarnición militar de la plaza, fue motivo para no hacer ninguna tentativa de alzarse en armas contra el Gobierno.  

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La guarnición de la ciudad de León, en aquel mes de julio de 1936, estaba compuesta por el Regimiento de Infantería nº 36 y un grupo de la 1ª Escuadra de Aviación. Las fuerzas de Orden Público estaban representadas por unos 400 guardias civiles y unos 200 guardias de asalto. Era comandante militar el general de brigada de Infantería Carlos Bosch Bosch. El día 19 por la mañana, unos 4.000 mineros procedentes de Asturias, que se dirigían a Madrid, entraron en la ciudad por carretera y ferrocarril, al tiempo que aparecía en León el general Juan García Gómez Caminero, inspector general del Ejército, quien ordenó al comandante de la plaza que distribuyese armas a los citados mineros, orden que el general Bosch acató aparentemente, pues se limitó a entregar unos 200 fusiles y cuatro ametralladoras, con la condición de que abandonasen la ciudad. Aceptaron los mineros y reanudaron su viaje a Madrid. Al día siguiente García Gómez, viendo que el alzamiento era inevitable, huyó a Portugal. El día 20 a las 2 de la tarde, la guarnición declaró el estado de guerra, que llevó a cabo sin más dificultad que la resistencia, más fingida que real, del gobernador civil y algunos políticos, que fueron detenidos, incorporándose la plaza al bando nacional.  

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Al estallar la guerra civil, la guarnición estaba compuesta por el Regimiento de Infantería nº 26, la Caja de Recluta y el Centro de Movilización y Reserva. Era comandante de la plaza el coronel de Infantería Rafael Sanz Gracia, comprometido con el alzamiento. Por orden del general Miguel Cabanellas, ordenó a las fuerzas, a las 9 de la mañana del 20 de julio de 1936, declarar el estado de guerra. No obstante, el fracaso del alzamiento en Barcelona, la situación dio un giro de 180 grados. El coronel se entregó sin resistencia. Detenidos todos los sublevados, fueron conducidos a la cárcel, siendo fusilados los cabecillas más cualificados. En manos de elementos de la CNT, FAI y POUM, se produjeron numerosos desmanes en la ciudad, asesinando al obispo, incendiando la catedral por orden de Buenaventura Durruti, saqueos, ‘paseos’, etc.  

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El 19 de julio de 1936, los jefes y oficiales de la guarnición logroñesa, cumpliendo órdenes de los militares nacionales de Burgos, se levantaron en armas contra la República, declarando el estado de guerra, ocupando la ciudad y la base aérea de Agoncillo, mandada por el capitán de Infantería y piloto aviador Eduardo Prado Castro. Al día siguiente llegó a la capital una columna, procedente de Pamplona, mandada por el coronel García Escámez, que detuvo al general Víctor Carrasco Amilibia -hasta entonces comandante militar de la plaza y jefe de la VI Brigada de Artillería- el cual, acusado de haber obrado con indecisión y tibieza, no obstante haberse adherido al alzamiento, fue conducido a Pamplona, nombrándose para sustituirle al teniente coronel de Infantería Pablo Martínez Zaldívar.  

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El 18 de julio de 1936, fuerzas del Regimiento de Infantería nº 12, de guarnición en la plaza, que mandaba el coronel Alberto Caso y Agüero, procedieron a declarar el estado de guerra y a detener a las autoridades civiles. En pocas horas, tras delegar el gobernador civil de la provincia toda su autoridad en los militares alzados, la ciudad quedó incorporada al bando nacional.  

