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Carmen Polo de Franco


L. Carrero Blanco


José Calvo Sotelo


F. Vizcaíno Casas



Lo que escribieron y dijeron aquel 20 de noviembre de 1.975.

Eduardo Palomar Baró.
  21 de noviembre de 1.975.

  Con emoción, con esperanza.


 

“La Vanguardia Española. Viernes, 21 noviembre 1975.

Director: Horacio Sáenz Guerrero.


Con voz transida por la emoción con la gravedad y la tristeza propias de la hora, el presidente Arias leyó ayer a los españoles todos el mensaje póstumo de Francisco Franco. Del fondo de la larga agonía brotaban unas palabras que eran al tiempo de confesión, de despedida, de legado y de aliento.

Dos son las vertientes fundamentales del mensaje, y ambas merecen ser recogidas con la atención y el respeto de un testamento escrito o dictado en las fronteras mismas de la muerte, con el talante recogido y hondo de quien sabe que le ha llegado la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio. Franco ha querido morir en el seno de la Iglesia católica, y al pedir a Dios que le acogiera benigno ha querido seguir las enseñanzas del Padrenuestro, en el que la medida y semejanza del perdón que pedimos es el perdón que otorgamos. Franco ha pedido perdón a todos en su hora última y ha manifestado que de corazón perdonaba a cuantos se declararon sus enemigos, “sin que yo los tuviera como tales”.  

En esas palabras resonaba la nota profunda, humana, de quien raramente ha puesto de manifiesto sus sentimientos íntimos. Dicen que ese mensaje fue escrito entre el 17 y el 24 de octubre y entregado a su hija Carmen, para que en el momento de la muerte lo hiciera llegar al presidente del Gobierno, quien parece que no tenía noticia de que ese mensaje existiera.

La otra nota que suena sustancialmente en el breve texto que don Carlos Arias leyó conmovido es la invitación a rodear al Rey de afecto y lealtad, de apoyo y colaboración; es la invitación a la unidad y la paz. Se trata de una unidad interior sin mengua de la multiplicidad de las regiones, rica multiplicidad que Franco invita a exaltar viendo en ella una fuente de la fortaleza de esa misma unidad de la patria; se trata de unidad también frente a los peligros exteriores –una vieja idea del Generalísimo-, con invitación a deponer miras personales y servir los supremos intereses del pueblo español; y de unidad, en fin, servida por la justicia social y la difusión de la cultura. En torno a don Juan Carlos de Borbón quiso imaginar Francisco Franco, en la hora grave de la muerte, un porvenir venturoso para España.

Una vertiente afecta, pues, a lo íntimo de la persona, a su actitud ante los demás hombres y ante el Altísimo; la otra, a esta España que nosotros tenemos que hacer entre todos, pues los pueblos viven una vida que rebasa los límites de la existencia personal de cada uno para internarse en el horizonte que queda enfrente y hacerse, poco a poco, historia.

Los españoles estamos hoy –eso dicen todas las palabras que se pronuncian- deseosos de entendernos y de convivir en paz. Estamos deseosos de incorporarnos cada vez más plenamente al mundo europeo, al ámbito de la civilización occidental que sabemos es el nuestro y al que queremos contribuir.

Queremos que España sea un lugar de paz, queremos tener la ocasión de mostrar a todos –y por lo pronto a nosotros mismos- que si no han de faltar dificultades y diferencias –pues sabemos que ése es el tejido de la vida- no existe ninguna razón para que no pueda hacerse aquí lo que en otras partes se hace.

El progreso económico que en el decenio de los sesenta se ha producido en nuestro país es fruto, sin duda, de diversos factores coincidentes. Pero no debemos olvidar que un pueblo que es capaz de realizaciones como las que hemos conseguido, realizaciones que no hubieran sido posibles sin espíritu de trabajo, de cooperación, sin imaginación para concebir objetivos y asociarse y colaborar para alcanzarlos, es un pueblo que no puede considerarse menor ni inmaduro. La madurez de los españoles, nuestra madurez, es ya un tópico en los discursos oficiales. En ella habrá de encontrar el Rey de España, don Juan Carlos de Borbón, el concurso que necesita para realizar con pleno acierto su misión histórica. En esta columna hemos dicho que existe, dentro y fuera, una disposición favorable. Hagamos en paz una tierra de paz, un hogar para todos. La historia no se detiene.


 La opinión de diversas personalidades sobre la vida y la obra de Franco.


Pío Cabanillas. “Ha fallecido un ser excepcional. Con él desaparece uno de los hombres públicos con más legitimidad personal, como centro de poder de nuestra historia".

Doctor Puigvert. "En el orden personal, Franco es un hombre afable. Su obra condicionada indudablemente por lo que ya citase Ortega y Gasset, las circunstancias que le han conducido a cumplir y llenar una época en la historia de España contemporánea, probablemente de una extensión única. La culminación de esa obra en la monarquía de Juan Carlos me parece una forma histórica hábil.

Antonio Garrigues. “Franco ha muerto como lo que era: como un soldado. La muerte no le ha vencido. No se ha rendido a ella. Fue el general victorioso de la guerra civil. Esta victoria le ha dado a lo largo de su larga vida la razón de ser. Fue una victoria sobre el comunismo, que se había infiltrado poderosamente en el corazón del Ejército derrotado. Su segunda victoria fue la de no dejarse arrastrar a la gran guerra por el nazismo. Su tercera, el desarrollo económico a que llevó al país. Ha regido los destinos de España durante casi cuarenta años. Ahora los españoles tendrán que labrar su propio destino, su muerte será profundamente sentida en la doble aceptación de la palabra: como sentimiento y como sensación. Dios le dé el descanso y la paz.”

Teniente general Manuel Díez-Alegría. “No puede ser juzgada con cuatro palabras, forzosamente precipitadas y empapadas de emoción, una figura tan singular y tan compleja que llena y determina dos tercios de siglo de la vida española. Como él señalaba en vida, un juicio auténtico del Generalísimo Franco sólo pertenece a Dios y a la Historia, pero nunca podrá olvidarse que a él se deban los años de paz que pusieron fin a 130 disturbios y en los que se basa la nueva España de hoy, moral y materialmente tan distinta de aquélla en que él nació. Por lo que a mí respecta, toda mi vida activa se ha desarrollado bajo su influencia para terminarla desempeñando, con lealtad junto a él, virtuales funciones de jefe de estado mayor, que tan especiales lazos crean entre el que manda y su auxiliar. Por todo ello, para mí ésta no es hora de juicios, sino de sufragios. Y sobre todo es, para mí y para todos, hora de actuar con abnegación absoluta y sincera.”

