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Carmen Polo de Franco


L. Carrero Blanco


José Calvo Sotelo


F. Vizcaíno Casas



Lo que escribieron y dijeron aquel 20 de noviembre de 1.975.

Eduardo Palomar Baró.
  22 de noviembre de 1.975.

 Adiós a Franco.


Manuel Pombo Angulo.“LA VANGUARDIA ESPAÑOLA”. Sábado, 22 de noviembre de 1975.


Ayer, los españoles, pese a todas las severas indicaciones en contra, tomaron el camino de El Pardo. Era una marea decidida y silenciosa. Fue inútil que se intentara disuadirles. Franco había muerto y se había dejado, por fin y sin testigos, el dolor familiar. Pero Franco era de todos. También de ellos, que no querían perder su último perfil, que no querían esperar a la mañana siguiente para decirle adiós, para entreverle, por última vez, en esa inmovilidad de los túmulos oficiales, en el mismo lugar donde en tantas y excepcionales ocasiones se habían congregado para vitorear su nombre, vivo. La misa “corpore in sepulto”, no fue, como se había pensado, un dolor inmenso, pero reducido a los familiares, personalidades y allegados.

Fue la emoción de un pueblo, que desbordaba el reducido recinto sacro, que rezaba y lloraba, bajo el cielo de los fieles, porque Franco, su Francisco Franco, no era ya de este mundo.

Era el comienzo de una apoteosis dolorosa que quería rendir al Caudillo, no sólo su adiós. También la espera de este adiós, que muchos están seguros de no poder alcanzar materialmente, porque son muchos más de un millón de personas las que esperan y, según los cálculos más aproximados, unos dos mil quinientos los que, pese a toda organización y premura, desfilan ante él cada hora. A las siete y media de la mañana, media hora antes de que se iniciase la popular y triste despedida, la fila de los que aguardaban llegaba a la Puerta del Sol, por un lado, más allá de la plaza de España, por otro, un kilómetro largo, en frentes de diez, para que ustedes se hagan cargo.

Los balcones se habían cuajado de banderas, de colchas drapeadas, de sencillas sábanas, con crespones negros. Muchas más que las de ayer. En el avance primero, se tardó una hora, poco más o menos, en llegar a las puertas de palacio. Después, incesantemente, fueron llegando nuevos grupos. Hombres maduros, jóvenes, mujeres, ancianos, niños... Mucha juventud, mucha.

La fila sobrepasaba la Puerta del Sol por toda la calle de Alcalá, daba la vuelta en torno a la plaza de Ramales, cerca del teatro de la Ópera, y volvía a encauzarse. Por la plaza de España, descendía hasta el final de los jardines del Campo del Moro, bordeaba el Manzanares y llegaba al estadio Calderón. Piensen ustedes en más de dos kilómetros y no se equivocarán. Y aumentaba cada vez. Lo asombroso era el orden, la disciplina. Se avanzaba paso a paso.

Se sabía que, de llegar, se tardaría siete, ocho horas, quizá. Que quizá, como dije, no se llegaría. Y, sin embargo, nadie desertaba, nadie dejaba oír una protesta, nadie intentaba ocupar un puesto que no fuese el suyo.

Franco, yacía en un túmulo, con un gran crucifijo sobre él y, al fondo, la estatua de Pompeyo Leoni, del césar Carlos V con el furor vencido a sus pies. A la entrada, frente a la gran escalera, ramos de flores, cientos de ramos de flores y coronas. Un silencio absoluto, que sólo rompían las músicas sacras, y el aroma de estas flores de España, rosas solitarias unas, estallidos de luz y colores otras.

El silencio se unía al vacío. Sólo las banderas, sostenidas por hombres inmóviles como estatuas. Las banderas de las que siempre, y abierta y protectora para todos, quedara la sombra. Y el pendón del Caudillo, con su gran lazo negro. Arriba, los techos de Lucas Jordán y el Tiépolo. A la izquierda, los tapices. A la derecha un reloj que marcaba, en su fina porcelana, una hora histórica.