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La guarnición de la capital de la República constituía el contingente más numeroso del ejército español. Era la plaza que más interesaba conquistar a los militares que preparaban el alzamiento de julio de 1936. Junto con Barcelona eran los puntos más difíciles para triunfar la sublevación, como ya lo advirtió el general Mola en sus ‘Instrucciones reservadas’, y desde luego no se equivocó. Cerca de 7.000 hombres estaban a las órdenes del general de brigada José Miaja Menant, que eventualmente se hallaba al frente de la 1ª División Orgánica. A estas fuerzas había que añadir unos 2.500 guardias civiles y alrededor de 4.000 guardias de Asalto. El presidente del Gobierno, Santiago Casares Quiroga estaba informado de que se preparaba un golpe militar, pero no le dio la más mínima importancia, confiando que llegado el caso con sólo la Guardia de Asalto podía acabar con la intentona sediciosa. El día 18 todo el mundo conoce ya y comenta la insurrección militar de Marruecos, pero el Gobierno guarda un significativo silencio, pero al final no tiene más remedio que salir al paso de lo que se murmura en la calle y a través de las emisoras de radio. “El Gobierno declara que el movimiento está exclusivamente circunscrito a determinadas ciudades de la Zona del Protectorado y que nadie, absolutamente nadie, se ha sumado en la Península a este empeño absurdo.” La tensión va creciendo y el general Sebastián Pozas Perea, inspector general de la Guardia Civil, pide a las fuerzas a sus órdenes el más estricto cumplimiento del deber. Casares Quiroga, que además de presidente del Consejo de Ministros desempeña la cartera de Guerra, sigue restándole importancia a la revuelta de Marruecos. Ante la gravedad de la situación, gravedad que el Gobierno se empeña en desconocer, el general José Riquelme y López Bago, advierte a Casares la conveniencia de armar a batallones de voluntarios, facilitados por los partidos políticos y las organizaciones sindicales del Frente Popular, para llegado el caso hacer frente a los sublevados, a lo que se niega el presidente del Gobierno, ya que teme armar a los paisanos, “pues una vez que aplasten la rebelión de los militares, se volverían contra nosotros, y nos encontraremos con la revolución en la calle organizada indirectamente por nosotros mismos”. La situación, ante la pasividad, el silencio y las falsas noticias dadas por el Gobierno, se agrava cada minuto que transcurre. Casares no ve otra solución que presentar la dimisión que es aceptada por el Presidente de la República, Manuel Azaña, el cual encarga a Diego Martínez Barrio que trate de formar nuevo Gobierno. En esta designación del jefe de la moderada Unión Republicana, es un gran error pues Martínez Barrio no va a gustar a nadie: no convence a los derechistas por ser de izquierdas, y no convence a los izquierdistas por ser el ala derecha del Frente Popular. Pero aún lo más grave es que las centrales sindicales se sienten traicionadas: UGT y CNT claman por la destitución fulminante de Martínez Barrio: ¡Todo menos pactar con los sublevados! Las masas intuyen que el nuevo Gobierno es de mediación, lanzándose a la calle. Horas después, sin que los ministros del nuevo gabinete hayan tomado posesión de sus cargos, Martínez Barrio presenta la dimisión. Accede al poder José Giral, que era ministro de Marina con Casares Quiroga. Como primera medida decide armar al pueblo. Se hace oír la voz de La Pasionaria por Unión Radio: “Trabajadores, antifascistas, pueblo laborioso: ¡todos en pie dispuestos a defender la República, las libertades populares y las conquistas democráticas del pueblo! El cuartel de la Montaña, en donde se alojaban un regimiento de Infantería, otro de Zapadores Minadores y un grupo de Alumbrado e Iluminación,  bajo el mando del general Fanjul, estaba completamente de acuerdo con el alzamiento. Al amanecer del día 20, se inicia un violento cañoneo y horas después cae en manos de sus sitiadores. La carnicería que se producirá en su interior, tras la rendición de los nacionales, será una de las más crudas y salvajes de toda la contienda. Madrid se llena de vehículos requisados que exhiben en sus portezuelas y en el techo, toscamente pintadas con tiza o pintura blanca las iniciales de las diversas organizaciones del Frente Popular: UHP, UGT, CNT-FAI, PS y rótulos alusivos como: Muera el clero, ¡Abajo el fascio!, ¡Les hemos dado para el pelo!, etc. Por las ventanillas de estos coches asoman los fusiles de la chusma. De lo que no cabe duda es de que la rebelión, gracias al concurso de las turbas armadas, fue vencida en Madrid y Barcelona, y si el Gobierno tuvo las dos capitales más poderosas del país, la cuestión estaba bien clara: los militares habían perdido la partida. En la capital se registran más muertos por causa personal que por motivo político. La persecución y ejecución de religiosos comenzaron ya en la noche del 20 de julio de 1936, así como los tristemente famosos “paseos”.  

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