Laureano López Rodó. “Para juzgar a un hombre extraordinario es preciso situarlo en el escenario histórico en que se ha movido. La talla política de Franco al frente de un país como el nuestro durante cuarenta años, se mide por la magnitud y trascendencia de los acontecimientos que se han sucedido en España y en el mundo a lo largo de ese dilatado periodo. Sin duda, le acompañó su buena estrella, pero, como decía Napoleón: “Los fracasados suelen llamar hombres con suerte a los grandes hombres”. La clave de la biografía de Franco está en sí mismo. Entre mi primera audiencia en 1953 y la última, a finales del pasado mes de junio, tuve ocasión de hablar con él cientos de veces. He asistido también a un gran número de reuniones del Gobierno presididas por él. Lo que más me impresionó siempre fue su prudencia, su fuerza de voluntad, su serenidad imperturbable, su paciencia infinita, su sagacidad, su sentido de la ponderación que le alejaba de la demagogia y de los extremismos. A todo ello añadía una sorprendente capacidad para centrarse en lo esencial de cada tema, dejando a un lado lo meramente accidental y una gran sencillez en el trato. Jamás me sentí cohibido de decirle lo que creía mi deber, aunque sospechase que tal vez pudiera no agradarle. Escuchaba atentamente, atendía las observaciones y las objeciones que se le hacían y tras discutirlas y sopesarlas, las cogía o las rechazaba, sin alterar en ningún caso el tono de la voz. Flexible en todo momento, no era esclavo de sus proyectos y sabía modificarlos cuando nuevas circunstancias lo aconsejaban. Dueño de sí mismo, logró serlo también de los acontecimientos por adversos y difíciles que se presentaran, como el mantenimiento de la neutralidad española con Hitler en la frontera de Hendaya. La opinión pública internacional se halla todavía dividida en torno a nuestra guerra, pero, en cambio, es unánime en reconocer de buen grado o a contrapelo, la dimensión histórica de su principal protagonista, Francisco Franco, que fue no sólo un general victorioso, sino un estadista que supo dirigir la política interna y exterior de España durante cuatro décadas de paz y prosperidad. Para hacer honor a su memoria hemos de esforzarnos por dar vitalidad y autenticidad a las instituciones por él fundadas, con objeto de que tengan la máxima capacidad de respuesta a las cambiantes circunstancias y a los nuevos retos del  futuro.”

Conde de Godó. “La profunda emoción que siento por la pérdida del Caudillo de España, Generalísimo Franco, viene condicionada por la obra extraordinaria que ha cambiado radicalmente a España en unos pocos años, si bien personalmente aumenta, por los sentimientos de amistad que me había siempre demostrado y que venía ratificada por el nombramiento con que he sido honrado en dos ocasiones como procurador en Cortes de designación directa del Jefe del Estado. Es difícil en unas pocas líneas, dar una idea de lo que ha representado el Caudillo en la vida de España, porque en cualquier orden que se considere, vemos el progreso inmenso que han representado estos años en los cuales nuestro país ha pasado de ser una nación de segundo orden a situarse junto a los países más industrializados y de mayor rango cultural. Con lágrimas en los ojos he escuchado esta mañana la alocución de nuestro presidente, don Carlos Arias Navarro, quien, visiblemente conmovido, nos ha leído el último mensaje de Franco y no solamente yo, sino las personas que estaban a mi lado, no han podido contener la emoción que la lectura les ha producido. Me siento orgulloso de pertenecer y formar parte de la España de Franco. Y, en el tiempo que me quede de vida, he de recordar siempre la fecha histórica del día de hoy, dolorosa para todos los españoles, a cuyas plegarias uno las mías por el eterno descanso del alma de nuestro querido Caudillo.”

José Antonio Girón de Velasco. “La noticia me ha causado una impresión profunda. Su vida forma parte integrante de la vida de España. Resulta asombroso comprobar hasta qué extremo su auto despersonalización, es decir, la renuncia a su propia biografía personal, ha dado vida propia a su mejor obra: el Estado. Su permanente ejemplaridad, jamás desmentida, fue estímulo perenne para quienes tuvimos el honor de servir a España bajo su dirección y mandato. Franco ha llenado un extenso período de la vida española. Sus virtudes humanas, políticas y castrenses, su sentido del deber, de la responsabilidad y de la lógica, su capacidad de trabajo, su renuncia voluntaria a su libertad individual para encarnar la más alta magistratura de la patria, han hecho posible que este período a que aludo sea, sin ningún género de duda, el más positivo que se registra en la historia de España. Yo entiendo que si su vida ha sido un ejemplo de servicio desde cadete en la Academia hasta el caudillaje, su obra representa la configuración de un Estado moderno, superador de viejos antagonismos, integrador, y, lo que es más importante, que los mecanismos necesarios de auto corrección para hacerse perfectible, según lo demanden las circunstancias. Gracias a esta enorme personalidad yo creo que se puede contemplar el porvenir con un cierto optimismo, aunque con preocupación responsable, con ilusión y con fundadas esperanzas de que el sucesor de Francisco Franco se hará acreedor a las virtudes de nuestro pueblo, a la generosidad de los españoles y al legado histórico que recibe. Por otra parte, el Príncipe de España ha dado pruebas abundantes de serenidad, de prudencia y de reflexión. Ha sabido obedecer, que es la mejor garantía de que sabrá mandar. Ha tenido un colosal maestro. España, que ahora crispa sus manos y contiene las lágrimas, estará con él. Todos, sin distinción de colores, hemos de ser solidarios en esta hora de trascendencia histórica.”

Manuel Fraga Iribarne. “El fallecimiento del Jefe del Estado, Generalísimo Francisco Franco, es un hecho de gran trascendencia. Por su personalidad y significación ha sido uno de los grandes hombres de la historia de España. Su Gobierno, uno de los más largos, ha contemplado cambios sociales de enorme trascendencia para nuestro país, inscritos en la órbita de la modernización y de la mejora de las condiciones de vida para la inmensa mayoría de los españoles, merecerán en su conjunto juicio favorable de los historiadores futuros. Y los orígenes de lo que bien pudiéramos llamar su reinado, se remontan al peor momento de la confrontación violenta entre los extremismos ideológicos, regionales y de las clases sociales. Los frutos del desarrollo durante estos cuarenta años han de servir de base para un nuevo y fecundo período de entendimiento. Ello nos obliga a todos a procurar, incluso sacrificando posiciones personales o de grupo, un consenso básico de la ciudadanía, para evitar la vuelta a polarizaciones peligrosas y sentar así las bases de continuidad con reformas, de seguridad en los cambios, de esperanza general en la nueva etapa que comienza y que debemos abordar no sólo con fe y decisión sino con un generoso espíritu de concordia entre todos los españoles. En esta nueva singladura de la patria todos debemos al rey de España un apoyo y una lealtad sin límites, como garantía de cuanto es permanente y esencial para el país. Ha muerto una personalidad excepcional. Comienza el juego de las instituciones; y con él la prueba de nuestra madurez como pueblo. Un joven rey viene a presidir en este momento la continuidad de nuestro proceso histórico y a encarnar las esperanzas de una juventud renovadora. Seamos dignos de este momento, a la vez serio y prometedor de la vida de nuestro país. Nuestros hijos lo merecen y el mundo entero nos contempla”.