Todo el mundo avanzaba como de puntillas; no se escuchaba un rumor. Franco, escoltado por los suyos, entre los turnos velatorios, yacía en paz ya. Esa paz que nos había deseado. Le vimos de lejos. Sólo podíamos persignarnos ante él. Después, seguimos andando mientras otros nos sustituían, y nos quedó su imagen, vestido de capitán general de los Ejércitos, aguda, todo perfil, como una medalla de cera.


 Silencio y orden impresionantes.


 

José Oneto. “LA VANGUARDIA ESPAÑOLA”. Sábado, 22 de noviembre de 1975.


Hoy, poco antes de la una de la tarde, el Príncipe don Juan Carlos de Borbón y Borbón, hijo del conde de Barcelona y nieto de Alfonso XIII, será proclamado solemnemente Rey de España con el nombre de Juan Carlos I.

Con la proclamación del rey, nombrado sucesor por Franco en julio de 1969, una nueva etapa política se abre en España y una Monarquía que fue derribada por una República en 1931, será el sistema político que se instaurará en don Juan Carlos de Borbón para quien el general Franco, en un testamento hecho público ayer por el presidente del Gobierno, ha pedido todos los apoyos y lealtades.

Anoche, a las diez, continuaban los preparativos en el interior del palacio de las Cortes Españolas y el hemiciclo, totalmente iluminado por los focos especiales de las grandes solemnidades, era escenario de una gran actividad. Acababa de instalarse la moqueta especial de color azul en los lugares donde (a la derecha del vicepresidente, que presidirá la primera parte de la sesión) se instalará el Consejo de Regencia y, posteriormente la familia real, compuesta por la Princesa Sofía y sus hijos los infantes Felipe, Elena y Cristina. En el lugar donde normalmente se sitúan los taquígrafos se han puesto sillones especiales para el Consejo del Reino. Según el programa previsto la primera parte del acto será presidida por el vicepresidente primero de la Cámara, y tras la lectura del ceremonial, se levantará la sesión.

El Consejo de Regencia saldrá a recibir a los Príncipes, que entrarán por la puerta principal del palacio, por donde sólo hasta el momento solía hacerlo el general Franco en las inauguraciones de las legislaturas, cada cuatro años.

El adiós.

Mientras tanto, el desfile de millares de españoles frente al féretro de Francisco Franco ha sido continuo, con un intervalo de treinta personas por minuto y con un orden absoluto. El féretro, que estará expuesto durante cincuenta horas, yace sobre una tarima inclinada con todas las condecoraciones del Generalísimo. Dentro, el cuerpo del Caudillo, con algunas huellas de sus 38 días de enfermedad que no han podido ser disimuladas por los embalsamadores. En el borde del labio superior parece haber alguna huella de sonda o de respirador, y sobre la ceja derecha parece detectarse una ligera escoriación.

Durante todo el día, el desfile ha sido constante y se ha llevado en un silencio y en un orden impresionantes.

Ex combatientes.

Por otra parte, el aeropuerto de Barajas se ha convertido en lugar de recepción de decenas de personalidades que llegan para las honras fúnebres del domingo. Igualmente esta noche ha comenzado el desplazamiento de 70.000 ex combatientes pertenecientes a las distintas agrupaciones que engloba la Confederación y que estarán presentes el domingo en el Valle de los Caídos para rendir el último homenaje al Caudillo en el momento del entierro.

Según se sabe, los ex combatientes, pertenecientes a la casi totalidad de las provincias españolas, acudirán directamente al Valle de los Caídos y parece que no pasarán por la capital española.

Tras los funerales en el Valle, donde también reposan los restos de José Antonio, los ex combatientes regresarán a sus puntos de origen sin pasar por Madrid. Esta movilización estaba ya prevista desde hace más de un mes y constituía uno de los puntos clave de la llamada “Operación Lucero”, puesta en marcha en el momento de la muerte del Jefe del Estado.

Según fuentes allegadas a miembros de la Confederación, los asistentes a la ceremonia del Valle se limitarán, según las consignas recibidas, a dos principales eslóganes: “Francisco Franco, presente” y “Viva el Rey”.


  Franco hombre creyente.