Alberto Martín Artajo. “Franco entra en la historia –se ha dicho muchas veces- como un personaje singularísimo y excepcional. Podríamos hacer un breve recorrido histórico de la época de Franco y de sus momentos o decisiones claves: libró a España de la segunda guerra mundial, hizo posible el resurgir económico, etc., pero juzgo que todo ello es ya bien conocido de los españoles. Por otra parte, hacer un balance global de su obra me parece prematuro y difícil, si no imposible, por falta, todavía, de la necesaria perspectiva histórica. Lo que más importa es que todos seamos muy conscientes del estado real en que se halla, en estos momentos, nuestro país y sepamos apreciar todo cuanto hay de positivo en él. Es tangible el desarrollo económico producido en España durante el período de Franco, y también son patentes unos ciertos hábitos colectivos de paz ciudadana. Pues bien, partiendo de ambos factores y sabiendo además que la propia dinámica del desarrollo económico lo exige, se hace más que aconsejable marchar hacia una decidida y progresiva democratización del país, real y no ficticia. Esta es la tarea inmediata que incumbe presidir y alentar al nuevo Jefe del Estado, con el voto de confianza que en estos momentos le otorga el pueblo español.”

Federico Silva Muñoz.“Pienso que es ésta la hora más difícil para hablar del Generalísimo Franco. Su figura vive, su obra está a la vista de todos, su dolor presente, su voz todavía vibra en nuestros oídos. Por eso, en esta hora, quisiera sobre todo destacar su sacrificio, el sacrificio entero de su vida, evidente pero quizá no valorado todo lo que se merece, porque los españoles nos habíamos habituado a él. El trabajo de cada día, ese sacrificio que crece, esa empresa que se desarrolla, esa carretera que avanza, ese niño que se hace hombre, en la paz, todo eso era posible por el sacrificio continuado de su vigilia y de las tremendas responsabilidades que asumió con decisiones que cada una de ellas comprometería la vida de cualquier hombre. Ese fue el peso de su púrpura. Esa es hoy la gratitud, el recuerdo y el amor de los españoles.”

Joaquín Ruiz Giménez. “Siento muy sincera y muy profundamente el dolor de este momento. El Jefe del Estado fue siempre comprensivo y humano conmigo y le conservo respeto y gratitud, que no he ocultado nunca. Para nada cuentan posibles discrepancias políticas frente a este agradecimiento. Comparto con su familia el dolor de este momento. Lo importante ahora es pensar en el futuro.”

Ramón Serrano Suñer. “Un juicio, ante la historia, sobre Franco, su vida, su persona, su fulgurante carrera militar, su conducta y su gestión pública, tan larga –excepcional- que abarca casi medio siglo, no puede despacharse así en un momento ni con sólo unas palabras. Un día habrá que publicar un trabajo rigurosamente objetivo y serio sobre su verdadera imagen, lo que no parece procedente hacer en esta hora emocional de su muerte.”

Marcelino Oreja Aguirre.“La noticia, aunque esperada, me ha impresionado muy dolorosamente. Era una personalidad irrepetible que ha contribuido con su carisma, su autoridad y su prestigio a la transformación socioeconómica de España. La serenidad y el respeto con que ha sido acogida su muerte entre los españoles nos revela que ha dejado un país capaz de afrontar con plenitud los cambios que exige nuestro tiempo. Pido a Dios que le acoja y nos acompañe a todos en estos momentos e ilumine al sucesor en quien están puestas las esperanzas de todo el país.”

Ricardo de la Cierva. “Por encima de todo, Franco es una época y juzgar a una época identificada con una persona es muy difícil. Aunque identificar a una persona con toda una época indica ya su importancia histórica. Franco fue aparentemente frío, pero con vetas permanentes de cordialidad. En lo personal, en Franco se pueden diferenciar dos épocas: la anterior y la posterior a 1931. En la primera de ellas, Franco fue abierto, extrovertido, amigo de tertulia. A partir de 1931, tras su choque con la política, el carácter de Franco cambia radicalmente hasta hacerse introvertido y receloso, sobre todo en la lucha política. Hablando con él, ya en sus últimos años, le gustaba sobre todo conversar sobre el primer período de su carácter y, fundamentalmente de sus años en el Norte de África, donde confesó en una ocasión «había vivido para sí mismo».”

Alfonso Pérez Viñeta. “Franco ha sido el Caudillo de todos los españoles y, por tanto, la nación entera sentirá la muerte del gran patriota. Como figura excelsa del siglo XX no dudo que figurará por sus servicios y méritos, en las páginas gloriosas de la historia universal. Sus seguidores perderemos al querido jefe, al mejor maestro, y, para algunos nos faltará nuestro padre espiritual. Su ejemplo será la mejor guía de nuestra conducta, que perdurará siempre entre nosotros. Que Dios lo acoja en su seno”.

Raimundo Fernández Cuesta. “Ante la desaparición física del Caudillo me uno de todo corazón a la inmensa pena que aflige a los españoles. Franco es un hombre que ha pasado a la inmortalidad por haber salvado a su Patria y haberle dado una de las etapas más gloriosas de su historia. La desaparición de una personalidad como Franco es un acontecimiento que tiene que producir conmoción en la vida nacional, pero no será una conmoción violenta porque entrarán en juego todas las instituciones. El tránsito, por tanto, será normal”.

José María Pemán. “Franco tenía una clara conciencia del volumen sobrecogedor de su obra. Yo escribí alguna vez que a Franco había que conocerle, no por lo que decía, sino por lo que se le escapaba. En una carta suya manuscrita que tuve ocasión de leer encontré una escapatoria espontánea que me pareció muy reveladora. Hablaba de su propia obra de gobernante y la calificaba de gigantesca, pero en seguida abría un paréntesis y decía: «Yo no soy el que debiera decirlo, pero ya está dicho: sí, gigantesca». Ya se comprenderá que teniendo esta persuasión muy legítima además tenía que parecerle mezquina toda rebaja crítica. Pero tenía conciencia clara de la necesidad de aguantar los temporales. Franco era de esa especie política poco corriente entre los españoles: un moderado. -«Si usted, mi general –le dije un día- hubiera sido orador, que no lo ha sido, España hubiera sido fascista. Pero ya lo he escrito en alguna parte, usted ha aprovechado para la eficacia todas las horas que hubiera perdido en el énfasis”.

Eduardo González Gallarza. “Gracias a él España ha llegado a una situación de paz y prosperidad. Militarmente estuve a sus órdenes, y vi su actuación en la guerra civil y en la guerra de África. Era el número uno en todo, y su sola presencia bastaba para que las cosas salieran bien”.

Alfredo Galera Paniagua. “Cuantos elogios hagamos de nuestro Caudillo quedarán pálidos. No es posible definir concretamente su gran servicio a España de quien desde bien joven sintió su amor a la Patria, y sintió el deseo de servirla; quien sacrificó su vida por estar presente al servicio del país; quien derramó su sangre cuando la Patria lo requería, bien merece que le guardemos un religioso respeto y admiración sin límites”.

Sánchez Agesta. “Es una figura histórica y la historia necesita la serenidad del tiempo. Por si vale para la historia o para quienes tienen hoy que tomar decisiones referiré unas palabras que oí de sus labios en una audiencia protocolaria que me concedió como rector: «Puede llamar, sean cuales fueran sus ideas pasadas, a todo el que tenga algún valor para la ciencia o la cultura española”.

Antonio de Oriol y Urquijo.La figura de Franco no puede quedar recogida en una breve opinión. Tiene una dimensión personal que para mí no sólo es la del gran político, sino por encima de todo la del hombre con virtudes ejemplares, muchas ocultas y que ahora se comenzarán a conocer, entregado sin limitaciones a servir a su patria. El privilegio singular, y el gran honor de haber servido a sus órdenes, primero como oficial del Ejército, y en la paz como ministro, forjó una vinculación espiritual y afectiva, que me impide ahora expresarme como yo quisiera. Su falta es mucho más que la de un jefe de Estado cualquiera. Su dimensión histórica se hará cada día mayor conforme pase el tiempo, y se analice objetivamente todo cuanto hizo para liberar a España, primero de la esclavitud a la que quisieron someterla, alcanzando para nuestra patria la victoria de todos los españoles frente a quienes querían nuestra destrucción, y luego en la paz para conducirla a través de incontables dificultades a fin de que se pueda proyectar hacia el futuro en el que la corona de España recoge ese legado del esfuerzo ingente de estos 40 años en los que toda esa obra tuvo como piedra angular la unidad de los españoles, manifestada el primero de octubre en las plazas de todas nuestras ciudades, y en estos días en esa unión callada y emocionada al proceso de que estaba acabando con la vida de nuestro Caudillo”.  

Pilar Primo de Rivera. “La verdad es que estamos muy tristes. Nos habíamos habituado a que nos sacaba de todas y vivíamos tranquilos. Quizás en el mundo no haya habido un hombre tan sereno, tan inteligente, tan seguro, que sin ningún alarde ha vencido cuantas enormes dificultades se le han presentado a España desde el año 36. Cuarenta años de historia en el eje de su persona, en los que no sólo ha salvado situaciones nacionales sino internacionales también. Aunque el mundo y Europa concretamente, a la que en circunstancias muy apuradas ayudó, no se lo agradezcan. Dios le habrá dado el premio que por su vida merece y espero que ayude a los españoles a seguir la obra que con tanta ejemplaridad y eficacia ha presidido. Y ayude también al Príncipe a seguir caminando”.

 Gonzalo Fernández de la Mora. “He estado cerca de Franco cuatro años. Con ocasión de algunos viajes oficiales he convivido jornadas enteras con él. No he conocido en nuestra clase política a un hombre menos autoritario, menos absorbente, más capaz de escuchar, más sopesador de las opiniones ajenas, y más prudente a la hora de decidir. Jamás le vi presa de la menor vehemencia. Por su sociología estaba en las antípodas del dictador. Aceptó el sacrificio de vivir en austera y disciplinada soledad para ser verdadera y ejemplar encarnación de la soberanía. Con la moral del soldado defendió día a día las posiciones españolas de la paz. Franco es el hombre de Estado más importante que ha tenido España, por lo menos, desde Felipe II. Recibió un país pobre e invertebrado, y lo ha convertido en una gran potencia industrial y en una monarquía robustamente institucionalizada. Recibió una nación de inmensa mayoría proletaria y la ha transformado en una sociedad de clases medias”.

Alfredo Sánchez Bella.“Para mí Franco fue un hombre fuera de serie. Creo que fue una figura que, por su equilibrio, su serenidad, su clarividencia, su sentido del estado, su ausencia de pasión, su objetividad, por la forma suave y a la vez enérgica de gobernar, reunió en grado eminente toda una serie de cualidades casi antípodas de las de la raza, lo que le ha permitido ofrecernos nada menos que cuarenta años de paz; algo que no ha sucedido nunca en España a lo largo de toda su historia. Naturalmente las grandes figuras se juzgan por la estela que dejan. Habrá pues que esperar quince o veinte años para poder juzgar en perspectiva su obra inmensa. Pero es innegable que la personalidad de Franco no admite parangón con ninguna obra, de ninguna otra época. Y esto lo digo con absoluta objetividad de historiador y al margen de la profunda emoción que impone esta circunstancia”.

Blas Piñar. “Para mí, Franco no ha sido sólo el Caudillo vencedor de la Cruzada Nacional y al mismo tiempo la espada más limpia de Europa. Franco es, y sobre todo será, un símbolo para la España del futuro y para todos aquellos que en cualquier lugar de la tierra sigan creyendo en los valores insustituibles y permanentes de la nación. Si Franco, el hombre, ha muerto, el símbolo, lo que Franco representa, seguirá viviendo. Por eso, cuando Franco ha muerto, yo quiero gritar con más fuerza que nunca: ¡Viva Franco!”.

Manuel Conde Bandrés. “Fue el momento en que Francisco Franco se nos convertía en historia, en la mejor y más completa historia española de todos los tiempos, hablar de su figura es tanto como caer en el tópico. Pero, como la vida y figura de un hombre tienen su espejo en su muerte, también la de Franco nos ha dado la cifra y resumen de su perfil humano: serena, aun conociendo la gravedad e irreversibilidad de su dolencia; la mano firme al timón de la nave de la patria; la cabeza lúcida en la preocupación por los problemas del país”.