Es el título de un documento del cardenal primado de España y arzobispo de Toledo, don Marcelo González Martín, que publicó ayer el diario madrileño “ABC”. El texto del artículo es el siguiente:

“Yo no entro a juzgar la obra de Franco desde el punto de vista político. No es mi misión. Para mí hay otros valores más altos, sin los cuales la política, a la larga, tiene siempre algo de obligada frustración. Valores que se llaman paz, progreso ordenado, uso ponderado de la libertad, anhelo de justicia, trabajo creador, y, por encima de todo, sentido religioso de la vida que da a las empresas humanas, individuales o colectivas, la categoría suprema que ennoblece a los hombres.

Magnanimidad, prudencia, sentido religioso

Creo que durante los años que hemos vivido bajo la dirección de Francisco Franco, este conjunto de valores ha brillado con fulgor suficiente en la vida nacional como aspiración nobilísima, como logro alcanzado en grandes proporciones y como estímulo permanente para un perfeccionamiento progresivo y constante al cual ningún pueblo tiene derecho a renunciar.

Como gobernante de un país que pasó por una de las mayores tragedias que pueden amenazar la supervivencia de un pueblo, han brillado en él dos excelsas cualidades: la magnanimidad y la prudencia. Pienso que estas dos virtudes, tan sabiamente practicadas, explican algo del secreto de ese prodigio que hoy se da cuando el pueblo sencillo habla de él más que como jefe de un padre de la Patria.

Pero, sobre todo, he admirado siempre en él su sentido religioso-católico, tan noble y tan profundo. Me parece que su comportamiento tan ejemplar, público y privado, en esta materia, tiene una significación excepcional en este mundo moderno en que el hombre, frente a los sistemas políticos que tratan de conducir a la sociedad, se siente interiormente, cada vez más desamparado y más solo, es decir, menos hombre.

Las relaciones Iglesia-Estado

Y esto es distinto de las relaciones concretas entre la Iglesia y el Estado en cuanto se refiere a los cauces jurídicos por donde éstas deben discurrir. Accidental y temporalmente puede haber situaciones en que éstas se entorpecen por múltiples motivos, hasta que un diálogo continuado, lleno de amistad y de respeto termina por eliminar las dificultades originadas hasta lograr un esclarecimiento que permite ver mejor cómo hay que regular, por el bien de los ciudadanos y de los miembros de la Iglesia, la necesaria armonía y la necesaria independencia. De ambas condiciones, fundamentales en una actuación de alta política y vigorosamente actuales después del Concilio Vaticano segundo, habló Franco con la discreción que le era habitual.

“La vida del hombre están en manos de Dios”

Han sido muchas las cosas que han sucedido en España desde 1931 para que este asunto pueda ser tratado con ligereza. Un futuro no demasiado remoto nos enseñará a todos a comprender mejor lo que todavía es presente. Es un tributo que hay que pagar casi siempre. Ojalá, en medio de los avatares que puedan producirse, no nos conduzca a una funesta disminución del sentido religioso de la vida. Y éste no se da cuando no hay una fe viva en un Dios personal y trascendente.

Un día y en un momento propicio a la confidencia, me atreví a preguntarle: ¿Es cierto que Vuestra Excelencia no ha perdido nunca la serenidad en tales circunstancias?. Y Franco me contestó: “Jamás, siempre he creído que la vida del hombre está en manos de Dios”.

  Histórica ceremonia en las Cortes. Juramento y proclamación.  


A las doce y cuarto del mediodía del sábado, 22 de noviembre de 1975, ha comenzado la Sesión Plenaria de las Cortes Españolas, en el transcurso de la cual ha prestado juramento y ha sido proclamado Rey de España don Juan Carlos de Borbón y Borbón.

Tomó el juramento el presidente de las Cortes y del Consejo de Regencia, en presencia del ministro de Justicia, y el ritual se desarrolló de acuerdo con el siguiente texto:

Palabras de Alejandro Rodríguez de Valcárcel:

“Señor: ¿Juráis por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional?”.

El príncipe don Juan Carlos de Borbón contestó:

“Juro por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional”.