Jesús Fueyo Álvarez. “Todos tenemos mucho que meditar en estos instantes históricos y dramáticos para España tanto es lo que significa Franco como para improvisar sobre lo que entraña el destino de nuestro pueblo. Por eso prefiero buscar la prudencia en la responsabilidad de mis propias palabras escritas en una efemérides gozosas, en octubre de 1964, al cumplirse los 25 años de la exaltación de Francisco Franco a la Jefatura del Estado: «cualesquiera que sean los azares que España haya de surcar por océanos de futuro, la regla o modo de conducir de Franco, dando siempre proa al tema argumental de la época, como corresponde a la dignidad milenaria de la patria, será siempre un paradigma troquelado con signo imborrable». Nunca me ha gustado citarme pero hay ocasiones, y esta es máxima y trágica, en las que hay que recordar lo que uno ha pensado. Lo que uno piensa”.

José Luis Arrese. “No es cosa fácil meternos en el día de hoy con el ánimo dispuesto a la palabra, porque todo es demasiado presente para refugiarnos en el recuerdo, y todo a la vez demasiado metido en las mallas del pasado para sólo entregarnos a la emoción presente. El Caudillo ha sido un infatigable trabajador de España y esa puede ser la mejor de las lecciones, (que sin duda, por otra parte, fue la que él mismo nos quiso legar a los españoles) hacer de nosotros un pueblo de trabajadores infatigables, pero no trabajadores de rutina, fabricantes del ruido y del humo, sino constructores de una patria hecha para todos por la ruta de la unidad, de la grandeza y de la libertad”.


 Primer día de luto.  


Julio Trenas. “LA VANGUARDIA ESPAÑOLA”. Viernes, 21 noviembre 1975.


El pueblo madrileño acudió esta mañana al trabajo conociendo la noticia del fallecimiento del Jede del Estado. En todos los rostros se apreciaba la gravedad, el impacto producido por una realidad, no por tristemente esperada menos dolorosa. El país ha vivido estos treinta y cinco días de la enfermedad de Franco, pegado el oído al transistor de radio, pendiente de las ediciones, habituales o “extras” de los periódicos, atento a cualquier noticia que pudiera suponer el más leve resquicio de esperanza en lo que ya se cernía sobre todos como un hecho ineluctable. Nada hacía sospechar, en la mañana de ayer, el decisivo agravamiento. En la sesión matinal de las Cortes, concluida poco antes de las doce, no se dio comunicación alguna por parte del presidente. Las noticias de la primera hora hablaban de estado estacionario, dentro de una situación crítica. 

Fue al darse a conocer el parte médico de la una treinta de la tarde cuando renació, y ya con visos fatales, la sensación de irrecuperabilidad. Todavía la comunicación de las Casas Civil y Militar de las ocho treinta de la tarde y otra producida a las once y treinta de la noche acentuaban la evolución desfavorable. Ya el país se aprestaba a lo peor. Esta sensación quedó acentuada por el cambio de la programación en Televisión Española y Radio Nacional de España: sus espacios mudaban los temas ligeros y alegres por otros de mayor seriedad, de acuerdo con las angustiosas circunstancias. Con esta impresión se acostó el pueblo madrileño, para levantarse con la certidumbre de la noticia.

Se comentaba ayer en las Cortes la posibilidad de que Franco muriese el mismo día en que treinta y nueve años antes, murió José Antonio Primo de Rivera, fusilado en la prisión de Alicante. Y ha sido así, casi a la misma hora. José Antonio moría a las seis aproximadamente de la mañana de aquel noviembre de 1936. Franco ha entregado su alma a Dios poco antes de las cinco y media de esta mañana de noviembre de 1975. En la Residencia Sanitaria de La Paz, sobre un pequeño monolito que recuerda la inauguración del edificio por el Caudillo, el 18 de julio de 1964, se izó una bandera a media asta. Había un temblor doloroso, insuperable por la obligación comunicativa del momento, en la voz del ministro de Información y Turismo, don León Herrera Esteban, al leer a los informadores, a las seis y cinco de la mañana, la triste noticia. Una hora antes, a las cinco, las Casas Militar y Civil habían comunicado que la enfermedad del Generalísimo entraba en su fase final. 

A esa misma hora, el presidente del Gobierno y el ministro de Justicia, notario mayor del Reino, acudieron al edificio, haciéndolo poco después don Alejandro Rodríguez de Valcárcel, presidente de las Cortes, del Consejo del Reino y del Consejo de Regencia. Este último, integrado además por monseñor Cantero Cuadrado y el teniente general Salas Larrazábal, reunido en el palacio de las Cortes, ha asumido automáticamente la Jefatura del Estado en nombre del Príncipe de España. Cuando escribo estas líneas, una furgoneta aguarda en la fachada posterior del pabellón general de La Paz y hay preparada para escoltarla una caravana de 15 automóviles. En este furgón fue trasladado poco después de El Pardo el cuerpo del Generalísimo Francisco Franco Bahamonde. En el palacio donde rigió España, con pulso sereno y entrega total de su vida y sus afanes, se ha instalado la capilla ardiente privada, que agrupará en torno al cadáver del Caudillo, el dolor de su familia. Se ha rogado que nadie trate de acudir a este duelo familiar. Quienes unidos a él por la sangre vieron cómo Franco entregaba toda su vida al país, tienen derecho a permanecer íntimamente junto a él en estos momentos de terrible dolor. Mañana, a partir de las ocho y hasta el domingo, todo el pueblo español podrá acudir a rendir el postrer homenaje de una oración al Jefe del Estado español. Monseñor Enrique y Tarancón ha dirigido una exhortación a los fieles de la diócesis madrileña en la que expresa su dolor por el trance histórico y pide a los españoles superar cualquier causa de discrepancia entre hermanos.           

No se ha suspendido el acto de recuerdo a José Antonio Primo de Rivera en el Valle de los Caídos, que será presidido por el vicesecretario general del Movimiento don Antonio Chozas Bermúdez. El país, España entera, en silencio y recogimiento, vive este primer día de luto, íntimo, por Francisco Franco, artífice de una paz que continuará, como Rey, después de la jura solemne que el sábado tendrá lugar en el palacio de las Cortes, el Príncipe de España, don Juan Carlos de Borbón. Un capítulo de la historia, difícil y heroico, se cierra con la muerte de Franco. Otro capítulo, de continuidad en la esperanza, se abre con la figura del preconizado Rey de los españoles”.


  La muerte de Franco en la prensa Española.


La mayoría de los diarios nacionales dedicaron ayer una edición extraordinaria, y, desde luego, la totalidad prolongó el funcionamiento de sus rotativas para ofrecer la noticia del fallecimiento del Jefe del Estado, coincidiendo, a gran tamaño tipográfico, con el “Franco ha muerto” en la cabecera de sus portadas. Del parcial contenido de sus respectivos editoriales hacemos único tema de esta página en la que está siempre la opinión ajena, aunque en esta ocasión resulte una opinión compartida, unánime.

 


"Ya"


“El hueco que deja Francisco Franco en la vida española y el espacio que pasa a ocupar en la historia es tan grande, que cualquier superlativo no haría más que empequeñecerlo. Ha muerto el Jefe de un Estado; pero, sobre todo, el fundador de un Estado y de una era histórica a la que con toda justicia se ha dado su nombre y que con él termina”, dice hoy el diario “Ya” en un editorial referente al fallecimiento del Jefe del Estado y que titula “En la muerte de Francisco Franco”.

“La tarea que ahora espera al Príncipe de España –dice más adelante el citado rotativo-,  sucesor de Francisco Franco a título de rey, es presidir la edificación del sistema representativo que debe completar al sistema de poder.”

“Para esa labor –prosigue-, que debe ser la clave de su reinado, don Juan Carlos de Borbón, tiene derecho a contar con la adhesión fervorosa de todos. Sin exclusivismos, pues precisamente se trata de acoger a todos con las peculiaridades que impone el pluralismo de nuestra sociedad actual. Pero también con el sentido de responsabilidad, que ha de ser asimismo distinto de la época histórica que ahora se inicia.”

 


"Informaciones"


El vespertino “Informaciones”, en una edición extraordinaria, publica una nota editorial, titulada “Silencio”, en la que dice, entre otras cosas: “un solemne y devoto silencio atenaza hoy al país. La noticia es como el título de estas líneas: sobrio funeral. Hemos perdido al hombre excepcional que condujo nuestro pueblo a lo largo de treinta y nueve años. Ahí reside el luto y el dolor que ahora embarga nuestra patria”.

“La sobriedad que el momento exige va de la mano –precisamente- del mecanismo legal y constitucional elaborado por quien hoy falta para cuando él falta”. Y añade: “La noticia es un impacto a recibir de pie. Nadie puede quitarnos el dolor. Pero, gracias a los años de paz de Franco, nadie puede tampoco sustraernos la serenidad”.

 


"Nuevo Diario"


Bajo el epígrafe “Franco”, dice: “La tensión que estos días el país ha padecido, era el fruto de un sentimiento desbordante, de un deseo que no entiende del destino de los hombres. Ese sentimiento y ese deseo siguen ahí. Franco, el hombre, ha muerto. Pero los españoles lo hacen vivir en el sentimiento de su muerte”.

“Franco ha muerto. No es el momento del lamento, sino del sentimiento, y del seguir adelante. En la historia de los pueblos todo está previsto, y sobre todo, la muerte de quienes los dirigen. Si no fuera así, los pueblos no tendrían historia y morirían con sus dirigentes.”

 


"Arriba"


El diario “Arriba”, en un editorial titulado “En el amor de su pueblo”, se refiere especialmente a la labor de estadista del Caudillo. “Condujo al país de tal forma que sólo pretendió (y en estos momentos hay que desear ardientemente que así sea) que la guerra civil 1936-1939 fuera la última de una nación castigada por la sangre”.

El diario del Movimiento dice más adelante: “Toda su vida como Caudillo de un período excepcional por tantos motivos, estuvo marcada por el signo de la previsión”. Y concluye: “Ha llegado el gran momento. Es hora de tristeza para la patria. Es momento de zozobra, porque la presencia de la persona de Franco se había convertido en algo natural para los españoles. Pero no es hora de paralizarse, ni de exaltarse. El gran heredero de Franco no es ningún grupo, ni ninguna facción, ni ninguna tendencia. Es el Príncipe. Es el pueblo. A este pueblo le queda ahora el decidir con su conducta. Los caminos del futuro que acaba de comenzar están allanados en la legalidad querida e institucionalizada por el español sin adjetivos que lo ha conducido durante más de treinta y nueve años fértiles”.

 


“Tele/eXpres”


“Tele/eXpres”, en recuadro titulado “Franco, Juan Carlos y el pueblo”, dice en uno de sus párrafos: “Las previsiones sucesorias minuciosamente preparadas por Francisco Franco, han acertado a identificarse con los deseos del pueblo, que, coincidiendo en ello tirios y troyanos, no quiere poner en juego una paz que, como la octaviana para un período de la historia de Roma, será en el futuro conocida por la paz de Franco. Los mecanismos legales están ya funcionando a pleno rendimiento y a plena satisfacción. Y  buena prueba de ello es el orden y la serenidad con que, a la par con la turbación ante una noticia no por esperada menos dolorosa, en los momentos de mal pergeñar estas líneas el pueblo español se está enterando del fallecimiento de quien, hasta este momento, ha sido el Jefe del Estado.

Queda, con ello, trazada la línea del inmediato futuro, que debe poder definirse como la etapa en que el pueblo español asume más plenamente la responsabilidad de sus destinos: un destino que, bajo la dirección del hasta ahora Príncipe de España y Rey dentro de pocos días, debe conjugar la paz, el trabajo, la igualdad ante la Ley, las garantías jurídicas y la mayor participación de todos en las decisiones públicas.

Para que realmente los primeros pasos de esta nueva etapa conduzca hacia un futuro de mayor participación de todo el pueblo, no podemos dejar de desear que, también en esta ocasión solemne, se conceda generosa la gracia de remisión de penas, acostumbrada en los momentos iniciales de un reinado. Los españoles debemos olvidar nuestras querellas para siempre”.

 


“La Prensa”


Con la firma de Emilio Romero, en “La Prensa”, un artículo a toda plana, y título de “Franco”, que concluye con este párrafo: “Volveremos a escribir durante mucho tiempo sobre esta gran figura, en virtud de la huella profunda que va a dejar tanto por las realizaciones alcanzadas como por las perplejidades que plantea su desaparición respecto al futuro.

Resulta verdadero que sin perjuicio del buen funcionamiento de los mecanismos constitucionales, donde la sucesión aparece asegurada y no hay una sola vacilación jurídica de poder, el vacío que produce la muerte del General Franco no es posible llenarlo con ninguna constitución. Ese es el precio que hay que pagar cuando desaparecen los hombres de excepción. Cuando la historia hace nacer, y luego arranca a las grandes figuras, se produce una situación donde los pueblos tienen que dar la medida de su grandeza histórica para que la necesidad de vivir y el recurso inevitable, no sean contradictorias.

Durante toda una vida Franco ha cumplido rectamente, heroicamente, con su deber. Ahora es el pueblo español –único depositario del poder y de la influencia de Franco- quien tiene que dar la medida de su serenidad, de su realismo y de su capacidad de concordia”.  


“Dicen...”