A continuación el presidente de las Cortes Españolas y del Consejo de Regencia:

“Si así lo hiciereis, que Dios os lo premie y si no, que os lo demande”. “En nombre de las Cortes Españolas y del Consejo del Reino, manifestamos a la nación española que queda proclamado Rey de España don Juan Carlos de Borbón y Borbón, que reinará con el nombre de Juan Carlos Primero. Señores procuradores, señores consejeros, desde la emoción en el recuerdo a Franco, ¡Viva el Rey! ¡Viva España!”


 Primer mensaje de Juan Carlos I


“En esta hora cargada de emoción y esperanza, llena de dolor por los acontecimientos que acabamos de vivir, asumo la corona del Reino con pleno sentido de mi responsabilidad ante el pueblo español y de la honrosa obligación que para mí implica el cumplimiento de las leyes y el respeto de una tradición centenaria que ahora coinciden en el Trono.

Como Rey de España, título que me confieren la tradición histórica, las Leyes Fundamentales del Reino y el mandato legítimo de los españoles, me honro en dirigiros el primer mensaje de la Corona que brota de lo más profundo de mi corazón.  

Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco, será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la Patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista, ha consagrado toda la existencia a su servicio.

Yo sé bien que los españoles comprenden mis sentimientos. Pero el cumplimiento del deber está por encima de cualquier otra circunstancia. Esta norma me la enseñó mi padre desde niño, y ha sido una constante de mi familia, que ha querido servir a España con todas sus fuerzas.

Hoy comienza una nueva etapa de la historia de España. Esta etapa, que hemos de recorrer juntos, se inicia en la paz, el trabajo y la prosperidad, fruto del esfuerzo común y de la decidida voluntad colectiva. La Monarquía será fiel guardián de esa herencia y procurará en todo momento mantener la más estrecha relación con el pueblo.

La institución que personifico integra a todos los españoles y hoy, en esta hora tan trascendental, os convoco porque a todos nos incumbe por igual el deber de servir a España. Que todos entiendan con generosidad y altura de miras que nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional.

El Rey es el primer español obligado a cumplir con su deber y con estos propósitos, en este momento decisivo de mi vida, afirmo solemnemente que todo mi tiempo y todas las acciones de mi voluntad estarán dirigidos a cumplir con mi deber.

Pido a Dios su ayuda para acertar en las difíciles decisiones que, sin duda, el destino alzará ante nosotros. Con su gracia y con el ejemplo de tantos predecesores que unificaron, pacificaron y engrandecieron a todos los pueblos de España, deseo ser capaz de actuar como moderador, como guardián del sistema constitucional y como promotor de la justicia. Que nadie tema que su causa sea olvidada, que nadie espere una ventaja o un privilegio. Juntos podremos hacerlo todo si a todos damos su justa oportunidad. Guardaré y haré guardar las leyes, teniendo por norte la justicia y sabiendo que el servicio del pueblo es el fin que justifica toda mi función.

Soy plenamente consciente de que un gran pueblo como el nuestro, en pleno período de desarrollo cultural, de cambio generacional y de crecimiento material pide perfeccionamientos profundos. Escuchar, canalizar y estimular estas demandas es para mí un deber que acepto con decisión.

La Patria es una empresa colectiva que a todos compete, su fortaleza y su grandeza deben de apoyarse por ello en la voluntad manifiesta de cuantos la integramos. Pero las naciones más grandes y prósperas, donde el orden, la libertad y la justicia han resplandecido mejor, son aquellas que más profundamente han sabido respetar su propia historia.

La justicia es el supuesto para la libertad con dignidad, con prosperidad y con grandeza. Insistamos en la construcción de un orden justo, un orden donde tanto la actividad pública como la privada se hallen bajo la salvaguardia  jurisdiccional.

Un orden justo, igual para todos, permite reconocer dentro de la unidad del Reino y del Estado las peculiaridades regionales, como expresión de la diversidad de pueblos que constituyen la sagrada realidad de España. El Rey quiere serlo de todos a un tiempo y de cada uno en su cultura, en su historia y en su tradición.