El diario deportivo “Dicen...”, dedica su primera página tipográfica al fallecimiento del “primer español”, y de su texto, este comentario: “Un enigma que no lo es, que no puede serlo, para ningún español. Mucho menos en este momento doloroso de su pérdida. Franco ha sido el gobernante providencial que ha dirigido el timón de los destinos de España con singular firmeza y serenidad, sin que jamás flaqueara su pulso, ganándose así la confianza de todos los españoles. Unos españoles en los que en este momento, están todos y, estándolo, estamos también los barceloneses y los deportistas. Los barceloneses, porque el Caudillo, en sus numerosas visitas a Barcelona, ha dejado constancia de su cariño a las tierras catalanas; los deportistas, porque también ha mostrado en todo momento su atención a esta faceta de la vida. Y nosotros, como diario barcelonés y especializado en deportes, no podemos estar al margen de esta circunstancia.

Queremos, por encima de todo, dejar constancia de esa adhesión inquebrantable, más allá de su misma muerte, a la figura y a los postulados del Caudillo. Y al hacerlo, darle las gracias porque su clarividencia ha permitido que España se apreste a vivir, ahora bajo la dirección del Príncipe de España, ya a punto de ser el Rey de todos los españoles, a seguir la trayectoria de engrandecimiento en un ambiente de convivencia y paz que ha de servir para que España prosiga su ascensión según quería y forjó Francisco Franco”.

  Misa "corpore in sepulto" en el palacio de El Pardo. Homilía del Cardenal Tarancón.

 

Durante el transcurso de la celebración de la misa el celebrante, cardenal Tarancón, pronunció la siguiente homilía:

“La vida de los justos está en manos de Dios” (Sap. 3,1). Yo que como sacerdote he pronunciado tantas veces estas palabras, siento hoy una especialísima emoción al repetirlas ante el cuerpo de quien, durante casi cuarenta años, con una entrega total, rigió los destinos de nuestra patria.

En esta hora nos sentimos todos acongojados ante la desaparición de esta figura auténticamente histórica.

Nos sentimos, sobre todo, doloridos ante la muerte de alguien a quien sinceramente queríamos y admirábamos. Hay lágrimas en muchos ojos y yo quiero que mis primeras palabras de obispo sean para recordar a todos, a la luz de nuestra fe cristiana, que los muertos no mueren del todo, que la muerte no es fin, sino principio, que es la puerta de la vida verdadera, el ingreso en la casa del Padre.

Todos nos vamos, todos caemos, pero los creyentes sabemos que «hay alguien que acoge esa caída con suavidad inmensa entre sus manos». Francisco Franco, después de una larga vida, cargada de enormes, de tremendas tareas y responsabilidades, está ya en las manos de Dios, manos justas y misericordiosas, manos paternales.

Y como todos necesitamos de la misericordia de Dios, nos hemos reunido aquí para acompañarle en esta hora con nuestra oración, con el sacrificio redentor de Cristo, para que alcance esa misericordia del Padre que todos necesitamos.

Nos hemos reunido para esto, para rezar. No esperar de mis palabras ni un juicio histórico, ni tampoco un elogio fúnebre. Ni es este el momento de tales juicios, ni es función de la Iglesia el formularlos. La Iglesia es madre. Su función es amar. Y ante el cuerpo del hijo que se ha ido a la casa del Padre casi el único modo de amar es rezar.

Todos necesitamos la oración de todos. Y quizá más que nadie aquellos a quienes Dios ha encomendado la tremenda tarea de mandar o dirigir.

Los medievales habían entendido bien esta hora final cuando, en sus “danzas de la muerte”, pintaban a reyes, gobernantes, papas, cardenales, obispos, ricos y guerreros, dejando sus coronas, sus entorchados, sus mitras, sus tesoros y sus espadas, para llegar ante Dios desnudos e inermes.

Sin embargo, no llegamos desnudos ante Dios. El bautismo es nuestro vestido, las buenas obras son nuestro equipaje, el único que tiene valor en esta hora. Como decía San Juan de la Cruz, “a la caída de la tarde seremos examinados de amor”.

Y este amor de Francisco Franco es el que puedo elogiar yo en esta hora. Cada hombre tiene distintas maneras de amar. La del gobernante en la entrega total, incansable, llena a veces de errores inevitables, incomprendida casi siempre, al servicio de la comunidad nacional.

El Concilio Vaticano II no dudó en proclamar la nobleza de este oficio de servir a la patria desde el difícil puesto de la política: “la Iglesia alaba y estima –dice- la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la comunidad pública y aceptan las cargas de este oficio”. Y en otro lugar exhorta a “quienes son capaces de ejercer ese arte tan difícil y tan noble que es la política” y “ejercitarlo con olvido del propio interés”.

Creo que nadie dudará en reconocer aquí conmigo la absoluta entrega, la obsesión diría incluso, con la que Francisco Franco se entregó a trabajar por España, por el engrandecimiento espiritual y material de nuestro país, con olvido incluso de su propia vida. Este servicio a la patria –lo he dicho ya en otra ocasión- es también una virtud religiosa. No hay incompatibilidad entre el auténtico amor a la patria y la fe cristiana. Si alguna forma de incompatibilidad existiera, es porque se entiende mal el amor a la patria o porque se vive mal la fe cristiana. Porque el servicio a la comunidad degenera en falso nacionalismo o porque la fe se pone, no al servicio del Evangelio, sino al de una ideología humana.

El amor a Dios no puede oponerse al amor a los hermanos que Él ha colocado en torno nuestro. Quien ama a sus hermanos está amando a Dios. Quien sirve a la comunidad, a su desarrollo, a su bienestar, a su unidad, cumple un deber que para los cristianos es un deber sagrado, una consecuencia de su misma fe.

Quien tanto y tanto luchó hasta extinguirse por nuestra patria presentará hoy en las manos de Dios este esfuerzo que habrá sido su manera de amar, con limitaciones humanas, como la de todos, pero esforzada y generosa siempre. Yo estoy seguro de que Dios perdonará sus fallos, premiará sus aciertos y recompensará su esfuerzo. Nosotros, con nuestra oración de hoy, le acompañaremos para que ese perdón y ese reconocimiento sea completo.

Él ha muerto uniendo los nombres de Dios y de España, como acabamos de oír en el último mensaje. Gozoso porque moría en el seno de la Iglesia de la que siempre ha sido hijo fiel.

Yo me atrevería a dar a este acto otro significado más. No basta con rezar por los muertos. Siempre hay algo que aprender de ellos, todos. Me parece que en este momento a la oración por el Jefe del Estado fallecido y por la patria, hemos de unir todos una promesa firme, serena, comprometida. La muerte del Caudillo nos recuerda que la obligación de trabajar y sacrificarse por la patria no es sólo función de los que gobiernan, sino de todos.

Todos somos responsables de que todos los españoles gocen de la libertad y los medios suficientes para desarrollar su propia personalidad y para mantener su dignidad de hombres y cristianos.

Pienso que ante este cadáver debemos formular todas las promesas de borrar todo cuanto pueda separarnos y dividirnos, la de olvidar nuestros egoísmos e intereses personales, la de evitar cualquier tipo de partidismo excluyentes que puedan entorpecer esa felicidad de todos. El respeto, el diálogo, la aceptación de las diferencias lícitas debe sustituir a la lucha. La convivencia debe borrar los exclusivismos

Todos tenemos una gran tarea ante nosotros. Tendremos que recoger cuanto de positivo se ha construido en estos años, tendremos que mejorar cuanto quedó a mitad de camino, tendremos que superar cuanto pueda dividirnos y aceptar lo que deba diferenciarnos, tendremos que trabajar todos juntos para que la justicia, la libertad, el amor y la paz creen un clima de convivencia fraternal de la que nadie se deba sentir excluido siempre que esté dispuesto a colaborar al bien de todos.

En esta hora decisiva para nuestro país y ante el cuerpo del hermano que acaba de abandonarnos, creo realizar el mayor homenaje hacia él y cumplir, al mismo tiempo, mi misión de obispo llamando a todos los españoles a la unión, a la concordia, a la convivencia fraterna. Es ésta, lo sé, “una tarea difícil”, como hemos dicho en un reciente documento los obispos españoles. Pero “es también una tarea posible y, por tanto, obligatoria”.  El destino de España en esta hora importante está en las manos de Dios. Pero está también en las manos de todos nosotros: Si todos cumplimos con nuestro deber, con la entrega con que la cumplió Francisco Franco, nuestro país no debe temer por su futuro.

No es esta hora de tragedias ni de pánicos. Es hora de que todos los españoles cumplamos con nuestro deber de servicio a la comunidad. Yo pido este esfuerzo, como español, a todos los españoles. Yo os lo pido a todos los cristianos como obispo. Este compromiso será, junto a nuestra oración, el mejor regalo, el mejor elogio, que podemos hacer a quien acaba de dejarnos. Que el Señor le ayude a él y a nosotros en esta hora. Que a nosotros nos dé el coraje y a él el descanso. Que a nosotros y a él no dé su paz.”
  Franco: una época, un reinado, una clave, una imagen

Ricardo de la Cierva. “EL CORREO CATALÁN”. 21 de noviembre de 1975.


Cuando el profesor Ramón Tamames pensaba en un título para el período histórico que se abre en 1936 se decidió por este: “La era de Franco”. Arriesgada figura histórica quizás: pero certera descripción política. No se puede llamar posguerra a una cosa que dura ya más de siete lustros; y que, sea cual sea la etapa o la inflexión o el viraje siguiente, va a marcar históricamente, por continuidad, reacción, antítesis o síntesis, las décadas próximas.

Estamos, pues, ante el panorama de una época; porque no solo el período, sino lo que se ha dado en llamar el franquismo no es, por más que se haya intentado en 1937 y en 1974, un partido: ni simplemente un régimen.

El franquismo es, por encima de todo, una época que al menos en su versión ortodoxa, irrepetible, parece en trance de penetrar, estos días, estas horas, en la historia. Desde el punto de vista formal se han estrellado, en la descripción política de esta época, muchas clasificaciones.

Los politólogos más ponderados, como el profesor español de Yale, Juan Linz, opta por las acotaciones negativas. El régimen de Franco se inscribe entre los de tipo “autoritario no fascista”. Cuando el propio régimen se define, desde 1947, como una monarquía, todo el mundo tiene que pensar que se trata de una monarquía que sucederá al régimen; pero el régimen se está definiendo asimismo. “Somos una monarquía sin realeza –decía Franco no muy lejos de esa fecha- pero somos una monarquía”. Desde años antes adoptaba ceremonial y reclamaba privilegios atribuidos por la historia a los reyes; aunque para hablar de nuestras dinastías –cuyos funerales gustaba de presidir- Franco solía añadir, hasta bien entrados los años cincuenta, un inciso: “Reyes y caudillos que hicieron a España”.

Un grande de España, teniente general, ilustre historiador y académico, compañero de armas de Franco –Carlos Martínez de Campos, duque de la Torre- lo vio muy bien; por eso terminó uno de sus serenos artículos de política militar con una frase que provocó anchos comentarios: el reinado de Francisco Franco.

Este ha sido un largo reinado. A pesar de su admiración teórica por los Austrias, y de su 

repudio dramático contra el siglo XVIII, Franco no ha sido sucesor de Carlos II sino de Carlos III; no obstante su declaración, sorprendente solo para quienes no lo conozcan, de que “nuestras cruzada se hizo contra la enciclopedia”. Claro que habría que matizar. Este ha sido un despotismo ilustrado sin ilustración; o mejor, con ilustración burocrática, que no intelectual.

Un despotismo ilustrado con Campomanes pero sin Jovellanos; con inútiles nostalgias del marqués de la Ensenada; con Floridablanca y jesuitas relativamente revueltos durante algún período; bien separados, afortunadamente, desde la mitad y enfrentados como es debido en la recta final.

Una clave; aunque múltiple. La clave ideológica: la proclamación tan sincera como negativa del esquema unitario joseantoniano en el discurso de la Comedia.

La clave institucional: Iglesia y Ejército, con presunta transfusión de infalibilidades y legitimaciones; por eso Franco, que enfeudó su régimen a una concepción de la Iglesia en una ley fundamental no pudo aceptar el mensaje del Concilio como transfiguración, sino todo lo más como discutible paréntesis en la evolución de la Iglesia; y puede que la reorientación de la Iglesia haya sido la conmoción más profunda e irreversible en el hermético pensamiento de Francisco Franco.

El Ejército, columna vertebral, origen de su poder personal, objeto primario de su atención política, mucho más que de su atención militar; si el problema de la iglesia puede plantearse en sentido restrictivo con recurso a las vivencias de otra iglesia mitificada como legitimadora –y permanente por su propia esencia “anterior”- no cabe plantearse problemas políticos en torno al Ejército; y cuando, en las primeras épocas, se quisieron plantear –1934, 1947, 1956- la solución cortó, inapelable, el planteamiento. La clave política: lo que se llamó primero la Falange –la FET, no la joseantoniana- después del Movimiento, después del franquismo, es decir, la aguerrida cohorte política inasequible al desaliento legitimada por Raimundo Fernández Cuesta, impulsada y resucitada por José Antonio Girón, articulada por José Luis de Arrese, prolongada por José Solís, teñida de futuro por Alejandro Rodríguez de Valcárcel. “Creo que España