Al servicio de esa gran comunidad que es España, debemos de estar: la Corona, los Ejércitos de la Nación, los organismos del Estado, el mundo del trabajo, los empresarios, los profesionales, las instituciones privadas y todos los ciudadanos, constituyendo su conjunto un firme entramado de deberes y derechos. Sólo así podremos sentirnos fuertes y libres al mismo tiempo.

Esta hora dinámica y cambiante, exige una capacidad creadora para integrar en objetivos comunes las distintas y deseables opiniones, que dan riqueza y variedad a este pueblo español, que lleno de cualidades, se entrega generoso cuando se le convoca a una tarea realista y ambiciosa.

La Corona entiende como un deber el reconocimiento y la tutela de los valores del espíritu.

Como primer soldado de la Nación, me dedicaré con ahínco a que las Fuerzas Armadas de España, ejemplo de patriotismo y disciplina, tengan la eficacia y la potencia que requiere nuestro pueblo.

El mundo del pensamiento, de las ciencias y de las letras, de las artes y de la técnica, tienen hoy, como siempre una gran responsabilidad de compromiso con la sociedad. Esta sociedad en desarrollo que busca nuevas soluciones, está más necesitada que nunca de orientación. En tarea tan alta, mi apoyo y estímulo no han de faltar.

La Corona entiende, también como deber fundamental, el reconocimiento de los derechos sociales y económicos, cuyo fin es asegurar a todos los españoles las condiciones de carácter material que les permitan el efectivo ejercicio de todas sus libertades.

Por lo tanto, hoy, queremos proclamar, que no queremos ni un español sin trabajo, ni un trabajo que no permita a quien lo ejerce mantener con dignidad su vida personal y familiar, con acceso a los bienes de la cultura y de la economía para él y para sus hijos.

Una sociedad libre y moderna requiere la participación de todos en los foros de decisión, en los medios de información, en los diversos niveles educativos y en el control de la riqueza nacional. Hacer cada día más cierta y eficaz esa participación debe ser una empresa comunitaria y una tarea de Gobierno.

El Rey, que es y se siente profundamente católico, expresa su más respetuosa consideración para la Iglesia. La doctrina católica, singularmente enraizada en nuestro pueblo, conforta a los católicos con la luz de su magisterio. El respeto a la dignidad de la persona que supone el principio de libertad religiosa es un elemento esencial para la armoniosa convivencia de nuestra sociedad.

Confío plenamente en las virtudes de la familia española, la primera educadora y que siempre ha sido la célula firme y renovadora de la sociedad. Estoy también seguro de que nuestro futuro es prometedor, porque tengo pruebas de las cualidades de las nuevas generaciones.

Me es muy grato en estos momentos expresar mi reconocimiento a cuantos enviados de otras naciones han asistido a esta ceremonia. La Monarquía española, depositaria de una tradición universalista centenaria, envía a todos los pueblos su deseo de paz y entendimiento, con respeto siempre para las peculiaridades nacionales y los intereses políticos con los que todo pueblo tiene derecho a organizarse de acuerdo con su propia idiosincrasia.

España es el núcleo originario de una gran familia de pueblos hermanos. Cuanto suponga potenciar la comunidad de intereses, el intercambio de ideales y la cooperación mutua es un interés común que debe ser estimulado.

La idea de Europa sería incompleta sin una referencia a la presencia del hombre español y sin una consideración del hacer de muchos de mis predecesores. Europa deberá contar con España y los españoles somos europeos. Que ambas partes así lo entiendan y que todos extraigamos las consecuencias que se derivan. Es una necesidad del momento.

No sería fiel a la tradición de mi sangre si ahora no recordase que durante generaciones, los españoles hemos luchado por restaurar la integridad territorial de nuestro solar patrio. El Rey asume este objetivo con la más plena de las convicciones.

Señores consejeros del Reino, señores procuradores, al dirigirme como Rey, desde estas Cortes, al pueblo español, pido a Dios ayuda para todos. Os prometo firmeza y prudencia. Confío en que todos sabremos cumplir la misión en la que estamos comprometidos.

Si todos permanecemos unidos, habremos ganado el futuro.

“¡Viva España!”


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